Sociedad suicida


¿Pero a qué asombrarnos, si es la misma sociedad que patrocina la eutanasia, que es un suicidio asistido, o el aborto, que es un genocidio indiscriminado?

No sé qué escribir. La página en blanco del ordenador es más fría que la de papel, pero permite corregir sin que una tachadura provoque el remordimiento. Me quedo mirando el testero que enmarca al ordenador, lleno de fotografías más o menos antiguas. En una de ellas, posa mi abuelo, con apenas cuatro años, vestido de zarévich, aunque más parece una gran duquesa. En otros tiempos se vestía igualmente a niños y a niñas con falda, los escoceses incluso llegaron a mayores de esta guisa, probablemente porque lo de la bragueta siempre ha resultado un incordio.

Tras esta digresión sigo sin saber qué escribir. No saber qué escribir es peor que no saber escribir. Lo segundo puede ser una ventaja existencial, una circunstancia de plenitud natural, una condición de ecologismo supremo. Lo primero es siempre consecuencia del abatimiento intelectual. Con la vejez las neuronas se mueren a chorros. Con cada una desaparece un interés por algo, una curiosidad, un recuerdo, un deseo, una razón para vivir. Es en este momento cuando caigo en la cuenta de que para escribir suele ser útil leer antes.

Hojeo un periódico y me encuentro la pavorosa noticia. 68 cordobeses se suicidaron en 2019, tiempo en el que hubo 38 muertes por accidente de tráfico y 4 por violencia de género. Dicen que se producen 800.000 suicidios anuales en el mundo. El Covid ha matado aproximadamente a dos millones de seres humanos en lo que llevamos de pandemia. Cada 40 segundos se quita la vida una persona. En Córdoba, cada cinco días, que tampoco es frecuencia desdeñable. Más de 3000 españoles se dan el paseo definitivo cada año y unos 8000 lo intentan. Si no es fácil matar a otro, imagínense a uno mismo. Pero nadie lo diría viendo estas estadísticas.  Las defunciones por suicidio son 80 veces más que las producidas por violencia de género. Y, sin embargo, nadie parece preocuparse por ello. El suicidio está ahí pero no descompone a ninguna administración. La menos natural de las muertes parece interesar menos que la muerte natural.

No obstante, unos cientos de personas se han manifestado en Madrid pidiendo al Gobierno que tome medidas, aprovechando que el 10 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. Cada día se celebra algo en este planeta, algunos días incluso se celebran varias cosas a la vez. El mundo está saturado de celebraciones. Tal vez sea esta la razón de la nula atención que la ciudadanía pone en ellas. Creo que Darias ha dicho que se reunirá con alguien. Veo que Illa dijo lo mismo el año pasado. Ambos le echan la culpa de la falta de interés a la prioridad de la pandemia. Ni siquiera se prevé la creación de un teléfono público porque “conlleva grandes dificultades”. Menos mal que existe, desde hace cincuenta años, el Teléfono de la Esperanza, gracias a la perspicacia de los Hermanos de San Juan de Dios. Este es el Gobierno que tenemos, acaso el que corresponde a una sociedad suicida.

El suicidio es sin duda la conclusión última de un fracaso personal. Si bien, en algún caso, pudiera ser considerado un acto heroico o de estricta dignidad. La multiplicación de los suicidios es un fracaso social, el fracaso de una sociedad muerta espiritualmente, de una sociedad que no ve más allá de sus narices, de su cotidianidad de desahogo material. La sociedad que asume las cifras antedichas sin pestañear, sin fruncir el ceño, sin mover un dedo para prevenirlas, debe estar bastante podrida. ¿Pero a qué asombrarnos, si es la misma sociedad que patrocina la eutanasia, que es en sentido estricto un suicidio asistido, o el aborto, que es un genocidio indiscriminado?…

Para saber qué escribir basta con mirar alrededor, aunque haya que salir de nuestro habitual estado de bienestar, que pende casi siempre de un hilo, y denunciar lo que vemos.