El rebaño


Nos están vendiendo cada día el final de la pandemia a costa de la deseada inmunidad del rebaño

Las vacunas son el nuevo cuento de la lechera. Los pinchazos se han convertido en la panacea que nos recitan sin parar para ver si hace realidad. Somos víctimas de un exceso de deseo de inoculación y esperanza.

Una nueva patente de corso ha convertido a las farmacéuticas en dueñas de nuestro destino.  Son empresas sin alma, sin otro interés que no sea el económico. El mercado persa de los inmunógenos ha mostrado como aquel país que se presenta como mejor postor, se convierte en digno receptor de más dosis. Dinero, dinero, dinero…

Y todo esto, a pesar de las dudas. Nos saturan de información sobre las virtudes de la vacunación masiva; y para empezar no hay vacunas, y las que llegan son escasas. Y de las que llegan, en muchas ocasiones, según las interesadas estadísticas que se filtran, el ponerse una vacuna puede tener nefastas consecuencias. Es una suerte de lotería que te puede tocar, pero para mal. Para esto prefiero el “Cuponazo”.

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Nos están vendiendo cada día el final de la pandemia a costa de la deseada inmunidad del rebaño. El término nunca ha sido más acertado, aplicado a la inmunidad colectiva se ha convertido en un eufemismo de nuestra sociedad actual. Nos estamos convirtiendo en una recua cargada de ilusiones que se limita a cumplir órdenes y ver cómo nos dirigen, nos prohíben y nos limitan, cualquier libertad nos es dada, por la gracia de alguien, y ya nada es adquirido por naturaleza. Somos libres porque y cuando los políticos quieren.

Tengo desde hace tiempo la sensación vivir en una especie de Fraggle Rock, aquella mítica serie de Henson, en las que los personajes tenían sus problemas, cuitas y miedos, e intentaban ser felices dentro de un mundo paralelo, cuya realidad contrastaba con la de un excéntrico inventor y su perro, esto no va con segundas. Las azarosas vidas de los fraggles discurren a pesar de lo que Doc y Sprocket, “las estúpidas criaturas”, puedan hacer o no… He aquí nuestros políticos.

En fin, hemos dejado de ser ciudadanos, para transformarnos en porcentajes. Cada día nos despertamos siendo tasas de incidencia, tantos por ciento de vacunación o cantidades perimetradas. Nos estamos olvidando de ser personas. Ya no hay nombres, hay números.