Empresarios y mujeres


Córdoba es una ciudad maravillosa, pero los cordobeses no somos unos ciudadanos especialmente brillantes, al menos desde Cruz Conde y Fray Albino. Nos lo recuerdan los empresarios locales, en su estilo chapucero habitual, mediante un supuesto documento que no aparece en la página web de la CECO y tampoco puede descargarse de los medios de comunicación que lo mencionan. Para este viaje sobrarían alforjas, que diría Casado. Lo mismo ni siquiera existe el documento y lo han comentado aleatoriamente, improvisando los argumentos comunes sobre la marcha, para aprovechar la rueda de prensa y la reunión que anuncian con las administraciones, que resultará tan descafeinada como de costumbre: un saludo, un te llamo y un nos vemos en Fitur. Total, se trata de hacer hincapié en la decena de endemias conocidas, sin ofrecer a cambio más que unos renovados brindis desalentados al sol: el palacio de congresos que se queda chico y hay que habilitarle la sala de la filmoteca para acoger a congresistas de medio pelo; el centro de ferias, que es la joya de un parque cada vez más fantasmagórico; la competencia desleal de los guías turísticos que viven de propinas, como si la propina al cabo no fuera tan honrada como la limosna; los órganos de gestión al dente, como si no sobraran todos, puesto que todos han fracasado; el río y las especies que lo habitan, nido de ratas que debía ser curso de barcas; la noche que no basta porque los empresarios cierran demasiado pronto; los escasos museos y los contenedores culturales vacíos o llenos de basura; las licencias demoradas y los emprendedores cabreados. Ni una palabra, sin embargo, de la Plaza de Toros de Miraflores, del Palacio de Congresos de la Merced, del aparcamiento de La Corredera, del desperdicio indecente de la antigua Facultad de Veterinaria y de tantos otros edificios emblemáticos de la ciudad. Parece mentira que de algunas de estas cosas llevemos hablando tantos años y todo siga prácticamente igual. Tal es, sin embargo, el modo peculiar que aquí tenemos de hacer autocrítica.

¿Acaso el equipo de gobierno del ayuntamiento de hoy es capaz de despojarse de la inercia inútil de los pasados? ¿Acaso no  les hace seguidismo en casi todo? ¿Qué hacía, si no, celebrando los sofismas de género con la izquierda del pensamiento único?

La violencia machista es un artificio, una adjetivación que necesariamente relativiza el concepto, una sublimación incluso de un hecho cultural objetivo. En los animales superiores el macho suele ser más fuerte que la hembra y tiende a ejercer su poder con naturalidad. Pretender lo contrario es, como poco, estéril y nada ecológico. Hasta cierto punto. Hasta el punto en que se lo permite la hembra, que en nuestro caso tiene armas de mujer. La civilización humana consiste en facilitar estas armas, que son básicamente las que proporciona la cortesía, o sea, la educación. La planificación sexual de la naturaleza es muy sencilla: el hombre entra y la mujer recibe. La civilización aporta el hecho de que el hombre para entrar haya de ser invitado. Este es un código que respetan incluso los vampiros. Pero no los zombis. El vampiro ha sido educado y el zombi no. El problema de nuestro tiempo es que no se educa en el libre albedrío a la juventud, solo se la reduce a los campos de concentración de los botellódromos. No hacemos ni siquiera vampiros de nuestros jóvenes, hacemos zombis, que lo mismo se emborrachan hasta el delirium tremens, que se idiotizan ante el móvil, que queman las calles o que abusan en manada de quien encuentran a su paso. Y cualquiera le dice a un zombi no es no. Hay, por tanto, que volver a los usos antiguos, al respeto esencial a la mujer por ser mujer y madre y distinta al hombre, a la defensa caballeresca del débil, a la repulsa universal del abuso de poder y del desprecio de sexo, que vino siendo una medida de discriminación positiva eficaz en beneficio de la mujer desde 1822, hasta que el feminismo impostado y la tontuna socialista la consideraron ofensiva para aquella por poner en entredicho su igualdad con el hombre. ¡Cuánto daño ha hecho la igualdad! ¡Cuánto bien hace la complementariedad!

Si las plataformas feministas tuvieran un mínimo de decencia y de decoro intelectual, en lugar de arrobarse ante el fácil icono fálico de la violencia machista, deberían condenar a esas televisiones que las exponen juntas, como en un paredón, a la conmiseración pública y a la sonrisa condescendiente. Vergüenza deberían sentir ante el denigrante debate de mujeres que urdió la Sexta. Tanta progresía para reunirlas a la postre en un pelotón de gregarias.

Pero hay una cordobesa que no está entre ellas, que tiene suficiente personalidad, formación y principios para no pervertir la realidad. Sinceramente, en la actualidad no veo más cabeza despierta sobre los hombros consistoriales que la de Paula Badanelli. Ha mejorado sustancialmente las ordenanzas municipales y se ha opuesto a mantener la pose de guardarropía del feminismo militante. Es nuestra Juan de Arco particular. Con ella los hombres pueden recuperar el respeto por sí mismos, previo a cualquier otro, pueden levantarse de su postración y volver a ser beligerantes ante el totalitarismo cultural de la izquierda. Lo han hecho en Vox. Cualquier día, incluso los populares y los ciudadanos de Arrimadas lo harán. Soy optimista por naturaleza.

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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