Santa María de Trassierra


Trassierra es el final de un camino y también el principio de los caminos que nos llevan al norte, a Santiago y al Cantábrico, al Ebro y a Francia.

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Barriada de Santa María de Trassierra. /Foto: LVC

A la aldea, que fue villa y municipio en su día, se llega serpeando ocho kilómetros desde Córdoba hasta alcanzar el primer cordal de su sierra, añadamos otros cuatro, menos sinuosos, y estaremos en el mismo corazón del paraíso natural que se anuncia. El cordal vertebra alturas que parecen menguar después. De ahí que nombraran así a este paraje que simula alejarse de Córdoba para acercarse a otros destinos. Porque Trassierra es el final de un camino y también el principio de los caminos que nos llevan al norte, a Santiago y al Cantábrico, al Ebro y a Francia. Trassierra es un camino esencial desde su origen, “faciendo la vía del Calatraveño a Santa María” o al revés, en medio del cual se levantó una iglesia y en torno a la cual se hizo un poblado. Como una nueva Tabla Redonda, pues no en vano dicen que fue cenobio de caballeros templarios, guardianes de caminos.

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De hecho, en la esquina derecha, según se mira, de la fachada de la parroquia se alza un hermoso crucero de piedra que sugiere rutas peregrinas. A ambos lados del blanco lienzo se elevan cipreses penitentes que confirman la espiritualidad del lugar. En el que ahora estaríamos celebrando la Feria de la Avellana, sino fuera porque, debido a la omnipresente pandemia, ha sido sustituida por actividades de menor cuantía. Dicho festejo coincide con la festividad de Ntra. Señora de la Asunción, el quince de agosto, aunque no sea esta la advocación titular del templo, sino la de la Purificación de la Virgen. Así que nuestra Santa María es en realidad Candelaria, y su celebración adecuada sería el dos de febrero, día más oportuno desde el punto de vista climático para realizar la “procesión de las antorchas”, símbolo de la luz del hogar en el invierno, como acaso se hiciese en el principio de la tradición. Trassierra tiene, pues, una fiesta trastocada en un doble sentido. Ni su Virgen es de la Asunción, ni la avellana se recolecta en agosto, sino en septiembre. Curiosidades que devienen de costumbres antiguas adaptadas a tiempos modernos.

Tras la conquista de Córdoba por San Fernando, se instaló Santa María en su sitio tras la sierra, a la vera del camino, camino necesario de Andalucía para salir de su acento y de su morería, camino necesario de Castilla para encontrar otro acento y otra poesía. Fue realengo primero, pero luego la poseyeron los Góngora. Un Góngora consagrado se hizo universal desde aquí. No fueron tan principales los Arana, campesinos de huerta y viña, pero alumbraron en esta villa a Beatriz Enríquez, que trabó amores con Cristóbal Colón y dio un hijo, Hernando, al tenaz descubridor. Colón la quiso bien, aunque no del todo. Si bien había enviudado, no quiso casarse con ella, tal vez por su origen plebeyo, del que el almirante tampoco estaría libre, según se sospecha. Lo cual le pesó a su muerte tanto que, en descargo de su conciencia, mando a su hijo Diego que la proveyera de fondos generosamente. “La razón de ello no es lícito escribir aquí”, concluía con ligero misterio el testamento. De que fue un amor impuro no cabe duda, pero de que fue bendecido tampoco ha de caber. Acaso no fuera otra la Purificación que Ntra. Señora quiso que se estableciera en el templo acogido a tal advocación. Vírgenes y no tan vírgenes purificadas al amor del camino, como quizá sucediera incluso con la hermosa moza del marqués.

Los que descubrimos Santa María de Trassierra andando y ahora la poseemos en parcelas más o menos clandestinas, hemos unido a la ilusión del joven pionero que fuimos la convicción del viejo colono que somos. La tierra es para el que la quiere, no tanto para el que la necesita. Trassierra está detrás de la sierra solo para hacernos ver a los cordobeses que hay algo más allá de lo que tenemos delante de nuestras narices. Trassierra es como Shangri-La, pero sin ocultamiento. A Trassierra se llega con menos esfuerzo, pero con casi idéntico resultado. No creo que se hayan hecho encuestas sobre el promedio de vida de los trasserranos, pero nadie pondrá en entredicho nuestra saludable existencia, inasequible a los malditos virus. El aire y nuestra devoción mariana nos purifican. Y las vacunas, naturalmente.