Paco Campos


El Pimpi / Foto: LVC
Paco Campos / Foto: LVC

Cuentan que hace unos años,durante uno de los muchos homenajes que ,ya octogenario, se le brindaron, Manuel Alcántara, el más fino de los escritores malagueños, pidió en El Pimpi, su taberna preferida, “un Dry Martini para aclarar la voz”, como ritual previo a su inmediata alocución. Nada inusual, por cierto, en un artista que afirmaba haberse ganado siempre “el pan y la ginebra” con lo que le gustaba hacer. Un resumen, sin duda, de una vida laboral y festivamente cumplida, inaccesible a los columnistas del montón ni a otros sobresalientes, que no frecuentaban como él esa taberna a la que llamó, acaso con exaltada embriaguez, “la capilla Sixtina de Málaga”, tal vez porque a ella acudían más visitantes que a los museos, tan variados y notables en esta ciudad cosmopolita. Y es que en El Pimpi cabe todo, desde el Dry Martini hasta el moscatel, con todas las culturas y contraculturas que pueden mediar entre los dos.

Me pregunto dónde estaría en ese evento Paco Campos. Muy cerca, muy discreto, muy elegante. Pendiente de los detalles que convierten a una taberna en un ministerio de lo cotidiano, donde las gentes van a recuperar las horas muertas que les permiten los otros ministerios.

 Paco Campos se vino a Málaga a descubrir el mar. Paco no era poeta pero sabía que los poetas dan de comer a los que no lo son y se hizo amigo de ellos. Al cabo, el descubrimiento del mar tuvo una contrapartida, que fue el invento de una taberna. Los cordobeses llegaron a descubrir el mar de Málaga al tiempo que lo colonizaban, la mejor fundación desde los fenicios. Es decir, que lo cordobeses descubrieron o inventaron en El Pimpi la taberna marinera que nunca tuvieron. Los malagueños lo aceptaron y nos aceptaron, no por nosotros, sino por Paco.

Paco Campos llegó a Málaga huyendo del frío, del frío de Granada que su amigo Gala aguantaba con un pañuelo en la garganta. Granada era más bonita que Córdoba y Málaga juntas, pero estaba lejos del mar y solo el mar da tibieza a las gargantas de los poetas. Se vino con Pepe Cobos, de los Cobos de toda la vida, , de los mejores Cobos, de los Cobos que hicieron vino y leyenda a partes iguales. Montaron El Pimpi, que es una taberna que no ha querido ser otra cosa, aunque estuviera hollada sobre una casa de putas que fue un convento. El mismo Pimpi parece que fuera un chulo de puerto que algunos ayuntamientos imaginaron torero.

De lo que fue o lo que pudo ser, hasta lo que es, está la mano de Paco Campos. Desde Gloria Fuertes hasta el infinito y más allá, están todos los poetas que quisieron ser, todos los escritores que apuntaron maneras, incluso todos los políticos que apuntaron maneras de escritor. O de pintor o de arquitecto o de actor. Banderas compró la participación de Paco Campos para ser alguien en Málaga. Ahora mandará sobre la botas que presentan mejores firmas que vinos, porque la vida es una permanente hipocresía de lo que somos.

 Espero, en todo caso, que Banderas haga de El Pimpi lo mismo que hacía Paco, que otros como Banderas quieran comprar la acción.

 

 

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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