Los UltraSénecas


Imagínense. Tenemos este año la oportunidad de ver la feria desde lejos, una feria lorquiana, una de esas ferias en la que nunca se entra

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Los candidatos a la Alcaldía de Córdoba,, caracterizados para la Feria de la Salud./Foto: José Cruz

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La sirena del Guadalquivir ha marcado un hito en Sevilla. Ha demostrado, una vez más, que los sevillanos, mucho más que los de Bilbao, nacen donde les da gana, incluso en Colombia. En Sevilla, una señora se pone un traje de flamenca y se sube a una piragua y fluye el río, para decirnos que Sevilla esta viva y es feria de arriba abajo. La señora en cuestión se llama Ibis María Palomo, que es nombre de pajarraco sagrado del antiguo Egipto, que aún anida escasamente en las costas mediterráneas, pero no en América. Los americanos son exóticos por naturaleza hasta cierto punto. Luego se añaden el nombre de la Virgen, para que no quepa duda de su filiación hispana. Tal vez por ello, Ibis se vino a Triana, una de las residencias de más tronío de la Santísima Virgen María. Y eso que, viniendo del departamento colombiano de Córdoba, podría haber recalado en la nuestra. Pero seamos conscientes de que aquí hubiera sido imposible su hazaña. Al día de hoy la sirena estaría varada en el Soto de la Albolafia.

 Justo es reconocer, una vez más, que Sevilla tiene gracia, que a veces es la gracia de Dios y a veces es la gracia laica, que no atea, de los múltiples sevillanos que lo son de nacimiento o de emprendimiento. Sevilla es especial y reúne un río con un océano sin dejar nunca de ser río. Nadie es más cosmopolita que Sevilla y nadie es más castiza a la vez que Sevilla. Era casi normal que una colombiana se vistiera de faralaes y remara como si fuera el alma de la feria volviendo de la otra orilla con el permiso de un Caronte municipal. Era casi natural que anunciara de este modo que nada ha de faltar, que nada se va a perder, que todo sigue estando donde debe. En el río, en el centro de la ciudad. En Sevilla el río es el centro, en Córdoba el río es la frontera. Singulares que somos los cordobeses, o tontos, seguro que tontos. Ratas y río, con las mismas erres de retrógrados.

Nuestra feria se acerca sin que ni siquiera el alcalde piense en iluminar su advenimiento con las bombillas cordobesas que han encendido el mundo. Somos tan miserables que Puente Genil merecería ser sevillana como otrora lo fue. Y la hostelería ha estado a la altura que alcanza esta ciudad, siempre menor que las crecidas de su río. La inocencia de Hostecor ha sido enternecedora. Pedir a la administración que le deje inocular casetas de feria en bares y tabernas no solo es innecesario, también es contraproducente, por cuanto le permite mangonear donde no debe. La administración tiende al totalitarismo de forma innata. A más administración menos libertad. Recordemos a Ayuso como quien recuerda El Álamo. Libertad o comunismo. Pues eso. Una taberna, un bar, un restaurante, no necesitan permiso para poner farolillos. Y la única diferencia entre el local de cada día y el de feria reside en los farolillos que cuelgan sobre nuestras cabezas.

Montemos casetas, en nuestras tabernas, en nuestros hogares, en nuestras parcelas clandestinas y en nuestros corazones. Agrupándonos por lo que somos. Los populares UltraSénecas por un lado, los exquisitos Pfizereños y Modernos, unidos como el Salmorejo y Perejil, por otro. Y los puritanos Jansenistas, que no tienen ya edad para ferias, recordando lo que fueron en la poltrona ortopédica ante la plasma total televisiva. Seamos floridos y felices en mayo, que esta es nuestra obligación. Y mandemos a los expertos a hacer puñetas o mascarillas, por no decir otra cosa. Y pongamos, sobre todo, farolillos en nuestras vidas. Y vino y jamón. Y pescaíto frito. Y tortilla. Y escocés a determinada hora. Menos rebujito, cualquier cosa.

Imagínense. Tenemos este año la oportunidad de ver la feria desde lejos, una feria lorquiana, una de esas ferias en la que nunca se entra. Porque nos quedamos en el centro, en esa feria grande, inmarcesible, de la que nunca se sale.