Magnánimos Electores


Los cordobeses capitalinos, que vamos ya un poco sobrados en esto de las cofradías, acaso hayamos recibido una cura de humildad en esta magna e ¿irrepetible? Semana Santa de septiembre. Descubrir que los nazarenos de pueblo lucen más que los propios en el entorno único de la Catedral ha sido un saludable y feliz ejercicio de penitencia. Ciertas hermandades insignes, que dicen estar hartas de manifestaciones extraordinarias y no han querido acudir a la cita, deberían saber que la mejor catequesis la procura el ejemplo. No obstante, hasta el presidente de la Agrupación de Hermandades y Cofradías admite que hay que echar el freno y que ya es suficiente con las magnas organizadas hasta la fecha. Naturalmente, él ya tiene las suyas. El que venga detrás que arree y que se busque sus excusas. Nunca faltarán efemérides que celebrar.
Todo salió bien, gracias a Dios. La ocasión fue perfecta. Brilló el sol tras la lluvia. Se abrió la noche limpia a los cirios y a las estrellas. Y así se han mantenido los días en esta semana mayor que nunca olvidaremos.
La vi en la silla, en la televisión y finalmente expuesta bajo el gran bosque de columnas que sostiene nuestra fe. Tres experiencia sucesivas y sumadas sobre la religiosidad popular en la que necesita descansar toda teología perdurable, que se tradujo en una sola impresión y tres recuerdos imborrables. El Nazareno de la Rambla: el poder más grande sin pasar por Sevilla. La fe estricta. El Nazareno de Priego: el rostro iluminado de la esperanza. Si existe un más allá, Él lo está viendo. El Nazareno de Rute: el más humano, el que mira al pueblo y le dice ¡sígueme!. El que por amor no deja a nadie atrás.
Fe, esperanza y caridad. Y mientras en Córdoba nos solazamos, tal vez en demasía, con las virtudes teologales, manifestaciones del espíritu que tan hermosamente logramos representar a veces en la materia, en el resto de España no tienen otro divertimento que las elecciones reiteradas. Extraño juego, mucho más vano y fingidor, en el que la gente hace como que se sorprende por la aparente inepcia de Sánchez para ser investido, o hace como que mira a otro lado para no ver que el presidente del gobierno en funciones no quería otra cosa más que convocar elecciones, o hace como que se indigna porque esas elecciones cuestan dinero y fastidian un domingo, o se hace la tonta para no reconocer que las elecciones son la esencia de la democracia y siempre deben ser bienvenidas, aunque se repitan y se pierdan.
España va convirtiéndose en un magnódromo electoral, en tanto nosotros, en Córdoba, estamos siguiendo a Cristo, con la cruz a cuestas, que es la forma de seguirlo decentemente. De pronto nos hemos encontrado con multitud de nazarenos, que no son iguales, que son diferentes entre sí, como los políticos, cuya devoción no llega a todos los hombres de igual modo. Y hemos elegido. Hemos tenido la oportunidad de elegir. Aunque sepamos que es la misma cruz la que va por delante.
El Nazareno es un Cristo en marcha. Un Cristo que hace camino al andar. En el rachear de un Nazareno esta el camino, la verdad y la vida. Cristo se echa la cruz a cuestas y marcha decidido hacia el calvario, donde espera la muerte. La muerte es la consumación necesaria de la existencia. Sin muerte no hay destino, ni resurrección, ni gloria. Sin muerte no hay fe, ni esperanza, ni amor. Y sin cruz, la muerte no ofrece merecimiento, no es buscada ni asumida. Es solo un accidente, un dislate, un hito absurdo en la lógica de la eternidad. Podríamos haberla omitido. Podríamos ser felices sin haber nacido, formando parte huera de la creación, sin carne de identidad, sin conciencia, sin libre albedrío. Pero el Padre nos quiso así cuando clavó en el centro de la eternidad la Cruz de su Hijo. Dios nos condena a la vida y nos redime con la muerte. Esta es la enseñanza sublime e insuperable del cristianismo. Por eso la Semana Santa está en el centro de nuestras vidas e irradia fe con pujanza inusitada-
Pero no basta con la religión para vivir. Necesitamos de la política, que es nuestro medio pan de cada día. Y hemos de seguir también a estos nazarenos extraños, que sonríen habitualmente y que, a veces, ponen cara de circunstancias, cuando no de calvario, y que indefectiblemente temen más a Judas que a Dios. El otro eje que mueve del mundo está en las elecciones. Sin elecciones no somos nadie. Las elecciones son nuestra otra Pasión. Nuestra identidad ciudadana se substancia en las elecciones. Votar es como andar, como penitenciar. Votar aunque no nos guste lo que votamos, votar aunque creamos que no sirve para nada. Pero aún así votar, casi sin fe, casi sin esperanza, para que la banalización suprema del tiempo perdido, que es la política, tenga siquiera un precario sentido existencial.

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Nacido en Linares, en la misma habitación donde murió Manolete. Cordobesía obliga. Licenciado en Historia, empleado público, rentista vocacional, cofrade nada ejemplar y experto en peroles. Aficionado a opinar. He sido colaborador de ABC de Córdoba, de la Cope y de los extintos periódicos locales Nuevo Diario y La Información. Soy liberal de toda la vida, por lo que me llaman fascista con cierta frecuencia. Estoy casado, tengo tres hijos, dos perros y un gato. He escrito un libro y he plantado varios árboles. Vivo en una parcela clandestina. Hay otra forma de vivir, pero no es tan divertida ni tan cordobesa.

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