Los zapatos nuevos


Fueron el regalo de Reyes de mi suegro. Le toqué en suerte en El Amigo Invisible (esa curiosa moda que se ha impuesto para racionalizar en algo el consumismo navideño). La verdad es que yo no suelo usar zapatos de los buenos. De hecho, ahora en verano, lo que llevo son alpargatas (baratas y fresquitas). Otro día les contaré la historia de mi bisabuelo, zapatero, que se mudó de un pueblo a otro con la esperanza de abrir una zapatería. A lo que voy. Los zapatos eran una pasada. Muy bonitos y de cuero del bueno. Me los fui a probar y ahí vino la pega. Al metérmelos me acordé de Pepe Da Rosa y su rapsodia sobre aquella vez que le parecía que llevaba los pies metidos en dos copitas de coñac. A ver, me quedaban pequeños. Un fallo lo tiene cualquiera. Total, que le pedí a mi suegro el vale y al lunes siguiente, me fui para la tienda a desfacer el entuerto.

La tienda me encantó. Según me dijo el encargado, llevaban en el negocio desde el año mil ochocientos ochenta y tantos. Es decir, que esa zapatería ha visto Cuba, Filipinas y Puerto Rico españoles. Aún existía jurídicamente el Imperio Español cuando aquella familia se puso al asunto del calzado.

Había una variedad tremenda pero, lo mejor, es que el hombre me dijo que me podían hacer el zapato a la medida y como yo quisiera. Podía mezclar tejidos, colores, etc… Total, está feo cambiar un regalo, pero ante tal oportunidad me armé de valor y, con el apoyo de mi señora, me metí a Manolo Blahnik. Le dimos bastante vueltas y al final nos decidimos por un zapato con cordón, troquelado, en marrón y con mezcla de una gamuza azul como la de la canción.

Ya me veía yo paseando con los pantalones bien remangados para que todo el mundo se fijara en aquellas dos piezas de coleccionista. El señor se quedó en el encargo y, al cabo de cosa de un mes, me avisó de que podía pasar a recogerlos. Y allí estaba yo, como niño con zapatos nuevos. Y llegó el día del estreno. Elegí cuidadosamente la camisa, el pantalón, el cinturón, los calcetines… hasta el peinado. Era el gran día.

Y salí a la calle.

Y nada más pisar la acera noté que perdía pie. Di un resbalón que por poco me tira al suelo. Sí, amigos. Había pisado algo blando. El desastre se podía comparar a lo del noventa y ocho y la pérdida del imperio del que antes hablábamos.

Quiero dedicar este artículo al perrete, al dueño, al capataz encargado de la limpieza del barrio, al presidente de Sadeco, al Concejal de Infraestructuras y a la Excma. Sra. Alcaldesa, dado que esto sucedió antes de las elecciones municipales.

Quieran a la gente de su alrededor y les irá mejor. Besos.

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