En casa y con Juan de Mesa


Yo ya leo como si fuera lo último que voy a hacer, porque probablemente sea lo último que voy a hacer. Leer es lo que nos queda después de haber vivido.

Luis Miranda con su libro sobre Juan de Mesa / Foto: Diócesis de Córdoba

Pensé irme a mi pisito de Torre del Mar, vía Berlín, con visita al extinto muro incluida, para burlar el provinciano confinamiento impuesto por Moreno y Aguirre. Pero no estoy para trotes, ni siquiera en el nombre de la libertad. Así que voy a pasar la Semana Santa en casa y con Juan de Mesa. Buen sitio y mejor compañía. La imaginería está para verla, a menudo para escribirla y rara vez para leerla. Es lo que dice un buen amigo que fatiga Sevilla a pie de calle, capilla y taberna, y te deja los pies de chino, más que la pandemia te pone la cara de lo mismo, o sea, de tonto, a los efectos de este meridiano. Lo cierto es que yo voy teniendo una edad para andar por casa. Zapatillas, pantalla, café, torrija y una copita, que nunca está de más. Qué duda cabe que añoro las esquinas, las cuestas, las estrecheces, los rincones, los faroles, las perspectivas, los despistes urbanísticos, el ir allí o acá, buscando la persistente revirá del misterio, a la salida o a la entrada, donde la cofradía se crece y permite los momentos inolvidables que nunca aparecerán en los libros. Pero los libros son la piedad de los viejos. Todo lo que no podemos o pudimos hacer está en los libros. Yo ya leo como si fuera lo último que voy a hacer, porque probablemente sea lo último que voy a hacer. Leer es lo que nos queda después de haber vivido. Pero leer es también comprender, al cabo, lo vivido. Y escribir es demostrar que no nos ha afectado la reforma educacional de Celaá. Ver, leer, escribir, con denuedo, es lo que ha hecho Luis Miranda. Con los mismos 44 años que tenía Juan de Mesa cuando murió y dejó la inmortal obra ante la que ahora nos sorprendemos.  Hay algo grande en esa sincronía que nos exige estar a la altura de lo que representamos, aunque no podamos estar mas que al nivel de lo que somos. Ya nos había favorecido con una historia de la Semana Santa cordobesa. Y ahora nos fascina con un ensayo novelado sobre Juan de Mesa. Y reconozco que con Luis he descubierto a Juan, el genio de Juan y no solo su talento. Los Cristos de Juan, a través de Luis, son Cristos recuperados, son Cristos que asumen su función devocional hasta sus últimas consecuencias, son los Cristos que la gente se toma en serio, los que la gente quiere, en los que la gente confía. La zancada del Gran Poder es el progreso de Sevilla y explica por sí sola la maestría de esta ciudad en cuestiones pasionistas. Todo lo demás es accesorio. Luis ha hecho la restauración deseada que merece toda imagen que se precie, que es la del espíritu. Miranda ha cazado el aliento de las imágenes de Juan de Mesa y nos ha descifrado el porqué de su devoción popular. Es un libro importante el que ha escrito, que se puede leer de corrido o en diagonal, de atrás adelante o por donde lo abras, que es cuando se comprueba que un libro se ha escrito para dejar huella. Decir que Luis ha escrito el libro definitivo sobre Juan de Mesa quizá sea excesivo. Lo definitivo no existe. Pero decir que Luis ha escrito el mejor libro sobre Juan de Mesa es de obligación para el cofrade que lo ha leído, y lo sigue leyendo para llevar esta Semana Santa sin pasos igualmente reglada, estricta, devota, sevillana, incluso cordobesa.

Yo no soy cofrade sino en la medida en que mis amigos me hicieron. No los nombraré otra vez. Pongo en Luis la memoria de todos los que hicieron grande la Semana Santa de Córdoba viniendo de Sevilla y  pongo en Sevilla la historia grande de la Semana Santa que hizo un cordobés. Otro cordobés, formado en Sevilla, con los mismos 44 años de madurez, nos lo explica ahora de modo exquisito.

Esa Buena Muerte que Lastrucci luego interpretó con éxito para Córdoba. Esa Agonía del Cristo vivo de Vergara, que en el País Vasco debe ser especialmente ingrata. Ese Amor desencajado que solo puede verse hacia arriba. Esa Conversión de ojos sobresaltados que nos miran para achicarnos. Ese Gran Poder del rostro del Padre reflejado en el Hijo. Esa zancada infinita de la túnica lisa, de la devoción exenta, siempre hacia delante, siempre hacia arriba. Esa mirada angustiada de la Madre de Dios con las manos vacías, a la que Juan, para consolarla, pone un Cristo muerto a punto de resucitar, justo a tres días de resucitar. Todo ello permanece vivo, fresco, físico, escultórico, en el libro de Miranda. Preferiríamos verlas en la calle, como siempre, qué duda cabe, pero Luis ha hecho de estas imágenes hoy un legado por escrito para todos los hombres que sufren en sus casas. Que, entre todos los hombres, los sevillanos y los cordobeses sepamos apreciarlo con la fe debida, pondría la guinda del milagro en su obra.

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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