Vivimos en una auténtica distopía del presente que deseábamos


Los papeles andan cambiados desde primera hora de la mañana. Somos producto de lo que quieren que seamos, y la personalidad se nos va por el sumidero día tras día.

El horizonte es una vacuna vestida de esperanza y una canción de pan y circo que sólo nos deja descansar cuando la mente despierta. No es este un país para viejos, como rezaba el título de la película, pues los ancianos se han convertido muchas veces en carga para sus hijos, y los internan en residencias victimas del futuro que ellos les ofrecieron. Se ha convertido, además, en cuestión de vida y muerte por una eutanasia que se ofrece como lamentable solución en algunos países -y pronto en el nuestro- presentándose como verdugo de una ilógica decisión. Estamos enfermos de comodidad.

Las mujeres deben ser respetadas a base de leyes. La legislación ha sustituido al respeto innato y mutuo, y se confunde entrega con sometimiento; pero no es una ley la que debe mostrar el camino sino la educación, la formación, la fe… nadie debe indicar cómo se ha de mirar al prójimo, porque ahora hayan decido que es de recibo juzgar a las personas por su sexo. No es cuestión de carnet sino de condición.

Tenemos miedo al fracaso, y preferimos hacernos virales antes que mirar a nuestro interior. El espejo se ha convertido en un enemigo que lleva nombres y apellidos, y al que hemos sustituido por terminales que nos arreglan la vida. Soy amigo de gente que no conozco y no soy capaz de hablar con mi vecino; cuelgo mi vida en instantes, pero soy reacio a una confesión. Vendo mi alma a seguidores y me esclavizan los “me gusta”. Tenemos la vida en un póster de fantasías.

Hemos dejado a Dios relegado en el sagrario, al que ni siquiera nos acercamos, se ha convertido en complemento del domingo y causa ajena el resto de la semana. El culto va a tirones y señalado en un cómodo calendario. La fe doméstica se va ciñendo a santorales y días feriados, acomodando el evangelio a nuestras circunstancias. Cada vez más, nos hemos convertido en creyentes de golpe en pecho y absolución maniquea.

Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre”. Juan 2:23-25:

No importa el ayer, no importa el mañana… este presente nos supera y nos hace más visibles ante los demás e invisibles ante los que nos quieren, sin embargo…

sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos”.

El principito. Antoine de Saint-Exupéry.

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