¡Maricón el último!


 En cuestión de una semana hemos pasado de la reticencia ante la vacuna a la urgencia por ella. Parece que ahora acudimos al inyectable al grito de ¡maricón el último!, que es como antaño se hacían las convocatorias ineludibles. La gente se cuela en las colas de la vacuna como en las del pan, cuando no había pan. Porque no hay vacunas. Sucedió que Pedro Sánchez garantizara que la población española iba a estar vacunada al setenta por ciento antes del verano y esa población se ha echado a la calle a la búsqueda de la vacuna, por si acaso, porque este “por si acaso” es lo único que está garantizado. No hay vacunas. Ni la tonta y despojada Europa las tiene. Las vacunas van a lo suyo y Europa va a lo de siempre, a su desconcierto habitual. Las cepas del mundo nos cercan, los virus internacionales nos asedian, el británico, el sudafricano, el brasileño, todos vienen a solidarizarse con el chino, pero en Europa estamos pensando en la xenofobia, como los bizantinos en el sexo de los ángeles con los turcos a las puertas. Por eso lo que hay es miedo, cada vez más miedo. Por eso queremos vacunarnos por encima de todo, del turno y de la moral. Ande yo caliente y ríase la gente. Vacunarse o morir. Este es el mensaje que nos dejan los más rápidos, los que pueden, los de toda la vida, los responsables de los tingladillos, los comisarios políticos, los que todos querríamos ser o, al menos, conocer para intentar entrar, cuñados incluidos, en el estricto cupo de los beneficiados. Es lo que está ocurriendo y es lógico que así sea. La gente defiende lo suyo, la familia, el partido, la empresa, la institución. Lo cierto es que estamos extremadamente asustados por nosotros y por nuestro prójimo. Ya no está el peligro afuera, está aquí, rondándonos. Nuestros vecinos, nuestros amigos caen a docenas. Lo estamos viendo, lo estamos viviendo. Ya no se trata de buscar culpables, se trata de salir huyendo. Ya no se trata de acusar al Gobierno, de denunciar a la retahíla de sinvergüenzas inefables que pululan en las administraciones. Se trata -repito- de salir huyendo. Nos estamos jugando la vida, aquí y ahora. El Gobierno puede que aguante hasta el 14 de febrero, pero los demás no podemos aguantar tanto. Otra vez, no. hasta el 8 de marzo del pasado año se contagiaron casi todas sus mujeres, hasta el 14 de febrero del presente pueden contagiarse casi todos los catalanes y buena parte del resto de los españoles.

 El miedo nos embarga y nos hace desconfiar de cuanto nos rodea. Cada vez somos más conscientes de que nuestro único aliado es la soledad. Por eso pedimos el confinamiento con fervor inusitado, como quien pide la intervención de un padre que ponga paz o de un caudillo que ponga orden. Por eso los que saben de qué va la cosa se lo toman en serio y cogen las vacunas al vuelo, sobrantes o no, que ya sabrán ellas adecuarse al vivo que las recibe. ¡Maricón el último!, dicen todos en la intimidad, porque en esta circunstancia no vale más que correr por delante como si te fueran a pillar.

Artículo anteriorLa Voz, con las cofradías
Artículo siguienteLa Agrupación recurrirá el dictamen de la subvención municipal
Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here