Salvar al PSOE


Carmen Calvo listeriosis alarma
Carmen Calvo. /Foto: LVC

Parecía que Carmen Calvo había visto la luz, tal que se hubiera caído del caballo camino del Picacho, en la escapada a su pueblo natal el pasado fin de semana, mientras los madrileños se confinaban en su primer puente festivo. Parecía que su mala conciencia se daba un respiro ante la Virgen de la Sierra, milagrera como pocas, acaso porque se le apareciesen los muertos del bombardeo de Cabra para requerirle equidad en su memoria.  El hecho de reconocer que las medidas de Ayuso contra la pandemia, a la vista de los resultados positivos en la Comunidad de Madrid, eran las adecuadas, parecía que constituyese un paso definitivo hacia la asunción de responsabilidades de esta mujer tan políticamente egabrense gracias al latín que desconoce. Tal vez, oh paradoja, su conversión fuese consecuencia de las secuelas del coronavirus feminista que con especial saña  la había postrado en un apartamento ministerial. De casos semejantes están llenas las hagiografías.

 Pero todo ha sido una de las fake news al uso, un espejismo, una ilusión, una bajada de defensas o, quizá, un giro estratégico programado en consideración al giro ideológico perpetrado por Pablo Casado, que ahora parece dispuesto a comer en el pesebre adjunto al de Inés Arrimadas. Sea como fuere, Carmen ha vuelto pronto a donde solía y ha ordenado a su ministerio de la verdad o memoria democrática, que tanto da el eufemismo, que pergeñe un “procedimiento contra la desinformación”, o sea, un sistema de control de las noticias falsas, de las que ella es propiamente una fuente inagotable. La política es, al cabo, un conjunto de medias verdades y clamorosas mentiras entre las que los políticos se buscan y desgraciadamente se encuentran. Calvo chapotea en este maremágnum de incertidumbres con amoralidad manifiesta. Por eso era capaz de afirmar impúdicamente que tan legítimo es que Pedro Sánchez diga una cosa en la oposición como que diga la contraria en la presidencia del Gobierno.

Nada ha cambiado, pues. Simón se cortaba el pelo e Iglesias se lo recogía en un moño. Y nos preguntábamos si algo diferente estaba sucediendo en este país, aunque fuese por los pelos. Los revolucionarios se acomodan, pensamos, el pragmatismo se impone, Montoro, el último socialdemócrata vivo, sigue imperando. Pero la realidad supera a la ficción por bienintencionada que esta sea. Y la realidad es la de un PSOE que quiere la ruptura para equivocarse con la misma frivolidad que demostró en 1936. A la guerra fuimos todos con ganas y volveríamos a ir si nos obligan. Y que no se confundan. Los comunistas formarían otra vez sus mejores regimientos y nombrarían a sus comisarios políticos. Los socialistas deberían reflexionar, siquiera para plantearse lo que pueden perder, que es mucho más de lo que pueden ganar.

 También la derecha tiene su culpa y participa en la culpa ajena. Una de la majaderías históricas de la democracia española es la de querer salvar al PSOE de sí mismo, de su querencia socialista y totalitaria, lo cual es improbable, si no imposible, porque el principio de su mal, su mentira fundacional, reside en su misma condición, a veces olvidada, pero continuamente recordada, de partido revolucionario. La rana nada siempre hacia una de las múltiples orillas que el capitalismo ofrece, pero el escorpión casi nunca es consciente de que puede salvarse con la rana. Preferir hundirse entraña en el fondo la negación de ver un mundo nuevo.

 La verdad es que los socialistas, en el mejor de los casos, se salvan, si quieren, uno a uno, conforme van creciendo en edad y sensatez. Envejecer es necesariamente moderarse. Y ahí están los ejemplos señeros de Felipe, Guerra, Corcuera o el seráfico Paco Vázquez, que dejarían a la izquierda a un Fraga redivivo.

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