La vela rosa


Tercer domingo de Adviento. La tercera vela de la corona. La vela rosa. Gaudete in Domino. Nos alegramos en el Señor. De hecho, este fin de semana es el de las grandes comidas compartidas con amigos y compañeros. La vela rosa no es solo un símbolo, representa una alegría real, aunque momentánea, aunque se encienda ya en hora de resaca. La alegría suele sorprendernos en la víspera de la fiesta, porque la felicidad posible solo pueda ser acaso, en este valle de lágrimas, la víspera de la de la felicidad. El color del Adviento es el morado. Como en la Cuaresma, significa espera y penitencia ante la inminente redención. El Niño nace y el Hombre muere, siendo Dios en ambos casos. Pero el morado deviene en rosa al mezclarse con el blanco, con la inocencia de la infancia impaciente, a la que hay que mostrar la cercanía del milagro. Todavía queda muy lejos que la vela se torne roja con la sangre de Cristo vertida por todos nosotros. Por eso estos días son exultantes y necesariamente luminosos. Porque Él es la luz del mundo y el que le sigue no andará en tinieblas. La gente, creyente o no, lo sabe, lo sabe en la entraña inopinada de un ser que no cambia, que solo fluye en el río de la vida sin dejar de ser agua. Todos los ritos desde el principio de los tiempos siguen intactos en las diferentes interpretaciones religiosas o filosóficas. Más allá de las ideologías, los símbolos tienen un valor esencial y existencial. La luz es esencial para la vida. La corona de Adviento es la luz que va encendiéndose poco a poco en nuestro ánimo hasta el encendido total, sea en el sol invicto o en la luz de Cristo.

Plumas, plumillas y plumíferos han escrito sobre el tema universal en reducción cordobesa y aplicado a la iluminación de la calle Cruz Conde, que algunos nostálgicos aún llaman Foro Romano. Hay quienes lo han hecho con sorna o con abierta antipatía. Unos lo han expresado con el clásico argumento del ahorro energético o de la contención del consumismo. Y otros porque son así de tontorrones y consideran que lo comercial nunca es intelectual. Los políticos propiamente dichos, en cambio, están siendo discretos al respecto. Ni siquiera los que pueden ponerse la medalla lo están haciendo con ostentación. A los comunistas además se les nota alicaídos. Pedro está en sus cosas, probablemente buscando una salida personal, como oteando alguna luz al final del túnel. Y los socialistas están obligadamente callados o más bien silbando y mirando a los magnolios. ¡Qué otra cosa pueden hacer si el entusiasta alcalde de Vigo ha hecho de la parafernalia lumínica navideña la seña de identidad de su ciudad! Lo cierto es que Ximénez se pasea por la geografía mundial e hispana como la única y verdadera estrella capaz de guiarnos en este nuevo y tortuoso Adviento acechado por las tenebrosas criaturas del cambio climático. La Hecathumberg no tiene luz en sus ojos tristes, perdidos en una aurora boreal manipulada por sus padres y por sus falsos amigos. Sus ojos son la manifestación más evidente de la distopía prometida por una izquierda fracasada.

No obstante, muchas ciudades brillan a pesar de los muermos pseudo científicos y de los tontos pseudo moralistas. Córdoba, entre ellas. A su nivel, naturalmente. Pero todo es empezar. Ya lo hizo años atrás, con otro gobierno del PP, cuando las bombillas blancas llenaron los árboles de Ronda de los Tejares, de la mano del Corte Inglés y a instancia del alcalde Merino y de aquel concejal excepcional a pie de obra que fue Rafael Rivas, merecidamente recordado en nuestro callejero. Fue la primera vez que intuimos que otra Córdoba más brillante era posible. Luego vinieron de nuevo edades oscuras, comunistas y socialistas vistieron con su poquedad las calles de la ciudad. La mayoría absoluta de Nieto representó una esperanza demasiado grande, que tal vez por ello resultó fallida, aunque al menos alumbrara a Bellido como sucesor. Ahora lo tenemos de alcalde y aún es pronto para saber si se cumplirán las expectativas. Pero ha iluminado Cruz Conde en su primera Navidad y quien ilumina el corazón de una ciudad despierta siquiera un motivo para su esperanza. Lo reconocen las gentes que allí se reúnen en manifestación voluntaria, sensata y alegre.

Yo me siento doblemente alegre. Porque he formado en esa manifestación y porque me acabo de jubilar. Nada es perfecto. Ni el día de la jubilación. Ni la Navidad es perfecta. Pero gracias a Ximénez, a algunos políticos y a la sociedad occidental podemos seguir disfrutando de ellas dentro de nuestras limitaciones.

En cualquier caso, estos días han de ser melancólicos, porque recordamos una infancia que ya pasó y a la que nos cuesta una fatiga infinita volver, sabiendo, sin embargo, que es la única beneficiaria auténtica del nacimiento del Niño Dios. Y yo enciendo la vela rosa en su honor.

Artículo anteriorLigar en Córdoba
Artículo siguienteConvivencia, fraternidad y migas en el Beato Álvaro
Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here