Abdicación en El Correo


Con El Correo podrá la piqueta, un terremoto, el fantasma de un urbanismo feroz o la divina providencia, pero no los hombres.

La foto de marras. Bar El Correo

bar correo

Formaban una pareja artística: uno bajito y el otro tan alto. Si se hubieran vestido de Tip y Coll, hubiesen sido Tip y Coll. Pero prefirieron echarse la pañoleta al hombro y hablar lo justo y por obligación, que a una taberna se viene a beber y no a perder el tiempo, inteletualizándolo todo, como creen los culturetas. Manolo Martínez le daba la réplica perfecta a Manolo Carrasco. En silencio, naturalmente, como son las réplicas a la cordobesa, más de aguante que de afirmación, más resignadas que polémicas, más cosmopoéticas que cosmopolitas. Compartían un mismo concepto tabernario, seco, taciturno, avinagrado, penitencial, cordobés. Como compartían un mismo espacio inhabitable donde dos ya eran multitud. Condenados a entenderse, entendieron sobre todo que aquello no se había inventado para demorarse en la contemplación costumbrista ni paladear vinos finos, sino para atender necesidades más perentorias. Porque de una taberna no se vive, se sobrevive. Para compensar vendían cerveza fresquita al paso, con chispa sevillana. Como hizo el primer Carrasco en un tenderete frente al Gran Bar. Tal vez la Cruzcampo empezara a salvar a Córdoba de su melancolía irredenta de mano de este linaje castizo. El Gran Bar ha vuelto y El Correo permanece. Y la mezquita-Catedral aguarda, cuesta abajo, tras el gran estuario que ofrece la Plaza de la Agrupación de Cofradías, a recibir la corriente alegre que constituyen indígenas y foráneos, prestos a solemnizarse sobre las piedras milenarias.

Ahora Manolo Carrasco, el bajito, el jefe, el que parece más listo y más malo, se ha jubilado, se ha ido con el año y le ha pasado el testigo al otro Manolo, el alto, el subordinado, el que sentenciaba sólo con la mirada, el que se apellida Martínez, acaso para no llamar la atención, el que abre hoy, solo ante el peligro o con otro martínez al lado, que observe y calle. Puede que este Manolo resulte al cabo ser el más gracioso, como fue Tip. Ha sido una transmisión limpia, elegante, sin solución de continuidad, sin liquidación ni concurso de acreedores. Porque la jubilación de Carrasco ha sido en realidad una abdicación y una designación a dedo e inevitable, como de césares antiguos, como requiere una colonia patricia, como corresponde a esta Córdoba romana. El Correo es una monarquía. No puede ser otra cosa, por razones obvias. ¿Se lo imaginan a expensas de una sociedad anónima o como sede de una peña? ¡Pasen ustedes al salón!, habría que decir, como arengaban los Carrasco, derivando a la distinguida y apretada clientela hacia la placa turca que esperaba en el oscuro fondo con una benévola lata como salpicadero. El Correo solo puede ser de uno, con un propio a la vera, que de fe ante la feligresía de la sagrada lealtad que exige la liturgia tabernaria.

Por ello sabemos de la fuerza de este establecimiento. Con El Correo podrá la piqueta, un terremoto, el fantasma de un urbanismo feroz o la divina providencia, pero no los hombres. Los hombres desaparecen, pero sus buenas obras perduran. Son las que fijan la idiosincrasia de un pueblo. Y el pueblo está con El Correo, en la calle, caña en mano, sin mascarilla, manifestándose cada día a favor de la cerveza globalizada, que aquí tiene seña de identidad, y en contra del vino peleón, que solo se soporta una vez asentadas las madres. ¡Feliz año nuevo tenga El Correo! Renovémonos todos con él y rindamos pleitesía a Manolo Martínez, antes de que nos fulmine con la amargosa mirada de tabernero cordobés en ejercicio.