El coronavirus, un castigo divino. Otra arquitectura

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La explicación del sufrimiento humano como castigo de Dios era lógico cuando no se conocían las leyes de la naturaleza, ni los fenómenos meteorológicos, ni las causas de las enfermedades.

-¡No entres en pánico! – La última caravana en la autovía era de padres recogiendo a sus hijos de las ciudades estudiantiles el viernes antes del decretazo. – No entres en pánico mamá, yo estoy bien. Ya veré cuándo he de volver a casa, aún no hay toque de queda.

-¡A casa todos juntos!- Hay que encerrarse varias semanas para evitar el contagio, eludir el coronavirus. Víveres, agua embotellada y un botiquín con antinflamatorios, pulverizadores nasales y jarabes anti-tos dentro de nuestro bunker, donde estaremos cómodamente interconectados por la tele, por el móvil, por las ondas, para ver el Gran Hermano mundial.

Sequías, gotas frías y el deshielo de los Polos parecen haber sido provocadas por el hombre, que con su egoísmo han dañado la atmósfera y la salud de la naturaleza.  

¿Será el cambio climático la causa de las infecciones que contagian a los humanos?

En el Antiguo Testamento estaba meridianamente claro. La soberbia y orgullo del hombre generaban la venganza de un Dios vengativo.  No había 5G, no hacía falta usar aerosoles, ni producir gases efecto invernadero para que cayera una lluvia de granizo y fuego, o fueran los hombres atormentados por piojos o mosquitos hace más de 3.000 años. Solamente era necesario oponerse a los designios de Yahvé.

No han bastado 15 días, vamos a por los 30. Sigue contagiándose mucha gente, y no sólo la familia de Ramsés II. ¿Será ésta la undécima plaga bíblica para liberarnos de un faraón opresor? Moisés estuvo 40 años atravesando el desierto, luchando contra feroces enemigos y soportando duras penalidades, en busca de la tierra prometida.

¿Qué nos espera a nosotros? ¿Hemos de empezar nosotros un nuevo éxodo?

Parece que el mundo va a cambiar después de la pandemia y, quizás, debamos como Noé, salvar lo importante, prescindir de lo superfluo, cambiar algunas formas de vida, replantearnos nuevos valores.

El arquitecto es el mago de los espacios, de los llenos y de los vacíos, de las pirámides macizas y de las cavernas. Y en la era moderna, con el racionalismo, las casas han ido conteniendo un creciente número de conductos para redes de instalaciones (electricidad, fontanería, aire acondicionado, ventilación, gas, telecomunicaciones, etc…) que suelen estar plagados de otros habitantes: hormigas, cucarachas, termitas, garrapatas, piojos, etc. que, como no vemos, no nos asustan. 

Con el estado de alarma, las denominadas ratas del aire y las ratas de las alcantarillas campan a sus anchas en la ciudad vaciada de su actor principal: el hombre. El hombre que estaba hasta hace unos minutos en lucha encarnizada con el coche, que también ha sido barrido de la faz de la urbe, como otros estorbos superficiales. Todo lo cual era impensable para el voluntarioso planificador de la ciudad que parece que se ha pasado de rosca, de escala. Hoy los parques, los lugares de reunión y las calles ya no nos sirven. No es solo que estén clausurados, es que tenemos miedo a pasear por el espacio público, tenemos pavor a relacionarnos. Es angustioso pensar en poner un pie en la ciudad, que se ha convertido en una Zombieland con unos seres invisibles, pero terroríficos, que nos pueden vampirizar: los coronavirus.

Todo parece un mal sueño, con un guion de terror solo comparable al de películas como 2001 Odisea en el espacio o Allien, pero, sin embargo, esto ya ha ocurrido otras muchas veces en la Historia.

El Dios de los judíos se enojó mucho con el pueblo opresor y con su propio pueblo hace 1000 años antes de Cristo. Ha habido muchas calamidades en Occidente y en Oriente, vinculadas al escarmiento de un ser superior en muchos puntos del planeta. Pero, sin duda, la pandemia más devastadora de la historia fue la peste negra del siglo XIV que acabó con más de 20 millones de personas. El triunfo de la muerte en el lienzo de Brueghel, con cadáveres amontonados, decenas de guadañas y un cielo rojo, es una instantánea de la época.

