Octubre florido y hermoso


patios navidad
Patio de Pozanco, 6. / Foto: JP

 

 

Los patios han devuelto en este otoño la alegría que desde marzo se nos había negado.

Hay que reconocer que la cantidad de visitas que nuestros barrios han recibido en este puente, han dado un toque colorista y animoso a unas calles que se arrastraban entre el pesar y el miedo. Pesar por lo que pudo ser y no fue, y miedo a lo que viene.

La organizada marabunta de visitantes ha aportado una añorada alegría a las calles de nuestra ciudad. Esta maldición que nos ha tocado vivir nos privó de la Semana Santa, Cruces, Patios, la Feria, la Fuensanta… Y es que Córdoba hay que vivirla. Nos quejamos del bullicio del mes de mayo, pero luego cuando el silencio es el que se impone en el ambiente parece que los oídos nos retumban por la falta de sonido.

Este mes de octubre, diferente, nos ha traído la luz de primavera que se había ocultado tras las mascarillas. Los geranios y gitanillas, que se saben queridos, han guardado su floración, mientras, el otoño se resiste a embestirlas con su dureza para que luzcan con más esplendor que nunca. Cada patio es reclamo y es belleza, es color y es esmero. Cada maceta es un bocado de sentimiento para sus cuidadores, y el encalar, el blanco enlucimiento.

Las noches, más frescas que en mayo, son el preludio de mañanas intensas y vivas cargadas de emociones, son tiempos de cubrirse, pero ante tal ejemplo de cuidados y mimos, cada observador de la moteada pared, como si de lunares en blanca lona se tratara, deja escapar entre murmullos de admiración sesgados por una aséptica tela.

Me crie entre patios, y las vivencias de la época dorada de aquellas entrañables, a la vez que humildes, viviendas no disponían nada más que de dos o tres habitaciones y que compartían, a veces, con los vecinos la cocina y un minúsculo aseo. Pero recuerdo mucha alegría en sus residentes compartiendo tardes y veladas, ratos de charla de vecinas al frescor de las plantas y el pozo, encalados de fachada y tardes de macetas que plantaban con desvelo.

El tiempo cambió, no sé si para bien o para mal, la fiesta de los Patios. Se convirtió en multitudinaria y noctámbula, años después se transformó en reclamo para el turismo… muchas veces cuando visito los patios en los que en mi niñez acudía, aún puedo ver a los pioneros que nos ilusionaron con la belleza de las plantas y con el cuidado del entorno. Muchos ya no están. Seguro que ven con orgullo, mientras riegan un trocito de cielo, cómo lo que ellos comenzaron como un quehacer diario se ha convertido en el banderín de enganche de su ciudad.

Y es que como se suele decir: “Un hombre nunca es tan grande como cuando se agacha para cuidar una flor o una planta”

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