A las seis de la tarde


A las seis de la tarde.
Eran las seis en punto de la tarde.
Un muchacho cierra la blanca persiana
a las seis de la tarde.
Una fría cadena de acero ya preparada
a las seis de la tarde.
Lo demás era cierre, y sólo cierre
a las seis de la tarde.

Lorca en su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías repite estrofa tras estrofa “a las cinco de la tarde” para llorar el fallecimiento del diestro. Sin embargo, aquí se estamos asistiendo a la lenta muerte del comercio a las seis de la tarde, agonía de establecimientos sin aguardo.

La tristeza de las calles apagadas a las seis de la tarde es el reflejo de la desesperación de los que dejan sus ilusiones tras un mostrador no esencial. Caminantes erráticos discurren por calles solitarias en las que se cruzan paseantes de mascotas y viandantes que vuelven a casa con más prisa de lo habitual.

La extinta luz deja ciegos los ojos de cristal y neón llenos de muestrarios, son largas tinieblas de retiro y duda, hay penumbra en los corazones ocultos tras los balcones, faros de luz en cualquier tienda abierta se convierten en oasis de esperanza, que se niega a claudicar. Son largas tardes de inseguridad, prisioneros de la situación y reos de la calma.

Cae la noche, el bullicio de terrazas ha sido apagado por un frenesí sonoro de retornos, ha quedado oculto tras una temprana cortina de desengaño. El reloj se ha vuelto nuestro enemigo en lo cotidiano, tapabocas como primordial prenda hace que los rostros se vuelvan inexpresivos y la prisa se ha aliado con la desconfianza, otrora inexistente, que hace que ya “no mires a los ojos de la gente”

“No mires a los ojos de la gente
Me dan miedo, siempre mienten
No salgas a la calle cuando hay gente
¿Si no vuelves? ¿Y si te pierdes?
¿Y si te pierdes?”

                     Golpes Bajos

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