La cuarentena no es nada nuevo, ni que mercaderes italianos transporten de Asia una epidemia. En el Decamerón, Boccaccio narra la cuarentena de 10 jóvenes florentinos para huir de la peste negra, refugiándose en una villa de la Toscana. En 1348, sin televisión ni whatsapp, cada noche, los jóvenes supervivientes se entretienen y cuentan una historia, hasta completar los 100 cuentos del Decamerón. 10 de los cuales Passolini trasladó al celuloide, con irreverentes escenas de hace ya 50 años.

Frente a la protección que hoy ofrecen las mascarillas, la peste, fabulada por el maestro del terror Edgar Allan Poe, disfrazada en el baile con una máscara roja traerá la muerte al vanidoso Príncipe Próspero y a sus 100 nobles. Se creían inmunes confinados en su abadía, cerrada a cal y canto, con altísimas murallas levantadas por sus mejores arquitectos.

Pero ninguna de sus estancias lujosamente decoradas y bien abastecidas estaba preparada para eludir la muerte roja, el coronavirus de la época.  Otras nuevas estancias levantan, en plena crisis sanitaria, arquitectos del cuerpo militar de ingenieros. En menos de 10 días, con tabiques técnicos para poder segregar y atender a miles de contagiados y burlar la muerte de inocentes, mientras científicos y epidemiólogos de China y de todo el mundo cooperan a toda velocidad para buscar una vacuna para una enfermedad que no tiene hoy curación. Vacuna que, como la de la viruela hace 200 años, llevó España hasta la misma China de la mano de la expedición filantrópica de Balmis.

OTRA ARQUITECTURA

Cuando pase lo peor de todo esto, va a hacer falta una nueva cultura social y también una nueva perspectiva para afrontar la función de la arquitectura en el mundo. Reevaluar la ratio lleno-vacío. Adaptar la ciudad y los edificios para evitar la proliferación de las epidemias puede ser una oportunidad, amén de una necesidad.

Hay que reescribir el Neufert, el libro de Petete de los arquitectos. Respetar una separación mínima entre personas y combinar el trabajo con la residencia va a trastocarlo todo.

Cuando se vuelvan a tener relaciones, que no sean virtuales, seremos más esquivos que los japoneses. Nada de roces ni abrazos. Habrá que preparar los edificios y viviendas con resiliencia para vivir y trabajar de forma telemática desde el teléfono, la tableta o el ordenador. Muchas oficinas quedarán vacías y la nueva vivienda del futuro deberá tener otro diseño, otra dimensión.

Antes que el coronavirus llegue a mutarse en el virus del Capitán Trips y acabe con el 99% de la humanidad según la obra de Stephen King, hemos de estar preparados. Por miedo al contagio se tratarán de construir “máquinas para tener sexo seguro” que prohíban el amor tradicional, se inundarán las ciudades de “pisos-capsulas” fáciles de desinfectar y “cámaras de descontaminación” en los accesos de comercios y edificios para evitar contagios mortales. Un Gran Hermano Líder conocerá todos nuestros movimientos a través del GPS del móvil o de un chip, por nuestro bien. Aunque quizás esto no es lo mejor que haya que hacer. Habrá que repensar bien el futuro y sus consecuencias.

Seguramente será preciso reordenar completamente el urbanismo de las funciones y la movilidad. Reconfigurar espacios para reducir desplazamientos y contactos. Rehabilitar el parque existente para que los espacios vivideros puedan ser, a su vez, espacios productivos, áreas de actividad y viceversa, como las estancias de los jóvenes italianos recluidos en la obra de Boccaccio. Despensas más grandes, balcones más amplios, separadores en asientos, duchas desinfectantes, centrales informáticas, sistemas neumáticos para residuos, tabiques móviles, percheros para cascos y gabaneros para mascarillas y trajes desechables …., en definitiva necesidades nuevas que obligarán a replantearnos los programas funcionales de las nuevas edificaciones convertibles.

Al final, un mundo moderno, conectado con seguridad e invulnerable es una meta a alcanzar en una arquitectura y un orden que debe ser cada vez más solidario. Esta arquitectura, este proyecto común, que nos haga felices, seguramente, agrade al Dios de Moisés que recompensará las buenas acciones del hombre en vez de mandarnos más plagas.

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