Las calles

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Cuando era chico, mi abuelo Rafael me llevaba a conocer calles. Quería que, de mayor, supiera andar por la ciudad en la que vivo. Solíamos ir los sábados por la mañana, con la fresquita. Me resultaban, aquellas excursiones, tan emocionantes como si me hubiera llevado a conocer la selva amazónica o el Polo Sur. Recuerdo el empedrado irregular de la Judería, del barrio de San Andrés, San Agustín, San Lorenzo… Recuerdo el sonido de los pasos resonando en las paredes mal encaladas y en las tejas de las cornisas. Pequeñas callejas que siempre guardaban alguna sorpresa o albergaban tal o cual historia misteriosa, histórica o truculenta, real o inventada por mi abuelo para amenizarme el viaje. Aquellas calles solas, estoicas, inmunes al paso de los siglos. A veces tristes, a veces reconfortantes.

Hoy, cuatro décadas después, ya no está mi abuelo, pero ahí siguen las mismas calles con sus piedras. Con su tristeza y su soledad. Soportando el paso de los años. Viendo pasar las guerras, las crisis, las epidemias. Contemplando tristes como nos autodestruimos, y como se ríen  desde arriba los de siempre. La pena de no ser ya sombra de lo que fuimos, de llevar el virus dentro, de sufrir y apretar los dientes y de arrimar otra vez el hombro sin preguntar y sin quejarnos.

Soledad sobre todo. La soledad del pueblo manipulado y abandonado a su suerte miserable, escondido en los portales y en los recodos. Asustado y sombrío frente a los sátrapas de la clase política. Bobos, trepas, necios, ladrones, corruptos, desalmados, aprovechados o simples papanatas a los que el cargo les viene tres tallas grande. Diciendo que sí frente al aparato de televisión mientras el lamebotas de turno loa las grandezas de nuestro Gran Timonel.

Las calles ya no sufren porque ya lo han visto demasiadas veces, y solo esperan un nuevo golpe. Esperan el sonido atronador. Ese sonido que, una vez se apaga, sigue vibrando en las paredes desconchadas.

Ahora no puedo andarlas pero lo prefiero así porque hacerlo porque me resultaría demasiado doloroso.

Quieran a la gente de su alrededor y les irá mejor. Besos.

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