Pepito


José González Santa-Cruz, de uno de los doce preclaros linajes de Soria, fue un eminente jurista, un auténtico letrado, de esos que entendemos hasta los de filosofía y letras

Era Pepito para todos, para sus familiares, para sus amigos, para sus compañeros, incluso para sus conocidos. Llamar Pepito a José González Santa-Cruz ha formado parte de nuestra cotidianidad cordobesa. La mañana resultaba más alegre para los que podían comenzarla con un ¡buenos días, Pepito! Llamar Pepito a quien hubiera sido Pepe en circunstancias normales indica la fina trayectoria de su existencia entre nosotros. Se nos ha muerto Pepito, hemos dicho ahora, con una pena honda, que surge de la entraña misma de nuestra condición humana, como si se nos hubiera ido la infancia definitivamente con él. Hay que tener talla para aguantar un diminutivo de por vida. Tratamos a muchos que no lo aceptan, que solo son dones, aunque carezcan de ellos. José González Santa-Cruz fue muchas cosas importantes y tuvo muchos dones, pero fue Pepito porque quiso, porque nunca renunció a la pureza original que todos  llevamos dentro. Él fue capaz de conservar el respeto junto a la confianza sin que mediaran jamás la impostura ni el artificio. A Pepito le imprimía carácter el diminutivo de un modo natural. Como la humildad a los cofrades del Vía Crucis. Como la fe esencial a su Cristo de la Salud.

José González Santa-Cruz, de uno de los doce preclaros linajes de Soria, fue un eminente jurista, un auténtico letrado, de esos que entendemos hasta los de filosofía y letras. Daba gusto escucharlo. Hablaba bien de todo, incluso de derecho. Pero no era estrictamente un orador, prescindía de recursos retóricos y abominaba del soliloquio. Era, sobre todo, un maestro de la tertulia. Probablemente fuera una de las personas más inteligentes que he tenido la suerte de frecuentar y, sin duda, el conversador más brillante. Fluido, fresco, elegante, irónico, provocador. Acaso por ello fuera perezoso para escribir, aunque muchos le instásemos a que lo hiciera. Tal vez no lo hiciese porque carecía de ambición personal y no necesitase de protagonismo para sentirse un hombre realizado y feliz. Prefería escribir en el aire, como Keats en el agua. Cosas de poetas verdaderos. Además fue el mejor amigo de Vicente Torres, fallecido hace poco más de un año. Y me consta que el genial Vic lo tuvo detrás de muchas de sus viñetas inolvidables. Yo fui un afortunado amigo reciente de ambos y manifiesto con orgullo el privilegio de haberlo sido.

Su amistad era más antigua, se conocían del colegio, de aquella promoción sin orla que aún recuerdan con reserva en La Salle. Fueron los jóvenes inquietos que hicieron la verdadera Transición española, preferentemente en la caseta del Abrevaero, la más festiva que haya visto la feria cordobesa, donde se apretaban políticos y diletantes de toda ideología y condición. Aquello pasó como pasa todo. A propósito recuerdo una foto de no hace mucho en el Patio de María, en torno a un brasero, donde posaban algunos de los más conspicuos integrantes de esta gloriosa generación perdida que esta desapareciendo antes que la de sus padres, la del hambre y el desarrollo. Envejecer es contar los que faltan en una fotografía que ni siquiera es vieja.

Y recuerdo también un soneto que Pepito hizo a vuela pluma, en una servilleta, donde solo escriben los muy grandes, con una copa de vino -nunca le pareció decoroso el medio- en la feliz taberna de La Cazuela de la Espartería, a la que bendice un azulejo de la Virgen del Rocío encastrado en la sacristía donde reposa su exquisito caldo del Lagar de Casablanca. Tal como fue alumbrado traslado esta joya del castellano que ahora adquiere su mejor sentido: “Atalaya de amor y de pureza./ Estandarte de fe por los caminos/ del Rocío cordobés, que llora y reza/ abrigado de Luz entre los pinos./ Con el oro y el blanco de su gloria,/ se ciñen a su paso peregrinos/ en vendaval de amor, corcel y noria/ que los eleva, dulce, a sus destinos./ Que Córdoba se abrase en su hermosura,/ en eterna alabanza a la Señora./ Y al calor de su gracia y su ternura,/ impregnando de amor mi última hora,/ el soplo de la brisa de su albura/ me lleve al corazón de la Pastora.”

Que así haya sido, Pepito. Espéranos con Ella. Y reza por nosotros.

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