Los horrores de la guerra (I)


Hoy quiero escribirles sobre mi abuelo Rafael, el padre de mi madre. Mi abuelo era un niño muy aplicado en el colegio. Le gustaba leer, jugar al fútbol (lo cual se le daba muy bien) y dibujar. Quería ser delineante. Hasta aquí, ni más ni menos de lo normal para un escolar español de principios de los años treinta. Pero, hete aquí, que le cruzó la guerra. Bueno, se les cruzó a todos, no a él solo. En realidad se nos cruzó a todos nosotros, porque las heridas derivadas de aquella barbarie, las llevamos aún los españoles grabadas en la piel como con un hierro de marcar reses.

Córdoba cayó, desde los primeros compases de aquel lío monumental, en zona nacional. Mala suerte para mi bisabuelo Mariano, el padre de Rafael, que se había señalado por sus ideas políticas, más bien del otro bando. Así que, un día, al caer la tarde, sonaron unos culatazos tremendos en el portón de la casa de vecinos donde vivían. Eran los falangistas del “coche de la muerte” que preguntaban por Mariano Mesa. Pero Mariano no estaba. Quizá se paró aquel día en la taberna (no lo sé) el caso es que ese giro del destino le libró del correspondiente paseo “para hacer unas diligencias”.

No estaba Mariano, pero no podían hacer el viaje en balde. Quien sí que estaba sentado en aquel patio comiéndose un tomate con sal, aún con el mono de la fábrica, era otro vecino, que les resultó bueno a los del coche para justificarse ante sus superiores. Pues nada, que se lo llevaron entre el llanto de las vecinas con la promesa de devolverlo a las pocas horas. Pero no hubo devolución. Apareció muerto de madrugada junto a la tapia del cementerio de San Rafael, como tantos otros.

Mi bisabuela, presa del pánico, decidió presentarse con su hijo en el Cuartel de Automovilismo para alistarlo en el bando nacional como única manera de congraciarse con los oficiales falangistas y redimir así la culpa de su padre.

Y así empezó la historia de Rafalito, el joven soldado, que ya nunca sería delineante. Años después, ya acabada la guerra y tras varios años más en el Sáhara español persiguiendo a una bandera sublevada de la Legión, se licenció y volvió a casa. Tantos meses y años de terror y de separación de su hijo, hicieron mella en aquella su madre, que ya nunca fue la misma.

Siendo ya muy mayor, mi abuelo recibió una comunicación del Ejército por la que le nombraban capitán honorario como una especie de resarcimiento por tanto dolor padecido. Evidentemente, no resarció nada.

No vean ustedes ningún tipo de subjetividad o inclinación por mi parte en este asunto. La familia de mi abuelo sufrió el terror azul, pero otro día les escribiré también sobre el terror rojo y las vicisitudes que pasó mi abuela paterna, Francisca, en este caso en una aldea de Beas de Segura, en la provincia de Jaén.

La guerra es simplemente eso, terror.

Siguiendo mi costumbre, voy a dedicar este pequeño artículo. En este caso va dirigido a tantos mentecatos que usan el guerracivilismo como única ideología, cegados por el odio, y sin pararse a pensar que están jugando con cosas que no tienen repuesto, como dice la canción de Serrat.

Acuérdense de que en el mundo hay niños y dejen de jugar a ser Dios, porque no llegan a monaguillo.

Quieran a la gente de su alrededor y les irá mejor. Besos.

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