El príncipe valiente


Me encanta la historia. Un enamorado que viola reglas y arrostra peligros en pos de su amada. Qué sería de la literatura sin esta figura, qué sería de la vida sin esta provocación. He puesto la frase anterior sin interrogaciones porque no lo pregunto, lo sé. Ni la literatura existiría ni la vida tendría ese sentido que en última instacia le ofrece la literatura sin esta historia que es tan frecuente y a la vez tan nueva. Córdoba, a la que Gala puso de tal escribiendo el maravilloso relato de los almendros floridos que mediaban entre Azahara y Abderramán, ha tenido la oportunidad de producir otra historia de amor elegante, ese tipo de historia que solo se da entre la piedra y la melancolía. La aristocracia, tan ligada a la piedra y a la melancolía, no es una clase, es una forma de ser, que no se adquiere en una escuela ni en una secuencia de escuelas, porque solo se cultiva en el linaje, que es una secuencia de vidas que descubrieron en el tránsito que el honor no es una palabra de la literatura sino el concepto mismo en el que apoyar la existencia. Por eso el principe Joaquín ha admitido sus culpas, que son las culpas del enamorado, pero también del príncipe enamorado. Yo fui republicano hasta que descubrí que los republicanos eran tan miserables como yo, gente posibilista y adaptable incapaz de ser leal a su madre, incluso siendo su madre republicana, y me di cuenta de que los monárquicos lo eran menos, siquiera porque eran capaces de ser leales al símbolo. Los símbolos, en cualquier caso, son imprescindibles entre los hombres, comunistas y fascistas no pueden vivir sin ellos: cruces gamadas, hoces y martillos, amalgamados, aliados para comerse naciones enteras. Lo hemos visto. Republicanos mediocres haciéndoles el juego a unos y otros. Lo hemos visto. También algún rey lo hizo y perdió la corona. Pero las repúblicas volvieron como si tal cosa, inasequibles al decoro, con idénticos o diferentes símbolos, frecuentemente aleatorios, leves y vejados. E igualmente se mantuvieron monarquías porque representaban el símbolo veraz y supremo de sus pueblos, que es siempre la unidad, y volvió la nuestra para representar lo mismo. El símbolo en la aristocracia lo es todo: patria y primus inter pares, rey y nación. Y una casa para enaltecerlo y una familia para recordarlo. Lealtad a los mayores por encima de todo y a la tierra que los vio nacer.

El príncipe Joaquín es joven y travieso, como corresponde, y ha hecho lo que cualquier otro en su lugar. Pero es príncipe y sale en el Hola, porque es príncipe de la sangre. No del pueblo, que en este caso saldría en Supervivientes, que es el lugar común de los mindundis republicanos. Ha hecho un trayecto memorable, heroico. Ha atravesado tres ejes de la Pandemia, como desbrozando zarzas de Maléfica. Nueva York, Bruselas y finalmente Madrid, para llegar al cabo a la sierra de Córdoba, shangrilá perfecto donde el contagio se desconoce y su novia aguardaba. Pero ni la espada de la verdad ni el escudo de la virtud lograron que viniese indemne, pues trajo una púa colgada, como en los mejores cuentos. Ella, sin embargo, no estaba dormida, estaba preparando una merienda, lo cual rebaja mucha responsabilidad al beso preceptivo. De hecho, preparó otra al día siguiente. Para doce y para quince, respectivamente, en cumplimiento estricto de las normas de ese ogro siniestro que ejerce el Mando Único. Pese a lo cual, los envidiosillos cordobeses se rasgan las vestiduras porque no fuesen veintisiete de golpe.

Cierto es que ya Córdoba no será la misma. Olvídense de los peroles. Ahora serán meriendas. ¿Quién después de esta saga se atreve a llevar a sus amigos al campo a invitarlos a un arroz o, peor, a pagarlo a escote? La nueva normalidad, que no deja de ser una nueva fantasía, trae estas cosas. Antes había meriendas de niños, más que nada por la hora de la fiesta, y meriendas de negros, habitualmente entre políticos. Ahora supongo que nos esperan las meriendas de la señorita Marple. A mí me gustan, porque, ya digo, tengo espíritu aristocrático. Pero habrá que cuidar el jardín.

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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