El Beato Álvaro como creador del Vía Crucis en Occidente


En el mes de Febrero tiene lugar, una de las onomásticas más destacadas, relacionada directamente con la Semana Santa y su origen, ya que todo lo que hoy conocemos hoy en día tiene su más profunda raíz en lo que trajo hasta nuestra tierra el personaje sagrado que destacamos en esta ocasión. Estamos hablando del Beato Álvaro de Córdoba.

Álvaro
Antonio Gil, durante la Exaltación a San Álvaro de 2017./Foto: Jesús Caparrós

El Beato Álvaro nació a mediados del siglo XIV y desde muy temprana edad ya demostró dotes ante el estudio de la religión y su amor a Dios, hecho que hizo que eligiese el antiguo convento de San Pablo de la capital, como lugar de retiro espiritual. Ya habiendo elegido la orden dominica como su razón de ser, nuestro protagonista se dedicó durante un tiempo a la evangelización y preparación personal, realizando viajes por distintas zonas de España e incluso algunas ciudades italianas, hecho que le enriqueció en todos los niveles. Debido a sus grandes dotes como erudito y su discreción, se ganó la confianza de miembros de la corona española, convirtiéndose de esta manera en el confesor de la reina Doña Catalina de Lancaster, viuda de Enrique III, y de su hijo Juan II.

Su buen talante y mesura ante los miembros de la casa real, hicieron que recibiera limosnas abundantes, que le ayudaban en su plan evangelizador. Por ello, al llegar de nuevo a Córdoba, el Beato Álvaro compró en 1423 Torre Berlanga, una antigua torre musulmana que se encontraba en lo que posteriormente iba a convertirse en su gran fundación conventual, el Convento de Santo Domingo de Escalaceli. Pero en la evolución constructiva del complejo monástico tuvo una muy importante influencia, un viaje que este fraile realizó hasta Tierra Santa, donde estuvo conociendo los lugares en los que ocurrieron los hechos de la Pasión de Cristo.

Al volver a Córdoba, ya se dispuso a la organización del lugar, y envuelto por el denominado síndrome de Jerusalén, comenzó la disposición del lugar, partiendo principalmente de la orografía de este sitio, ya que eligió una zona que tuviese el mayor parecido a los paisajes de la Pasión. En torno a esto, funda tres ermitas en este espacio natural: la “Cueva de Getsemaní”, que se encuentra situada en el lugar que dice la tradición que Álvaro de Córdoba subía y bajaba de rodillas rezando; la “Ermita de Santa Cruz” y la “Ermita de Santa María Magdalena”.

Pero sin lugar a dudas, el espacio más significativo de este convento es el denominado “Monte Calvario”, emulando de esta forma, el sitio donde Cristo fue crucificado. Lo más destacado de ello es que nuestro fraile realizó el primer Vía Crucis de Occidente en este monte situado en el Santuario, recordándose a día de hoy este hecho. Un aspecto a destacar, ya que es en nuestra ciudad, en Córdoba, el lugar elegido para rememorar la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

El Beato Álvaro de Córdoba falleció finalmente el 19 de Febrero de 1430, dejando como huella, el germen de nuestra Semana Santa hecha camino doloroso en sus principios, enseñándonos que no podemos pasar de largo ante el impedido, pues nunca se sabe donde podemos encontrar a Cristo. Si algo tenemos que agradecerle, es que nuestra particular Pasión tenga su recuerdo en la historia.

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