El Concilio de Trento: cuna de la iconografía de la Edad Moderna


Evolución histórica de la iconografía

El siglo XVI fue una época difícil para la Iglesia Católica, ya que estaba siendo avasallada por rebeldes que vertieron sobre ella ataques e injurias, siendo una de las causas del nacimiento del protestantismo. De esta forma, Lutero se presentó ante el Papa para proponerle una serie de cambios en la Iglesia y su propio pensamiento sobre la manera de trabajar de la misma, siendo esto un intento fallido que propició que ésta se dividiera en dos: en la iglesia católica y en la iglesia protestante. Por tanto, se puede decir que en este siglo la Iglesia vive uno de sus momentos históricos más críticos en el que también Inglaterra se separó de Roma, creando enfrentamientos entre sus ciudadanos.

Nuestra Señora de las Angustias./Foto: Eva M. Pavón
Nuestra Señora de las Angustias./Foto: Eva M. Pavón

Todo este panorama histórico se verá reflejado en el arte, ya que el enfrentamiento que tuvo lugar entre protestantes y católicos hará que la Iglesia de Roma adopte de la imagen su mayor escudo, demostrando un fuerte poder de la misma en los fieles, llegando a tener un papel propagandístico rompedor. La imagen se convirtió en un punto de apoyo para acercarse a Dios, defendiendo los mismos teólogos el poder y capacidad de su simbología. Todo esto también hizo que las órdenes religiosas adoptaran una actitud evangelizadora, difundiendo por toda Europa sus devociones principales, predicando la palabra de Dios.

Estos hechos desembocaron en la celebración de un concilio en la ciudad italiana de Trento, en el que se dieron las directrices de lo que se tenía que hacer para que el fiel se sintiese más arropado al entrar a una iglesia. Como ya se ha dicho antes, el papel protagonista lo iba a tener la propia imagen, ya fuesen de Cristo, María o distintos personajes del santoral, por tanto se tenía que tener un control de estas efigies que iban a ser veneradas. En la última sección del concilio, en el año 1563 se acordó que en los templos no podía haber imágenes de inspiración errónea, algo que hubiese hecho que el fiel no entendiese lo que estaba contemplando. La Iglesia valoró que se diese veracidad a los que se iba a representar, por lo que en muchas ocasiones los artistas siguieron los textos sagrados al pie de la letra para realizar una escena o personaje. Los soportes donde se iban a crear estas escenas o figuras sagradas serían en su mayoría a través de la escultura y la pintura, aunque esta última iba a tener su auge sobre todo por el trabajo de los comitentes, que encargaban obras religiosas en las que aparecían ellos mismos a los pies del santo en cuestión. En cuanto al artista de la época moderna, en su mayoría conocían bien el tiempo en el que estaban viviendo, por tanto normalmente eran personas piadosas que pertenecían a alguna cofradía o que estaban muy en relación con la hermandad Sacramental del lugar. Se puede decir que el artista de los siglos XVI y XVII era denominado como intérprete de la Iglesia, era el mero ejecutor de la idea.

No solamente las imágenes sagradas sirvieron para adoctrinar al pueblo ya que en este momento se incentivó el valor de los sacramentos de la Iglesia Católica, todo ello con una función ejemplarizante ante el fiel, sin que olvidase el verdadero sentido de su Fe. Estos sacramentos también eran representados en el arte de distintas para hacer llegar su mensaje al pueblo. Es el caso del Bautismo que se convirtió en una ceremonia íntima y personalizada en la que los padrinos asumían un compromiso de religioso con el bautizado. Dentro de la iconografía, este sacramento se representa con el episodio del bautismo de Cristo en el río Jordán por San Juan Bautista, el cual simboliza la purificación del alma cristiana. Por otro lado, uno de los siete sacramentos más destacados es el de la Eucaristía, con una gran carga teológica. En relación, se crearon escenas donde se hacía alusión al mismo a través de las llamadas prefiguraciones, es decir, momentos narrados en el Antiguo Testamento que están en relación directa con la Eucaristía. Es el caso de la representación del Sacrificio de Isaac o la caída del maná. Pero es en el Nuevo Testamento donde se da testimonio férreo de lo que fue el momento de la cena del Señor, el cual fue nombrado por todos los evangelistas en sus escritos. Este tema de la Santa Cena o la Eucaristía del Señor dio para mucho dentro del mundo de la iconografía, ya que se llena de una gran carga simbólica, con multitud de mensajes a su alrededor, dándole a cada personaje una caracterización especial, como es el caso de Judas Iscariote, el apóstol que traiciona a nuestro Señor, que normalmente es representado con el cabello pelirrojo, con un semblante desconfiado y casi apartado del grupo.

