La mascarilla azul

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Mascarillas./Foto: LVC
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Mascarillas./Foto: LVC

En el mundo pasan cosas ajenas al coronavirus, como en todas las ubicaciones planetarias, que diría una ministra socialista. Pero los medios de comunicación consideran que no deben interesarnos. Todo lo que no esté relacionado con el coronavirus implica una libertad de pensamiento incómoda para el régimen. Incluso yo mantengo esta fijación y escribo el sexto artículo relacionado con el tema. Prometo que será el último. Por eso mantenemos la obligatoriedad de la mascarilla, siquiera sea a efectos de corrección política, aunque nos la quitemos en cuanto nos encontramos entre amigos y la vida parece que vuelve a ser normal, porque la mascarilla es el emoticono perfecto de nuestro acogotamiento social.

No se escandalicen por lo que digo. Ya saben ustedes que solo la mascarilla quirúrgica, o sea, la azul, o sea, la que no sirve para nada, o sea, la que ha infectado a la mitad de la población sanitaria española, es recomendada por nuestras autoridades, lo que implica una actitud más domesticadora que protectora, más inicua que benévola. Domesticación y protección pueden significar lo mismo para un perro, pero no para un humano, salvo que se tenga una mentalidad estrictamente de izquierdas, estrictamente igualitaria. Esta mentalidad es la que procura que nos hagamos rebaño y nos mimeticemos y despersonalicemos hasta alcanzar la más estricta sencillez, es decir, el pijama de rayas, es decir, la mascarilla azul, la más barata, ínfima e inútil, es decir, la mascarilla de los pobres, porque no ha de servirnos para individualizarnos sino para uniformarnos. Hasta los Reyes la llevan en su periplo semi desapercibido de distanciamiento social y acercamiento ciudadano, el que puede permitirle a un monarca un gobierno republicano. La mascarilla de hoy es la estrella del gueto de ayer. Una identificación solidaria que Simón y sus secuaces reconocen y pueden utilizar en su beneficio. El siniestro Simón se ha atrevido a diferenciar entre mascarillas egoistas y altruistas, entre mascarillas de derechas y de izquierdas, porque considera que ha llegado el momento de etiquetar a la gente con una decisiva intencionalidad. La mascarilla azul, por barata, ha de ser mayoritaria y mucho más definitoria de la realidad política que una encuesta de Tezanos. Somos más, la calle lo dice, la mascarilla azul lo proclama. Ante esta evidencia poco puede hacerse. Predicar que la mascarilla blanca, la KN95, es más eficaz, porque nos sirve a nosotros mismos y no solo al vecino, es una pérdida de tiempo. Pronto será calificado como delito de odio la nimia actitud de tomar precauciones higiénicas ante un congénere. El amordazamiento general es el confinamiento perfecto. Hasta la solución final necesita de una estabulación organizada. Y a nosotros nos están estabulando en vías de una solución final, que pasa inexorablmente por el desmontaje constitucional y la erradicación de las libertades.

La mascarilla azul es un marchamo de oreja a oreja que nos garantiza boca y nariz cerradas. Dicen que deja respirar y transpirar. No nos quieren muertos, nos quieren domados. Dicen que la mascarilla blanca agobia más, como un rescate. Puede ser cierto, pero los que la llevamos no pensamos que sea para siempre. Esta es la diferencia entre liberales y socialistas, entre demócratas y totalitarios. El azul y el blanco, durante muchos años, han estado coaligados frente al rojo y al negro. Nicaragua fue un claro ejemplo con Violeta Chamorro. Pero no tiene que ser así necesariamente. En el 36 los falangistas ondeaban el mismo rojo y negro que los anarquistas. Los extremos se tocan. Y es bueno que se toquen, para no perder el sentido cíclico de la vida.

Lo extraño es que ahora el azul del PP y de Europa y de la ONU y de la OTAN, el azul planetario, en definitiva, está siendo usado por los rojos para su propaganda, y esto no se había visto desde que Franco unificó el Movimiento. Todo vuelve adonde solía. O no. El rojo tira a morado y el azul se confunde. Nadie más confundido que yo, cofrade inmaculista, que observo como nuestro purísimo azul nos está siendo irremisiblemente arrebatado. Entre otras razones, porque he visto Juego de Tronos y sé que los Inmaculados -esos guerreros de élite siempre fieles- estaban todos castrados.  

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