La Pérgola


¿Por qué no puede la Pérgola volver a serlo, con su carácter diáfano, natural y colorista, intacto?

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Pérgola. /Foto: JC
Pérgola
Pérgola. /Foto: JC

La Pérgola es un ejemplo claro de que en Córdoba no funciona nada, ni lo público ni lo privado. La Pérgola es incluso un caso paradigmático de como la colaboración entre lo público y lo privado, entre las administraciones y las empresas, puede ser causa de abandono y ruina para un edificio que en sí mismo es un atractivo ciudadano y puede ser una ganga para cualquier emprendedor sensible.

Desde que en 1929 la levantara Carlos Sáenz Santamaría, uno de los grandes arquitectos cordobeses, restaurador y constructor de muchas iglesias de la diócesis, autor del pabellón de Córdoba en la Exposición Iberoamericana de ese mismo año y del proyecto del Barrio de Cañero, la  Pérgola no ha dejado de ser piedra de incertidumbre, cuando no de escándalo, en esta ciudad. Hasta nuestros días, la singular obra ha ido de fracaso en fracaso sin solución de continuidad. Ha sido de todo: biblioteca, caseta de feria, solaz de niños y madres vigilantes (acaso su única utilidad manifiesta), bar, sala de exposiciones y de conciertos, pleito permanente entre propietarios y concesionarios, y ahora se pretende que sea dependencia municipal. Ha sido de todo, menos tal vez una pérgola. Y aquí reside su problema auténtico: el empeño cateto de nuestros munícipes en desnaturalizarla. La pretendida solución final, consistente en meter en ella empleados públicos, que sobran en todas partes y que son tristes por principio, tanto que prefieren fichar a jubilarse, es agostar definitivamente el poco encanto que le queda al edificio.

La Pérgola debiera restaurarse de nuevo, pero en sentido estricto, es decir, que debiera recuperar el espíritu de la construcción original, volver a ser un paseo a la sombra, una pérgola verdadera, donde los ciudadanos tornasen a respirar el aire libre entre sus columnas dispuestas para sostener espacios naturales, verdes y floridos.

¿Por qué no, pues, intentar la sencillez y el ingenio a un tiempo? ¿Por qué no instalar allí un mercado de las flores? ¿Por qué no puede la Pérgola volver a serlo, con su carácter diáfano, natural y colorista, intacto?

Actualmente el Mercado de las Flores de Madrid, en la Plaza de Tirso de Molina, está siendo restaurado. Y solo cuenta con ocho quioscos tradicionales. Nada que ver comparado con la maravillosa superficie que aquí puede ofrecerse. Mercados de flores permanentes hay, muy famosos, en Amsterdam, sobre un canal, en Bangkok, junto a un templo de Buda, en Shanghai, a dos alturas, en Nueva Delhi, muy baratas, en Ciudad del Cabo, también baratas, en Bali, asociadas a las especias, en Londres, en un barrio popular, en París, sofisticadas, y en Roma, dando paso por la noche a las terrazas. ¿Por qué no añadir Córdoba, la Córdoba de la Semana Santa, de los Patios, de las Cruces, del mayo festivo y del Festival Flora, en un emplazamiento, además, tan singular y tan apropiado?

¿No es preferible la iniciativa antedicha a la ocupación municipal con una dependencia desacreditada, de la que la inquieta concejala de Vox ha pedido su disolución por obsoleta y despilfarradora? Desde luego supondría un atractivo turístico muy superior al del Instituto Municipal de Turismo, aún con la presencia de Isabel Albás, que igualmente podría presidir el nuevo Mercado de las Flores con idoneidad indiscutible.