El pulsómetro de Rajoy

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Hasta echaron mano del pulsómetro de Rajoy, que andaba despistado como siempre, para marcar su estrategia. Acaso no les quedara otra opción más fundada. ¿Quién les iba a decir que vivirían del legado del gallego, de la deferencia con que trató a sus medios de comunicación, de su renuncia escapista a seguir siendo presidente del Gobierno, incluso de sus presupuestos, que Montoro dejó para la posteridad como prueba irrefutable de la superioridad económica de la derecha, aunque fuera matizada por su habitual complejo socialdemócrata. La derecha hace posible a la izquierda, le da su desarrollo y su pujanza, le genera dinero público, le permite malgastarlo, la transforma en propietaria y en parte del accionariado del IBEX, posibilita que sus jefes tengan casa con jardín y justifiquen, por esta causa, que sean más conscientes de las diferencias de clase existentes en la sociedad. Pablo Iglesias se ha convertido en el paradigma de estos peculiares personajes hiperbólicos creados por la derecha, porque a veces el sueño de la razón produce monstruos. Él mismo lo reconoce. Soy rico, luego pienso; soy rico, luego comprendo que otros sean pobres; es más, soy rico, luego necesito que otros sean pobres para darme cuenta de que soy rico. Pablo Iglesias, con la boutade emitida desde su escaño, ha pergeñado la justificación suprema del capitalismo. Luego ha intentado compensarlo pidiendo perdón a los niños, a ver si en su inocencia creían en la suya. La izquierda lleva una semana manipulando a los mayores, procurando explicar inútilmente a los niños porque sus padres no los llevan al parque. Y, entremedias, manipula a las fuerzas de seguridad del Estado, haciéndolas cómplices de sus maquinaciones, para “minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del gobierno”. Cualquier explicación sobre el entrecomillado resulta igualmente inútil. Al cabo, solo los niños, los borrachos y los generales de la Guardia Civil dicen la verdad. Esperemos, por tanto, que abran pronto las tabernas. Porque no sé si es consciente, no sé si será consciente la izquierda del pandemónium político que provoca…

No, no son conscientes. Les da igual serlo. Viven en una contradicción permanente, que se excusa per se en la propia dialéctica de su filosofía. Viven en la mentira ritual de una supuesta superioridad moral proporcionada por una religión sin Dios, pero con diablo. Por eso son tan peligrosos, por eso se atreven con todo, por eso dicen asaltar los cielos mientras despojan la tierra de libertades. Porque  son los de siempre, no se olvide. Son lo que amontonaron millones y millones de muertos con sus revoluciones, con sus gulags, con sus hambrunas… Son una pademia en sí misma, la peor de las imaginables. Son la utopía falsa, como toda utopía, pero realizable en sentido negativo y grata solo a una mentalidad criminal. Son la insistente distopía totalitaria, donde solo puede repartirse a la postre miseria, delación, muerte y dictadura.

No nos asombre, pues, lo que hacen ni lo que pretenden hacer. No nos asombre que no tomaran medidas, cuando debieron, por abyectos compromisos ideológicos. No nos asombre, por tanto, que manipulen encuestas, que acallen a los medios de comunicación que no les sean afectos, que oculten a los muertos del coronavirus, que distribuyan tests y mascarillas de saldo o que ni siquiera distribuyan ese material imprescindible, que les importe un comino la economía, que minimicen los contagios, que todo lo fíen a la semana que viene, que desprecien a los que se juegan la vida por todos descuidando su protección y que acogoten a los ciudadanos con una alarma asimilada realmente a un inocuo estado de excepción. No nos asombre, en fin, que el que llamaban el mejor sistema sanitario del mundo, se haya convertido, en poco más de un mes, por obra de un gobierno de comunistas, buscavidas y tontos útiles, en una de las mayores imposturas del planeta.

En un país donde hay oficialmente más multas que contagios, podemos plantearnos que es más peligroso, si la enfermedad o la política. La enfermedad sigue su curso, como las verrugas. Y, como las verrugas, cumplirá su ciclo y desaparecerá. Las consecuencias políticas tienen peor diagnóstico. Las económicas serán atroces. Y las políticas irán parejas o no en según qué circunstancias. Si hay elecciones -debería haberlas en otoño- y pierde el gobierno, las cosas irán mal, pero con una ligera esperanza de ir a mejor. Si no hay elecciones o gana el gobierno, todo irá irremisiblemente a peor. Porque el gobierno quiere destruir nuestro régimen de libertades y consecuentemente a la nación que lo mantiene. No nos engañemos, la izquierda está utilizando la pandemia para provocar el colapso constitucional. Ningún otro motivo tiene la Sexta para fijarse tan detenidamente en el pulsómetro de Rajoy, en los niños y en la Guardia Civil. No necesitamos un pacto con este Gobierno, necesitamos un pacto de Estado, encabezado por el Rey, con previas elecciones generales. Para que sea el pueblo español, con conocimiento de causa actual, quien elija a sus interlocutores.

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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