Aislados en el paraíso

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Representa justamente el contrario al que emiten nuestras televisiones subvencionadas, que hablan por boca de ganso, inasequibles a la dignidad, al raciocinio y tan solo a la ironía

La verdad es que hemos vivido una cuaresma ejemplar. Nadie podrá decir que no estamos recogidos. Hay que mirar el lado positivo de las cosas, que suele ser también su lado humorístico. Always look on the bright side of life, que decían los crucificados de la Vida de Brian. Aquella inolvidable comedia, a veces gruesa, siempre inteligente, que parecía parodiar la vida de Cristo cuando en realidad satirizaba el mundo actual, sigue estando ahora tan vigente como lo estuvo en los ochenta. Ni entonces molestó a los cristianos ni les molesta en el momento presente, ni siquiera a los cofrades. Esta película solo molesta a los rojos, porque los pone en evidencia. No hay más que recordar los sutiles diálogos de los miembros del Frente Popular de Judea para ver reflejados a los ministros de Podemos y a sus colegas socialistas, cocidos al dente comunista para la ocasión.

Según dicen, su proyección ha sido el programa más visto de la 2 en una década. Estaría de Dios que así sucediese. La hemos visto muchas veces, pero su mensaje no es rutinario; representa justamente el contrario al que emiten nuestras televisiones subvencionadas, que hablan por boca de ganso, inasequibles a la dignidad, al raciocinio y tan solo a la ironía.

No nos impresiona la muerte, nos impresionan las estadísticas. Son los medios de comunicación quienes nos espantan y finalmente nos aburren con su letanía macabra, reiterativa e inocua. Y, sin embargo, curiosamente, los que no se mueren acaban curándose. Es una ley de la naturaleza. La vida se abre camino. Y es esta la única esperanza genuina que nos ofrecen sus monótonas noticias, como si fuera aportación propia de los gobernantes, tal vez porque la mediocridad y la negligencia, cuando no la iniquidad, de unos y el pesebrismo de otros no den para más.

Reconozco que soy un afortunado. Hace años que vine a vivir a Trassierra y habito en mitad del bosque, acogido a la montaña, donde el tiempo pasa de otro modo, se percibe distinto, como si te viniera de la tierra y no te llevara a ella. Por eso el tiempo en el campo te consuela, mientras en la ciudad te acongoja. El coronavirus o el Covid-19, que dicho así suena a feria de muestras o a evento deportivo, es de hecho una maldición urbana, una plaga cuya verdadera fuerza reside en el exceso de información, no en su mortalidad cierta. Un diez por ciento de muertes, que incide sobre todo en una población que está a punto de morirse, teniendo en cuenta que todos estamos a punto de morirnos en según qué circunstancia, no es un peligro importante para la conservación de la especie. Es una excusa para arruinarnos, siquiera momentáneamente, y para hacernos más dóciles, más gregarios, y acaso para hacernos peores, mediante la delación y el estigma de los marginales.

Estoy sentado en el porche de una pequeña casa que se diría del viejo oeste. Alguien, en la administración, la calificaría de segunda vivienda, pero yo llegué aquí, como un pionero, antes de que la modernidad o el esnobismo limitasen caprichosamente nuestro derecho a disfrutar en libertad de nuestras propiedades. Aquí, pues, me siento libre y felizmente aislado de los buitres colectivistas, y soy capaz de aguantar todas las prórrogas de confinamiento que el insufrible Sánchez nos endilgue, y de superar todos sus farragosos discursos que anuncian un totalitarismo inane.

Aquí estamos, mi familia y yo, en la mañana del Domingo de Ramos, enchaquetados y estrenando de nuevo los votos de siempre; oyendo, con el concurso de la Trece, una misa que hemos elegido de campaña, a la intemperie, conscientes de haber vivido la mejor cuaresma de nuestras vidas y dispuestos a afrontar la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo con la fe y la esperanza inquebrantables. Cuando estas líneas amanezcan sonarán las marchas de Semana Santa entre los árboles, esos que forman el primer templo que se eleva a Dios. Escuchando Amargura, que es la marcha por antonomasia que sintetiza la sublime y heroica belleza de los días mayores que nos separan de la Pascua, renovaremos nuestra confianza en los hombres que siguen los pasos de sus Titulares en pos de la Cruz de Guía. Porque todo está en la cruz, todo está en morir en ella. Así lo proclamaba Tomás de Kempis, así lo proclamamos nosotros, aislados en el paraíso, sin miedo a los virus ni a los políticos, y en el ejercicio pleno de nuestro irrenunciable libre albedrío.

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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