No quiero contar más


Al comienzo del confinamiento todo parecía un extraño sueño, efímero, que a la mañana siguiente no te afecta y se olvida… nada más lejos de la realidad.

Comencé el retiro forzado como un juego, buscando no perderme en esta insólita ficción, no separarme de una vida que se iba difuminando atacada por un pertinaz bicho que aunque imperceptible marcaba hábitos en cada casa. Y en cada insignificante hecho parecía que intentaba evadirme por un resquicio de pasado que ahora me estaba siendo arrebatado. 

Herméticas caminatas en el pasillo.

Durante varios días escribí un diario de confinamiento intentando llevar un poco de humor a lo cotidiano pero que no era sino una pantalla del malestar por sentirme preso en mi propia casa, barrotes de geranios que sólo me permitían ver palomas como transeúntes de una plaza que veía crecer la hierba liberada de la presión de paseantes.

Aplausos, música en los balcones… un día me percaté de que estaba haciendo un extraño sudoku matemático en el que las cifras no tenían nombre ni alma, eran números de una funesta contabilidad, me di cuenta de que no estábamos haciendo un lúgubre cómputo sino que hablábamos de personas, de vidas.

Aplausos, música en los balcones para unos sanitarios que se iban dejando la vida luchando contra un extraño dragón sin armadura que los protegiera, héroes de bata, y bisturí por espada. Sudores sin fuego de bestia e indefensión de gladiadores arrojados a la arena con un escudo de celofán. 

Aplausos, música en los balcones aparecían en paniaguados medios que intentaban, con diarias imágenes de médicos y pacientes bailando, ocultarnos lo que estábamos sufriendo y se afanaban en enseñarnos como esta aciaga crisis está pasando. Felicidad impuesta como el de un “no cumpleaños” fantaseado por Lewis Carroll y que hace que trescientos sesenta y cuatro días al año tengamos algo que celebrar. Corea del Norte es el país donde los ciudadanos se sienten más felices, pero es que no tienen más remedio que serlo porque no conocen otra cosa, no tienen otra opción. El estado, garante de sus necesidades, les dirige la vida y prima la colectividad sobre la persona, el individuo y el inexistente núcleo familiar. Y ahí vamos.

Aplausos, música en los balcones mientras intentan auscultar nuestro vulnerable confort, y con la excusa de las “fake news” van a “revisar” medios y redes sociales. Nos vemos cada vez más inmersos como personajes eventuales en un capítulo del 1984, de George Orwell, donde el Gran Hermano lo controla todo y sólo se sabe lo que él quiere que se sepa, sin dudas, cuitas ni preguntas. Como aparece en la fachada del Ministerio de la verdad: “La Libertad es Esclavitud. O sea, nosotros, los esclavos, nos sentiremos libres porque no conoceremos otra cosa, así pues, “nuestra esclavitud es nuestra libertad”. Las empresas contratadas, afines al poder, borran entradas en facebook o las eliminan en twitter e instragram, ellos deciden lo que es fake o bulo, lo que debe estar o no, “newtrales”de faltriquera que ya están aquí. 

George Scruton, político conservador inglés recientemente fallecido, decía en un artículo escrito el 20 de julio de 2019 para el diario The Telegraph: “Estamos, me parece, entrando en un reino de oscuridad cultural, en el que el argumento racional y el respeto por el oponente están desapareciendo del discurso público, y en el que cada vez más, en cada tema que importa, solo hay una visión permitida, y una licencia para perseguir a todos los herejes que no se suscriben. Esto significa, a mi modo de pensar, la muerte de nuestra cultura política y el surgimiento de una especie de religión impía en su lugar”.

Aplausos en los balcones diluidos en el malestar del tiempo, negocios cerrados, y disueltos entre los añorados abrazos con los amigos, soledad compartida en un hogar que a la vez se torna celda y torre de marfil, despreocupados de vida y controlada esperanza. Y el silencio se va apoderando de los ventanales, testigos mudos de la vuelta a la rutina. 

Música en el cielo, siguen las campanas marcando las horas, y la estadística tiene nombre. 

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Licenciado en filología hispánica. Cofrade, hermano Hermano de la Santa Faz de la Trinidad y de la Hermandad de Pasión de San Basilio. Perteneciente también a la Fraternidad del Santísimo Cristo de la Providencia. Presidente de un club rugby de veteranos. Apasionado por los medios de comunicación y las redes sociales. Cordobés por la gracia de Dios y cordobesista por parte de padre.

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