El reflejo del concilio en la Semana Santa

La Semana Santa celebra la Pasión de Cristo, tiempo de penitencia para el católico y que desde siglos se venera en todas las partes del mundo. Pero hablando en el caso concreto de Andalucía, se supo dar un auge en este sentido a la imagen que pocos lugares han conseguido. Momentos difíciles que la España de los siglos XVI y XVII vivió en muchos sentidos, ya que incluso tuvieron lugar varias epidemias de peste que provocaron una gran mortalidad en ciudades como Sevilla, en la que murió algo más de la mitad de la población. Por otro lado, se empezaron a crear hermandades que daban culto a imágenes sagradas y también a la Eucaristía, las conocidas como hermandades sacramentales. Es por ello que hubo un oficio que ayudó mucho al gremio de las cofradías, como es el del imaginero. Este artesano, que sin duda son considerados artistas por la maestría en la que trabajaban, primero debía de realizar un examen en el que demostrase que estaba cualificado para trabajar en esto, no todo el mundo tenía el don de gubiar al Hijo de Dios y a su madre sin que emocionase.

Junto a esto, en el Concilio de Trento se incentivó que la imagen debía de llamar a la piedad, tenía que tener una conexión directa con el fiel, había que hacer sentir una relación místico-emocional con el que la contemplaba, y de esta manera nacieron las grandes obras maestras del barroco andaluz. Estas obras se repartían en las distintas escuelas de imaginería que nacieron en nuestro territorio, cada una con su idiosincrasia. La escuela granadina destacaba principalmente por su mesura y delicadeza en las expresiones, con encarnaduras anacaradas; por otro lado, la escuela sevillana era la imperante por su dramatismo expresivo evolucionando del clasicismo hasta las formas más exageradas, que hacían estremecer con sus crucificados que parecían que tenían vida propia. La Pasión de Cristo se llevó a la calle, su martirio fue teatralizado ante el pueblo para hacer ver que su mensaje llegaría a todas las sociedades, algo que hizo que naciera en Andalucía un arte que no se puede comparar con otro, como es el arte de la imaginería. Es en este ambiente donde tuvieron lugar la llegada de grandes artistas artesanos de la madera como es el caso de Juan Martínez Montañés, Juan de Mesa, Ruiz Gijón, Pablo de Rojas, Pedro de Mena, José de Mora……artistas que crearon escuela, cada uno con su estilo diferente relacionado con su escuela.

Para que se pueda comprender hasta el punto al que llegaba este panorama, que tras tener terminadas sus obras, multitud de fieles se postraban a los pies de las imágenes que realizaban. Es impresionante que una persona se quede sin habla al contemplar nazarenos como el de Jesús del Gran Poder, que tiene tal carga teológica y religiosa que solo un genio podía conectar con el público de esa manera. En el caso de Córdoba capital, fue la talla de la Virgen de las Angustias, la que dejó sin palabras a los que la miraban, un conjunto escultórico que hacía ver que es posible emocionar, en ella el alma de la Fe está inmersa, cada mirada que aprecia esta imagen tiene que ser un desgarro emocional.

Alrededor del mundo de la imaginería había otros artesanos como los pintores, que en su mayoría eran los que daban la policromía a estas imágenes, sagradas, todo ello a través de unos contratos minuciosamente estudiados y que no podían ser saltados, ya que esto podía llevar a pleitos que eran un poco desagradables con la parte contratante. Con todo esto se ha demostrado a lo largo de los siglos, que lo que se creó en el siglo XVI a través de la imagen con el Concilio de Trento, ha supuesto para nuestra Semana Santa algo fundamental, llevar a cualquier clase social un testimonio de Fe, que no nos haga olvidar nunca de dónde venimos, una tradición que seguirá vigente pasen los siglos que pasen. Cada Nazareno, Crucificado, la imagen de María, incluso una representación del Prendimiento del Señor lleva impregnada una historia personal de aquella persona que lo contempla, y que en momentos difíciles es el único aliento que queda. La imagen sagrada nos acerca a Dios a través de lo bello y de lo espiritual, por lo que será algo que nunca desaparezca afortunadamente de nuestra sociedad.

Bibliografía

– Duchet-Suchaux, G.; Pastoureau, M.: Guía iconográfica de la Biblia y los santos, ed. Alianza, Madrid, 2009.
– Puig, A.: Los evangelios apócrifos, T. I, ed. Ariel, Madrid, 2008.
– Reau. L.: Iconografía del arte cristiano, T. 3, ed. del Serbal, Barcelona, 2000.
– Tradigo, A.: Iconos y Santos de Oriente, ed. Electa, Barcelona, 2004.

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