Carmen


La vejez acentúa nuestros defectos, nunca nuestras virtudes. Y ella ha demostrado ser solo una anciana con miedo.

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Cuando era más joven y aún tenía carita de muñeca china. Cuando vestía de Ágata Ruiz de la Prada y lucía en los salones culturales como una pija de pueblo. Cuando se echó de novio a un escolta y recibía en bragas las llamadas de los alcaldes. Cuando -Calvo dixit- se encocoraba porque la llamaran “Dixie o Pixie” y deseaba que la Unesco legislase para todos los planetas. Cuando -de nuevo Calvo dixit- trabajaba en el ámbito privado porque era funcionaria pública y  un concierto de rock le merecía más respeto lingüístico que el Instituto Cervantes. Cuando su tesis doctoral era calificada con un cinco pelado -probablemente el único caso en la historia universitaria- sin duda para no sonrojar más a su director con el suspenso que merecía. Cuando la, pese a todo, doctora en Derecho Constitucional afirmaba que nuestra Constitución no recoge la igualdad entre hombres y mujeres. Cuando hablaba de la propiedad intelectual y confundía a Da Vinci con Victor Hugo. Cuando era cocinera antes que “fraila” y manejaba un dinero público que no era de nadie. Cuando consideraba natural que Pedro Sánchez dijese una cosa en la oposición y la contraria en la presidencia del Gobierno. Cuando aplastaba rosas en Córdoba con los libros que hablarían de ellas, según imaginaba un fino poeta de la tierra, aunque a día de hoy ni los libros hayan llegado ni las rosas vuelto…

A día de hoy ya no tiene carita de muñeca china, más bien le encontraríamos parecido con Fu Manchú, si bien en bajita, o con el retrato de Dorian Gray, mostrando en su caso los pecados innumerables de los 142 años cumplidos de la inicua historia del socialismo hispano. Carmen Calvo es de Cabra y siempre tira al monte. Es tan republicana que volvería a bombardear su pueblo, ya que sabe que el hecho no aparecerá en su memoria histórica. Carmen Calvo es tan mala que se ha cargado el sanchismo en Jaén y posiblemente en Córdoba, puesto que es quien decide a donde van las bases logísticas y sus dineros públicos, que ella maneja sean de quién sean, según declaración meliflua del comparsa de la pajarita. Carmen Calvo está acabada por su propia inconsistencia. Al cabo, sus correligionarios la dejarían vegetar en la clínica Ruber, sin visitas. Acaso Susana Díaz y Rosa Aguilar fueran a verla, como Ayuso ha estado con Gabilondo. Porque la inquina no es incompatible con la compasión. La ensalada de nazis y berberechos ha sido su testamento. Es lo que da de sí. Ella y sus flatulencias mentales. Todo el mundo lo sabe. También los socialistas. Incluso Pedro se ha enterado. Hasta Redondo se lo dirá por hacer al menos un diagnóstico correcto en su secuencia inacabable de torpezas.

A mi también me da pena. Penita, para ser precisos. Aprecio mucho a su hermano, que es uno de los mejores políticos, historiadores y escritores, por este orden, que hay en Andalucía. Ojalá la izquierda hubiera aprendido de Pepe Calvo y de ese andalucismo improbable que él defendió. Hoy tendríamos una autonomía con menos corrupción y más nivel intelectual. Pero Pepe dejó la política, porque los buenos se van mientras los malos perseveran. Lo de Carmen es un caso de perseverancia tal que ni el Covid-19 ha sido capaz de evitar. Es un hecho que Carmen ha vuelto de una clínica privada por donde solía, pero ya no tiene gracia, ni juventud, ni siquiera el aval de la sanidad pública. La vejez acentúa nuestros defectos, nunca nuestras virtudes. Y ella ha demostrado ser solo una anciana con miedo.

Debería volver a Córdoba, donde tiene una magnífica casa, y disfrutar de una jubilación espléndida en las tabernas lindantes. Así vería pasar el tiempo, que es la otra cara de la vida, esa que a nuestra edad no puede desaprovecharse.