Por una sociedad que les admire


El pequeño Andrés, un niño de 10 años con Trastorno de Espectro Autista severo, no articula palabra y, aún así, montar a caballo y pasear por la playa son sus momentos más felices del día.

El pequeño Andrés es un niño de 10 años valorado con un Trastorno de Espectro Autista severo. No articula palabra y, aún así, montar a caballo y pasear por la playa son sus momentos más felices del día. Es un niño sano y feliz, que va al colegio en un aula de modalidad B, a pesar de comunicarse únicamente con pictogramas. El menor es capaz de adaptarse a los cambios. Disfruta del contacto físico, de estar rodeado de personas con gran trasfondo humano que le quieren. Admira a Los Cuentacuentos y “cada vez que algo le sorprende, sonríe con ilusión, aunque ya lo haya visto una y otra vez”, confiesa Andrés Moreno, padre del niño. 

El pequeño Andrés.
El pequeño Andrés.

Su padre destaca que “nuestra sociedad debe admirar a nuestros hijos”. Moreno recuerda que un día estaba viendo a su hijo jugar en el parque, haciendo montoncitos con “chinos” en el suelo. Fue entonces cuando llegó una niña, “que me preguntaba por qué mi hijo no sabía hablar, ni tampoco pasearse en el balancín”. De repente, “ese día me sentí más orgulloso que nunca de él”,  resalta.  Los niños con TEA son “especiales” por sus talentos. Y es que “disfrutan haciendo algo que nadie sabe hacer”, subraya. Andrés disfrutaba jugando con “los chinillos” y la niña “le miraba sin saber cómo hacerlo”, explica. “Pensé, si la sociedad se maravillara de lo alucinantes que son y dejasen de recordarles todo aquello que «no saben hacer», su vida sería mucho más fácil”, reconoce Moreno.
Andrés Moreno visualiza el futuro de su hijo. Y es que el pequeño Andrés “necesita hacer las cosas bien” para sentirse realizado y redescubrirse a sí mismo. El refuerzo positivo es “su principal estímulo”, afirma su padre. La “gran dificultad” consiste en “descubrir cuál es su mejor talento” pero “estoy seguro” de que cuando Andrés “tiene interés en algo es el mejor en hacerlo”. Su familia es su principal apoyo, ya que tratan de encauzar sus comportamientos y destrezas para que encuentre su camino y pueda rediscubrirse a sí mismo.
El pequeño Andrés.
El pequeño Andrés.

Moreno imagina la vida adulta de su hijo en “un piso tutelado, con personas de sus características y con la asistencia de monitores”. No obstante, “estoy seguro de que mi hijo tendrá autonomía para llevar a cabo las tareas del hogar”.  Moreno no quiere pensar qué ocurrirá cuando él no esté para apoyar a su hijo. Su padre subraya que “la gran injusticia” de ser padre es que “mi hijo se hará mayor y yo envejeceré”, lo que significa que “no podré asistirlo, ni darle los recursos que necesita”. Por ello, “no quiero que su vida se rompa cuando falte, deseo que para entonces tenga un entorno estable”, concluye.

“Espero que dentro de 20 años mi hijo tenga un trabajo acorde con sus capacidades”, afirma Moreno con una sonrisa. En definitiva, “quiero para él” una vida “tranquila”, que garantice “su bienestar”, puntualiza. Para ello, los padres de los niños con TEA “nos corresponde crear microempresas y puestos de trabajo específicos para ellos y que complementen sus ingresos”, matiza. “Necesitan sentirse útiles porque la sociedad no oferta trabajos específicos para ellos y si no trabajan su autoestima no evolucionará, porque entrarían en un bucle que les impediría desarrollar sus habilidades.”  Un adulto con TEA “es el mejor trabajador que un empresario puede encontrar”, ya que “son fieles, porque no saben cómo mentir”, además van a repasar todo el proceso y no descansará hasta que salga bien la tarea que se les ha asignado”.

Andrés Moreno junto a su hijo.
Andrés Moreno junto a su hijo.