Todos para adentro


Estamos abocados a ser encerrados. Esto huele a confinamiento, y nos lo merecemos.

Cuando este verano su ilustrísima Pedro Sánchez nos dijo que  ya podíamos salir, entonando un publicitado “salimos más fuertes” y que ya habíamos vencido, fue como si abriera los toriles para algunos. Un descontrolado gentío se echó a la calle como si no hubiera un mañana, tratando de recuperar cada instante de independencia perdida.

Recuerdo con horror cómo en un día de agosto durante una comida entre amigos, en la cual se guardó distancia, nos separaron las mesas porque éramos demasiados, y se prolongó en un garito playero colindante. Allí debido a los efluvios etílicos las mascarillas habían caído como el velo de Sherezade, el personal estaba sin tapabocas alguno, fumando y abrazados mientras cantaban la canción de turno. Sudores y el humo de los cigarros se mezclaba como cóctel letal.  Me fui… y me alegro.

Tras las vacaciones, que algunos no tuvieron, los jóvenes se encontraron en sus puntos habituales y los contactos sociales se multiplicaron, los besos y cariños de la chiquillería era un constante en cada reunión, inconscientes por la edad, hacían que el virus circulara a sus anchas, entraba en casa y, en silencio, se instalaba para quedarse.

La vuelta al colegio ha sido anormal pues si bien se sectorizan recreos, se desinfectan clases y los alumnos tiene en su cotidianeidad el gel hidroalcohólico, no dejan, por la edad, cada mañana, de recibirse entre abrazos y apretujones como si del regreso del guerrero se tratara. Es decir, de puertas adentro se hacen protocolos y de puertas hacia afuera se pierde el miedo.

Pero no es sólo culpa de los más jóvenes: adultos hacen cola cada fin de semana para acceder a los sitios de moda, la distancia marcada por un papel de fumar, y no pasa nada. Al menos, eso creen.

La relajación es producto del instinto de libertad que los humanos tenemos, y ante el temor de una próxima restricción de movimiento aprovechan cualquier resquicio para apurar sus últimas oportunidades. Sin embargo, lejos de conseguir esa liberación, lo que están consiguiendo es llevarnos camino del aislamiento.

Pues nada, sigamos así. El sacrificio no es sólo cosa de Abraham, es la única manera en que podemos, en este caso, ofrecernos a los demás. Ya no se trata de empatía sino de generosidad. Ahora más que nunca debemos derrochar grandeza y ser altruistas, pero de corazón.

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