La otra cara de la pandemia


Mi amiga Santi tiene una madre mayor a la que quiere con locura, que es la única manera de amar a las madres. Una señora de 91 años que acude a un centro de día que fue clausurado porque se detectaron varios positivos de covid y decidieron enviar a los ancianos a sus casas. A Santi también la confinaron por estar en contacto con su madre, que es algo que a veces los hijos mantienen a pesar de los años cumplidos. Santi es autónoma y se llenó de resignación, de incertidumbre y de un poco de rabia ante la forzada parálisis. Consiguió cobrar algo de ayuda por baja. Está bajo el paraguas social de Pablo Iglesias y el de la Nueva Andalucía de Las Oportunidades de Juanma y Santi, y su madre, están a salvo de casi todo. La ayuda de Santi le dio para unas cañas que no podía tomarse en la calle y así ahorró incluso.

Ahora han abierto de nuevo el centro de día, han metido a los ancianos en un minibús y los pueden dejar de nuevo estacionados entre logopedas y asistentes. Pero no les han hecho el test. De los varios millones de test que la Nueva Andalucía de La Sanidad Gloriosa realizan en los titulares cada día a estos parece que no le corresponden. Afortunadamente están lejos de la jurisdicción de Pablo Iglesias, de momento, en lo que al cuidado de los mayores se refiere, porque Iglesias ha descubierto que, aunque se autoproclamó amigo de los viejecitos allá por el inicio del estado de alarma, ha demostrado más afán en la amistad lúbrica de las camaradas de partido. Y esas cosas distraen muchísimo.

Como a los ancianos de la residencia o centro de día de la mamá de mi amiga Santi no les han hecho el test, algunos hijos de los que todavía no dejan a sus padres estacionados en una gasolinera han dicho que nanay, que ellos no llevan a sus padres allí hasta que no se compruebe que ninguno porta el virus desde el forzado retiro. Algunos de esos hijos cuentan con la ayuda de una asistencia diaria para el aseo de sus mayores padres gracias al Ayuntamiento de Los Remanentes Sociales. Y les han comentado, con la música de El Padrino de fondo, que si no llevan a sus padres al centro de día les retiran la asistencia a domicilio. Eso y que Luca Brasi duerma con los peces viene a ser lo mismo. Y mi amiga Santi se ha indignado un poquito bastante, ha dicho alguna que otra palabrota y se ha cagado en las varias administraciones que nos salvaguardan. Disculpen el empleo de la palabra ‘administraciones’ pero sirve para enriquecer el relato.

El pasado lunes un servidor se levantó con cuerpo de perrete apaleado. Acabó con varios grados de fiebre nocturna y el martes por la mañana con la sensación de que un mitin de Carmen Calvo había pasado por mi cuerpo. Llamé a Salud Responde y Olé y me dijeron que lo del PCR en varios días y veremos a ver. Yo tenía entendido que los PCR se ataban con longanizas pero resulta que no. Como soy un liberal y gasto poco en vino, tiré de Asisa – que aún puedo pagar- y me realizaron el test por la tarde después de otro trajín de varias pruebas administrativas con contestadores automáticos y robots parlantes y autorizaciones varias.

Ha salido negativo. Durante la espera del resultado mi amiga (y ya madre adoptiva) Almudena Villegas me llevó caldo casero, croquetas delicatessen y bizcocho de frutas que me acercó su atento esposo Miguel, a distancia y enmascarado pues  vivimos en los tiempos de la nueva lepra. Soy afortunado y estoy agradecido por el resultado y por los amigos de verdad. He tenido más suerte que la mamá de Santi, que aunque no está malita sí permanece en el limbo de la otra cara de la pandemia. La de los políticos desahogados que son dueños de vidas, haciendas, horarios de cierre y estados de alarma.

La verdadera pandemia es esa.

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