Viviendo en la anormalidad

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Salimos más fuertes. He aquí el bulo resumen o la madre de todos los bulos del Gobierno. Al cual se opone la tozuda realidad: salimos menos, alrededor de cuarenta y tantos mil menos (cifra sorpresivamente imposible de afinar en la era de la informática y la estadística), salimos más débiles (no hay más que observar a la vicepresidenta Calvo), más hipocondríacos (supongo que esto tendrá su efecto positivo para el futuro del sector sanitario, ahora medio contagiado y, al menos, en la misma medida desprestigiado, aplausos aparte) y salimos, sin duda, más pobres, mucho más pobres, prestos al rescate. Y quiera Dios que Europa sea capaz aún de rescatar a alguien, o sea, de rescatarse a sí misma.

No obstante, llenamos otra vez los bares, las playas, los parques, como si fueran oasis a los que llegamos tras la travesía de un desierto extraño, ese de las calles solitarias por las que deambulamos enmascarados, aviesos, huraños, desconfiados, hasta que topamos con unos lugares, que antes nos eran comunes y en la actualidad nos parecen hallazgos, donde nos desenmascaramos y volvemos a ser normales, gente que da la cara, la sonrisa recuperada, la palabra nítida, gente casi feliz. Otra vez estamos todos juntos, demasiado juntos, como hemos estado siempre, en el límite de la legalidad, apurando el estado de bienestar que nunca creímos que perderíamos. Y, una vez allí, vemos congéneres, que sigue pasando por la calle, paseando sin rostro, mirándonos incómodos, o envidiosos, o asombrados de que el mundo haya vuelto adonde solía. Muchos de ellos serán delatores, comisarios políticos de la nueva normalidad, que es consentida u otorgada, nunca un derecho ganado. La mascarilla, que antes no era obligatoria (porque no había unidades suficientes), se ha convertido en obligatoria para borrarnos el gesto que nos hace diferentes, para demostrarnos que no existimos como individuos, para decirnos que todos somos chinos y susceptibles de ser engañados como a chinos. Hemos visto a miembros del Gobierno a cara descubierta, sin cuarentena, con sus familias infectadas, en el pico de la pandemia. Y ahora se cubren o se descubren a su antojo y lo mismo hacen con nosotros: nos cubren y descubren sin orden ni concierto, sin razón, casi sin excusa ni pretexto. Si alguien no se ha dado cuenta de que vivimos en una dictadura, o es tonto o vive de la dictadura, o ambas cosas.

Hemos exaltado el mando único y nos hemos avenido a prorrogar el estado de alarma hasta sus heces, hasta lograr que la nueva normalidad nos permita visitar a los okupas de nuestras segundas viviendas. Este es el resultado. Ha desaparecido la libertad, ha desaparecido la propiedad, ha desaparecido el trabajo, incluso han desaparecido las autonomías, aunque vascos y catalanes sigan haciendo lo que les viene en gana, porque no son autónomos, son independientes de facto, golpistas, cómplices de un gobierno que al apoyarse en ellos es tan traidor y, por tanto, tan ilegítimo como ellos.

Pero nada de esto tiene ya que ver con el coronavirus. El coronavirus ha pasado a mejor vida. Lo cierto es que, salvo rebrotes o recidivas puntuales (porque en la naturaleza nada es de fiar), los contagios se desvanecen pese a las necesidades políticas. Un día se está activo y otro no. Ley de los ciclos de la vida, absolutamente ajena al discurso de los supuestos expertos de administraciones efímeras. En realidad, los virus son como los masones, o están en todas partes y parece que lo manejan todo, o se aburren y se transforman en durmientes, colgando sus mandiles en el armario. De hecho, un virus no es estrictamente un ser vivo, ni un masón es estrictamente un ser político. En esta hora estamos, hora de políticos de guardarropía que no saben lo que son, pero que pueden hacer de su capa un sayo o un mandil y aprovechar la leyenda tanto de unos como de otros. Pedro y Pablo son de esta guisa. No está claro si son virus, masones o las dos cosas, pero sí que son rojos y quieren ponerse morados.

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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