El puente a ninguna parte


federalismo 1

Ayer fue el día de la Constitución y del hombre que clama en el desierto. La Constitución se seca y  pocos son los que lo denuncian o se enteran de la diligencia del proceso, más acuciante que el del cambio climático. España se va al carajo con el beneplácito del Gobierno y la oposición se pone a la espera, como en el adviento, a verlas venir, a que venga el niño con el pan bajo el brazo, a que aquí me las den todas, a que unas elecciones, aún lejanas y en el supuesto de que mantuvieran garantías democráticas, resuelvan lo que acaso ya no puedan resolver a tres años vista, considerando los agravios irreparables que el Estado puede sufrir en este periodo. Con las peroratas vanidosas de Pedro, afirmándose y negándose tantas veces como la suerte le requiera. Con el eco de Celaá y el desconcierto de la educación formando parte de una revolución anunciada. Con la “expertitud” que nuestra Carmen de Cabra atribuye a Simón. Con los allegados de Illa, que ilustran el revoltijo sentimental y no solo ideológico de este Gobierno. Con los viejos terroristas volviendo a sus casas laureados. Con las autonomías constituyendo repúblicas refrendadas por su cuenta. Con la pandemia de los comisarios políticos que nos mantiene en permanente estado de alarma, devenido ya en toque de queda. Con el poder judicial, ya muy mermado en su independencia, a punto de ser desarbolado definitivamente. Con la Corona sitiada. Con media España estigmatizada por la memoria inventada de la otra media, olvidando lo que la Transición vino a establecer expresamente en la Constitución: que nunca más los españoles nos permitamos el pecado de la exclusión mutua. Porque son necesarias dos partes para que la democracia funcione, aunque una parezca a veces que quiere ser suficiente y otra se someta a veces a que así lo sea. Es evidente que el congreso ha votado mayoritariamente unos presupuestos que son inútiles para la nación pero eficaces para que esa nación deje de serlo. Nuestros amigos del PSOE, esos mismos que forman parte de nuestras tertulias e incluso de nuestras familias, tendrán que justificar lo que hacen o lo que dejan hacer. Pero tenemos que ayudarles. Tal vez perdiendo el respeto que ellos ya no tienen por los demás, ni siquiera por sí mismos. Y a ver lo que te responden cuando les digas lo  que Felipe les dice. Les dará igual. No son socialdemócratas. Les va el comunismo. ¿Les va el comunismo? ¿Y qué si no les va? Son lo que se les diga que sean. No tienen principios. O si los tienen, son intercambiables. Carmen lo dijo de Pedro, una cosa es la oposición y otra es el gobierno. Y nada tiene que ver lo uno con lo otro. ¿O sí? No podemos fiarnos, por tanto, de ellos, mas que en la medida en que queramos ser como ellos. El socialismo está muerto. Lo que queda de él está en manos de un charlatán de feria y de unas mujeres vacías que intentan ser por mujeres lo que no son por personas.

Pero el puente está aquí, existe, se extiende sobre un lunes adomingado y llega al menos hasta un martes cualificado. Sigue siendo un puente a ninguna parte, porque las autoridades de todos los niveles nos han dicho que no lo disfrutemos, que nos lo metamos debajo del puente colgante, que nos lo tomemos como lo que es: una celebración de una Constitución en la que nadie cree junto a una celebración de una Inmaculada en la nadie ha creído. Los puentes son una farsa sobre nuestras espaldas que a veces sostenemos sobre las espaldas de los políticos. Pero no es el caso. Este puente no lo aguanta nadie. Ni las grandes superficies que pretenden vender lo que se nos impide consumir en Navidad, ni los políticos melifluos que nos proponen quedarnos en casa, ni siquiera el Bautista que clama en el desierto y pretende convertir en buenos cristianos a los malos ciudadanos.