Un ministro en la biblioteca


Iceta no ha venido a Córdoba a mostrar su cara dura de luna llena en un tema que le trae al fresco

biblioteca
Visita de Miquel Iceta a la Biblioteca del Estado. /Foto: JC
biblioteca
Visita de Miquel Iceta a la Biblioteca del Estado. /Foto: JC

Cada vez va a ser más raro encontrar a alguien en una biblioteca. La gente ha dejado de tener tiempo para desplazarse a leer libros. Los estudiantes no lo han tenido nunca. En realidad, los más imaginativos iban a la biblioteca a ligar con fines serios. Y ya ni eso. También lo hacen por internet. Una pena, porque existía todo un lenguaje en los bolígrafos y los cuadernos de notas, como el que otrora se sostuvo mediante los abanicos. Aunque solo fuera por este apunte meramente sentimental y literario tendría su razón de ser el mantenimiento de las bibliotecas públicas. Porque estos lugares son ya más símbolo que utilidad práctica. Las bibliotecas funcionales de hoy están en los ordenadores y en el acceso que estos proporcionan a los fondos bibliográficos digitalizados. Pero si respetamos el símbolo, al menos hagámoslo como se merece, no en un contenedor frío, sino en un edifico emblemático. Así tendría que haber sido siquiera en Córdoba, donde una biblioteca pública debiera ser representativa de aquella del segundo Alhakén, que dicen que contenía cuatrocientos mil volúmenes.

Lo he dicho muchas veces y lo repito para seguir descargando mi posible responsabilidad por omisión: la nueva biblioteca de la ciudad hubiera tenido una sede digna e internacionalmente reconocida en el magnífico edificio neomudéjar de la antigua Facultad de Veterinaria, hoy Rectorado de la Universidad. Se prefirió destruir una rosaleda para instalar otro cajón feo y supuestamente funcional, que nace ya, cuando nazca del todo, estrictamente innecesario. También lo he dicho muchas veces, con ridículo afán poético: es absurdo que se aplasten las rosas con los libros que hablarán de ellas. No olvidemos nunca la responsabilidad de la entonces glamurosa señora Calvo, en compañía de otros, en este disparate.

Pero ahora aparece un ministro pequeño y redondito y se deja caer por los espacios vacíos del presunto contenedor libresco. Multitud de fotografías han venido a testificarlo en una especie de ceremonia del horror vacui. ¿Qué hace aquí Iceta? ¿Siete años después del comienzo de las obras y de haber triplicado el presupuesto inicial, viene un ministro a constatar la desastrosa gestión del proyecto de biblioteca y a emplazarnos, con suerte, hasta dentro de otro año más para inaugurarla?¿Aún sabiendo que el ministro es socialista, que se trata del primer político que salió oficialmente del armario y que es capaz de bailarte la danza del vientre sin inmutarse, tiene explicación lógica esta visita?

“Mido 1,63, tengo un poco de sobrepeso y encima me han hecho ministro de Deporte, ¡lo tengo todo!”, ha declarado no hace mucho. Podría haber añadido que también lo han hecho ministro de Cultura sin haber tenido que presentar como relativo justificante un sencillo título universitario, por pura vagancia. Si bien, tal particularidad acaso le resulte más vergonzosa que cómica. Pero Iceta no ha venido a Córdoba a mostrar su cara dura de luna llena en un tema que le trae al fresco, sino a otra misión más denigrante. Iceta ha venido a Córdoba a defender ante España al niño acosado que no se atreve a defender en Canet de Mar ante sus paisanos nacionalsocialistas. Esta es la repugnante verdad que debiera quedar escrita en algún periódico perdido en el último anaquel de esta presunta biblioteca, si alguna vez lo es, para disfrute de investigadores y supervivientes de la memoria histórica.