Unidad y coordinación


vial ollerías almogávares
Nuevo vial entre Ollerías y Almogávares. /Foto: LVC

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Hace unos días en la avenida de las Ollerías unos obreros manipulaban una grúa de grandes dimensiones – parecía una curva pandémica mostrada sobre gráfico por Fernando Simón- para introducir materiales en un solar de dicha avenida que en breve albergará un edificio moderno de viviendas, oficinas y locales comerciales. Es posible que tanto las oficinas y los locales comerciales tras las curvas pandémicas – tal que la inmensa grúa- no sean de mucha utilidad. El trabajo administrativo y la actividad comercial en la distopía serán muy distintos a los que conocimos antes de marzo del pasado año, en la era cósmica normal.

La avenida de las Ollerías se llamaba antaño del Obispo Pérez Muñoz, pero le cambiaron el nombre en 1981 por considerarlo demasiado franquista. Al prelado Muñoz le pilló la Guerra Civil como a otros muchos españoles por esa mala suerte de nacer en el momento equivocado en España- algo que ya puede ocurrir en cualquier época-  pero no fue depurado en una checa, de ahí que a comienzos de los 80 se le considerara sospechoso. Hasta donde sabemos, y se conoce bastante, el obispo se gastó dinero de su propio bolsillo y  recursos del obispado en construir viviendas para los más pobres, mucho más dinero propio que algún alcalde califal democrático, por supuesto. Pero la Concejalía de Nombres Progresistas de Calles y Participación Perita obró para que las nomenclaturas callejeras destilaran pureza democrática y ahora Las Ollerías además de democracia, destilan tráfico rodado, carriles bicis color salmón y peatones despistados.

Los mismos peatones que se encontraban con dos obreros con pala semiótica hace unos días. Esas palas que por un lado rezan STOP y por el otro muestran una flecha blanca sobre fondo azul. Por aquí, señor, que estamos encofrando a lo bestia y se nos puede herir. Para los que íbamos en dirección Colón, no había demasiado problema porque éramos desviados hacia un paso de cebra regulado cristiana y semafóricamente. Para los que se dirigían hacia el Marrubial no había tanta suerte: eran abandonados a su albur en mitad del asfalto sin un mal paso de cebra que llevarse a los pinreles. Quedaban en mitad de la carretera, a la altura de San Cayetano, sin saber muy bien si comprar tabaco en el estanco, ser carne de atropello tocados con las perfectas medidas higiénico sanitarias que los tiempos actuales y las administraciones exigen, o rezar en la iglesia conventual. Entre el obrero especializado A y el obrero especializado B había, por tanto, una mala coordinación vial y no actuaban ordenadamente. El que estaba ubicado a la altura del Colodro parecía que hacía lo mismo que su compañero, pero en realidad miraba memes por el móvil. Sin unidad y coordinación algún peatón pudo ser enviado a San Cayetano de cuerpo presente.

Precisamente en dicha iglesia me quedé encerrado una vez, tras una misa de difuntos, con Andrés Lorite, Javier Tafur y Vicente Torres ‘Vic’, que en gloria está. Alguien cerró la cancela exterior antes de tiempo y allí nos quedamos los cuatro sin saber muy bien si fundar un partido político junto con Lorite – que sería nuestro líder, obviamente-, conspirar algo que se pudiera comer y regar, o hacer chistes para el ABC. Nos sacaron rápido para suerte de todos, porque aquello comenzaba a desvariar. Pero el suceso se explica por lo mismo de antes: falta de unidad y coordinación. Alguien no le comunicó al señor de las llaves que allí había una misa y el tipo echó el cerrojo y se fue a ver al Madrid. Quiero decir que esto es bastante habitual y muy español. Lo sorprendente es el fuenteobejunismo, salvo que Iniesta meta un gol.

Hace unos días, en Córdoba, era glosada por muchos la denominada ‘unidad de acción’. Su poquito de cava opinativo y tal. Gol de España, gol de Iniesta. Somos los mejores cuando nos ponemos todos juntos y demás. Plas plas plas.

Era cuestión de días que el obrero especializado sacara la señal equivocada y el conserje se fuera a ver el fútbol. Y que uno le echara la culpa al otro a ver quien tiene la llave más grande o la señalización más sostenible.

Y así se escribe la historia de las cosas nuestras. O por lo menos así lo hemos visto en Twitter: cada uno a su bola sin unidad ni coordinación. Lo contrario hubiera sido Alemania.