Comer flores

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La otra noche tuve ocasión de ver uno de tantos concursos televisivos para cocineros noveles. En este caso, el punto culmen del programa consistía en la visita al restaurante de un chef de alto standing en una localidad portuaria del Levante.

El garito en cuestión estaba presidido por una foto inmensa del propio cocineroestrella. Cuando apareció en escena, los aspirantes a hostelero se deshacían en halagos y grititos. Él, maqueado cual rock-star, tuvo a bien obsequiarles (nos) con una clase magistral (perdón, una master-class). Después presentó unos platos mega-chulos, con unos nombres muy largos, que al parecer evocaban a la infancia, a la adolescencia, a la juventud y a no sé cuantas más etapas de la vida.

Igual que en Ratatouille, cuando el crítico prueba el pisto que había hecho la rata y de repente se ve a sí mismo (con el mismo careto) de chiquitito en medio de la campiña francesa, comiendo un guisado de su madre.

Y llega el final, y la bomba era un bonito cuenco lleno de flores aliñadas. Flores. No atendí a la explicación/justificación del plato en cuestión porque me quedé absorto en mis pensamientos, mirando a la tele. Flores. ¡Qué cosa más rara! Flores.

Entonces me invadió una extraña sensación de vacío. ¿Qué fue de los mesones y de las tabernas? ¿Qué fue de aquella tasquita a la orilla del Guadalquivir a la que cantaban los No Me Pises Que Llevo Chanclas? ¿Y de aquellos chiquillos fregando vasos y de la niña enharinando boquerones?

¿Y qué fue de mi personaje favorito, el baranda del bar que, a gritos desde la terraza, le decía al niño que bajara el aparato de la música, que lo iba a tirar al río, que no escuchaba a los comensales?

En definitiva, ¿qué fue del siglo XX? (091).

Yo, personalmente, como cordobés, soy partidario de esos mesoneros desagradables que, al pedir una tapa, te decían “con eso no se almuerza”. No me imagino yo un plato de flores en El Puerto, ni en El Coto, ni en San Cristóbal. Allí las únicas flores que había eran las de las macetas colgadas en las rejas de la calle.

Pues, ya les digo, estaba ensimismado mirando el famoso plato de las famosas flores, cuando yo también me retrotraje a la infancia, como el crítico. Al colegio. En concreto a la clase de segundo de BUP. Me vino a la cabeza la imponente efigie del Hermano Benito, subido en lo alto de la tarima, junto a la pizarra, mirándome fijamente y diciendo: “Bautista, ¿es usted tonto o come flores?

Quieran a la gente de su alrededor y les irá mejor. Besos.

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