La quinta del 56


No lo hemos visto todo, pero casi todo. Tenemos memoria histórica, nacimos con Franco. Nos han contado todos los cuentos y conocemos todos los cuentos.

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Un vial con la vacuna de AstraZeneca./Foto: Jorge Gil-Europa Press
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Preparación de la vacuna./Foto: Jesús Caparrós

Escribo estas líneas con mentalidad de superviviente. Aunque ni siquiera, a una semana vista del inyectable, tengo esta condición garantizada. Solo sé que formo parte de la quinta del 56, a la que acaso alguna vez se pueda nombrar como “la sacrificada”, emulando al regimiento de infantería que hizo historia con los colores de Córdoba. Ha sido ejemplar ver a los mozos y mozas de mi quinta evacuar impávidos por los vomitorios de los centros de salud camino de la inmunidad o del exterminio. Somos sumisos por espíritu de cuerpo y porque no es de españoles achicarse. También porque los que nos mandan, nos aconsejan y nos manipulan son tan tontos y tan banales como nosotros y tal vez no merezcan que nos encaremos con ellos. Al cabo, todos vamos a morir, en veinte o veinticinco años, nos pongan una vacuna u otra. En cualquier caso, a mi me da Oxford más respeto que todos los gobiernos de la Unión Europea juntos. Entre otras razones, porque Oxford sí es Europa y la Unión Europea está por demostrarlo. La Unión Europea es lo que es: una señora sin silla ante un sátrapa oriental y un señor sentado con cara de acelga, incapaz de levantarse siquiera para ceder su silla a la señora. Si Europa no sabe estar, nadie va a saber estar por ella.

Que no se confundan. Los que nos hemos puesto la vacuna de AstraZeneca, que incluso ha tenido la indignidad de cambiarse el nombre, para reconocer de alguna manera su dudosa eficacia, lo hemos hecho por prurito personal, por riles, por redaños, por decirles a todos los menesterosos de la administración que aquí estamos, dispuestos a lo que nos caiga. Que lo hacemos por España, por nuestros hijos, por nuestro pueblo y quizá por sacarles los colores a esos cientos, miles, de expertos que cotidianamente nos manifiestan su boba solemnidad. Nadie sabe nada. Pero algunos han hecho vacunas. Sobre todos, los americanos. También los rusos y los chinos. Incluso los ingleses, que al parecer las han hecho fatal, según los miserables europeos, que no han hecho nada. Y como los europeos no han hecho nada, habrá que aprovechar las deleznables vacunas de los ingleses para ver si salimos adelante. Probándolas, naturalmente, con la población más incómoda. Es decir, con la quinta del 56 y anejas. Porque aquí se concentran los jubilados recientes y los que están en vías de serlo. De 60 a 69. ¡Virgen Santa! Pero si en este tramo está todos los que han dejado o van a dejar de producir…

Ya lo intentaron con los viajes del Inserso y sus bailes cardiopáticos. Luego descubrieron que el Covid se ensañaba con las residencias de ancianos y finalmente habrán encontrado en la vacuna de AstraZeneca una suerte de colaborador fortuito que les ayude a quitarse de en medio a los ciudadanos que más dinero cuestan. Eliminar a los viejos es el desiderátum de la izquierda totalitaria. La eutanasia es sin duda la solución final, pero mejor dejar para este extremo los retales. Ahora van a por nosotros, que estamos todavía en edad de merecer y de votar. Otra generación que se quiere perdida. No lo hemos visto todo, pero casi todo. Tenemos memoria histórica, nacimos con Franco. Nos han contado todos los cuentos y conocemos todos los cuentos. Somos peligrosos porque somos relativamente libres. Y somos relativamente libres porque estamos de vuelta de muchas cosas.

Aquí estamos, los del 56 y todos lo demás, en la primera trinchera, esperando la segunda vacuna, hasta agotar existencias. Para todo o para nada, para morir o para vivir, con la dignidad del que no pregunta, porque las preguntas se las tienen que hacer otros.