Milenarismos


La doctrina del cambio climático o del calentamiento global no son más que obsesiones milenaristas actualizadas en versión groseramente materialista

Es un tópico bastante extendido sobre la Edad Media pensar que las gentes que vivieron entonces eran absolutamente incultas y que se tragaban cualquier superchería sin rechistar. De aquí viene la tesis del pánico milenarista, un mito historiográfico inventado en el Renacimiento y desarrollado en  el siglo XIX, que no por divulgado es más cierto. Pese a la propaganda de los profetas apocalípticos, resultaría más probable que al ciudadano medio que anduviese por Europa en torno al año 1000 le resbalara bastante el supuesto fin del mundo que podría acaecer en esa fecha. Es decir, que nadie en su sano juicio esperaba con un mínimo de seriedad que sucediese ese cataclismo extremo, solo porque presuntamente se anunciase en el oscuro libro de San Juan. Más bien entendería el común de los mortales que ya eran suficientes los sustos que le proporcionaban los percances más cotidianos: vikingos en la playa o moros en la costa, por ejemplo. En España, sin ir más lejos, en tales días estaba Almanzor a pleno rendimiento y corría a castellanos, leoneses y navarros, que no estarían para muchas conjeturas apocalípticas, teniendo un anticristo de carne y hueso tan cercano.

Lo que pasaba realmente es que de puertas afuera la gente aparentaba sobrecogerse con las figuraciones de los Beatos por pura corrección política. Lo mismo que ahora ocurre con el cambio climático, que conforme va entrando el nuevo milenio se comporta, cada vez más, como un milenarismo de libro. La doctrina del cambio climático o del calentamiento global y, en general las proclamas planetarias de peligro por acción u omisión humanas, no son más que obsesiones milenaristas actualizadas en versión groseramente materialista y con igual pretensión inquisidora.

De hecho, la cosa moderna empezó a finales del milenio pasado, concretamente en 1992, con la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que entraría en vigor en 1994 y tendría su inauguración oficial en 1995, en la cumbre de Berlín, en la COP1. Desde entonces se han sucedido otras 25 cumbres, hasta llegar a la COP26, que concluía ayer en Glasgow sus perentorias sesiones con más pena que gloria. Entre la original y la última se produjeron dos hitos o mitos fundacionales de la nueva doctrina: el Protocolo de Kioto, en 1997, y el Acuerdo de París, en 2015. El primero establece los gases de efecto invernadero como enemigo a batir y el segundo descubre la resiliencia, es decir, la adaptación a los cambios, como formula sofisticada de resistencia ante el enemigo imbatible, que es lo que la humanidad ha venido haciendo respecto a la naturaleza desde el minuto uno de su existencia. En el fondo, se admite de este modo la futilidad de nuestra acción en el cambio climático, en cualquier cambio climático, y se acepta el mantenimiento de la lucha contra el mismo a efectos puramente testimoniales. Bla, bla, bla…, que diría Thunberg.

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Greta Thunberg

Es cierto que hoy nadie puede permitirse en público el rasgo de descreer del calentamiento global. Pero también lo es que todo el mundo se burla de esa creencia en privado, incluida probablemente Greta Thunberg, y no digamos sus padres, por razones plausiblemente crematísticas. El más o menos unánimemente reconocido fracaso de la cumbre de Glasgow, asumido por jóvenes y mayores, es expresión precisa de este fingimiento público típicamente milenarista. No obstante, USA y China se han comprometido a seguir hablando. O sea, bla, bla, bla…

La COP26, como las anteriores y las sucesivas, ha fracasado, por tanto, a medias. En realidad, se convocan para ello, para mantener un punto de ambigüedad que nos ayude a alcanzar el 2100, más allá del 2050. De aquí a a un siglo todos calvos. Pero el milenarismo habrá pasado definitivamente de moda, por razones de estricta adecuación cronológica. Y el cambio climático será un recuerdo romántico en el mejor de los casos.