Dos sucesos tristes y otro no tanto

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Es un hecho. Otra vez está con nosotros. Carmen de Cabra, la Carmen de Cabra que se tira al monte, nuestra Carmen, ha vuelto. Para chanza, vergüenza o ludibrio de los cordobeses. A decir una tontuna o tontada o tontería. Una vez más. Ha dicho tantas, en bragas y vestida, de ministra, de profesora y de vecina. Reproducirlas sería una baza para su defensa. Al cabo, cualquier abogado encontraría la anormalidad suficiente para declararla irresponsable. La línea recta del coronavirus no va más desencaminada que el dinero público que acaba en nadie. Cuando se es tonta, se es en geometría y en contabilidad.

Lo triste es que nos ha muerto Anguita. Llevaba años intentándolo. Pero ahora lo ha conseguido. El corazón es así. Llega un momento en el que no puede seguir el programa, aunque el programa sea el de un pedagogo incorregible. El problema de la pedagogía es que olvida que también los niños pueden morirse de viejos. A Anguita le capó el PSOE la posibilidad de ser un buen alcalde, o sea, la de desarrollar el plan RENFE y la de hacer el aparcamiento del bulevar de Gran Capitán. No se lo perdonó y anduvo en pinzas incluso con el PP para joder a quien lo jodió. A mí me parece bien y respeto al personaje en este sentido y en otros. También respeto a los que lo encumbraron, hasta el punto de convertirlo en un sayón de Castillo Lastrucci. Porque Julio fue siempre más cristiano que moro, si bien es cierto que saboreaba el vino con la delectación pecadora de un califa. No lo respeto, sin embargo, cuando creyó encontrar en Iglesias al sin vergüenza que el no había sido.  Las frustraciones personales son para Freud, no para Marx. Ahora que se quitan calles, yo diría que  Julio Anguita la merece, por él, no por lo que representa. Por él, que fue un hombre singular y que, siendo comunista, siguió siendo castizo y cordobés como pocos. Una vez me dijo, siendo yo muy joven, que la molicie de las poltronas era la muerte de la política. Yo le espeté, al pronto, sin pensarlo, que ese pensamiento era el mismo que tenía José Antonio. Y él me respondió: es posible, es probable… Lo recuerdo ahora, cuando parece que la transición también ha muerto.

Pero se nos ha ido igualmente, y esto si que duele, Lola Acedo, primera Señora de las Tabernas por elección del Aula del Vino y por derecho propio. Otra calle. O una plaza. Lo de Lola es punto y aparte. Lo de Lola es Córdoba con rabo y cabeza y ganas de comerse al mundo. Los rabos de Lola son los rabos de Córdoba, que no son la colas de Sevilla. Y es que las colas de Sevilla lo son porque los rabos ya eran de los Acedo y los Acedo son de Córdoba. Cuando se murió Pepe el Pisto, su marido, lo sentí profundamente, máxime porque fue a final de año -que no pegaba morirse con las uvas y menos a él- y porque estaba estupendo y dispuesto a seguir recibiendo a la clientela con ese estilo de gran señor que solo han tenido tres Pepes en esta ciudad: el del Pisto, el de la Judería y el del Caballo Rojo. Pero el primero recibía con un añadido de salero. A mí me han recibido muchas personas, hasta Anguita, pero con el saber estar de Pepe, ninguna. Y es que Pepe era mucho Pepe. Pudo poner una taberna como podía haber puesto un circo o un teatro o un ayuntamiento. Pepe era un artista y, como buen artista, ni él mismo lo sabía. Por eso tuvo a Lola, para ponerlo en su sitio y para recrear la mejor taberna de Córdoba. Su hijo Rafael, que la tiene, debe saber lo que es un legado que va más allá de la economía y se transforma en historia. Lola y Pepe, Pepe y Lola, tanto monta. Ya dije una vez que esta pareja era como la de los Reyes Católicos. Para recordar y para seguir su ejemplo. Por lo menos en la pequeña historia de Córdoba y, sin duda, en su leyenda. Si hay una leyenda viva en Córdoba, reside en Casa el Pisto y solo Rafael puede ya contarla. Y yo sería feliz escuchándola y tal vez escribiéndola.

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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