La Capilla Sixtina


La Córdoba del siglo XVI

Dentro del panorama artístico de la ciudad de Córdoba el proyecto más importante que se estaba dando en ese momento fue la construcción de la nueva catedral la cual iba a sustituir a la primitiva gótica. En el XVI tendrá un crecimiento demográfico y económico que influirá en el poder y sobretodo en la sede catedralicia. Llegarán grandes obispos para dirigirla y dar las pautas de construcción y decoración de la nueva catedral. Es muy interesante la comparación con otras catedrales en donde serán los obispos quienes controlen y modifiquen las obras del edificio según sus intereses. Como ejemplo tenemos al obispo Alonso Manrique, fray Juan Álvarez de Toledo o Leopoldo de Austria.

Capilla del Sagrario./Foto: LVC Sixtina
Capilla del Sagrario./Foto: LVC

Uno de los personajes importantes dentro de este ámbito artístico cordobés es Pablo de Céspedes, nacido en Alcolea de Torote sin estar claro el año de su nacimiento. Estudió en la Universidad de Alcalá donde se graduó en griego, latín y hebreo y donde adquirió una amplia formación humanística. No se conoce ningún dato acerca de su formación artística pues las primeras referencias que tenemos de su actividad pictórica proceden de Roma donde, según Pacheco, pasó siete años. En 1577 Pablo de Céspedes se hallaba en Córdoba, en este año, más concretamente el 7 de septiembre tomó posesión de una ración por lo que permanecerá en la ciudad hasta 1582, año en que el Cabildo le comisiona por un año para ir a Roma. Los años que Céspedes estuvo en la ciudad eterna fueron de gran provecho para su formación artística y humanística, pues se vio influenciado por la pintura italiana; conoció y admiró la obra de Miguel Ángel, de Rafael y Correggio.

Durante su estancia en Roma se relacionó con varios pintores como Zuccaro, de quien fue discípulo y César Arbasia, con el que regresó a España. Como pintor aprendió la técnica al fresco. Ya de regreso en Córdoba siguió su vida artística humanística frecuentando las tabernas de la época y la amistad de los hombres más destacados en las letras y en las artes de su época, como Ambrosio de Morales, Luis de Góngora, Vaca de Alfaro entre otros. En 1577 realizó su primer viaje a Sevilla para ser nombrado subdiácono y a partir de este momento sus viajes a la ciudad de la Giralda se hicieron frecuentes. Allí entró en contacto con la Academia de Francisco Pacheco, con quien tuvo gran amistad. Otra de las figuras destacadas en el panorama artístico cordobés, y que nos compete para nuestro trabajo, es César Arbasia (1540-1607). En 1583 es contratado por el Cabildo Catedralicio para la realización de las pinturas de la Capilla del Sagrario, las cuales no comenzará hasta 1585. Toda la capilla está decorada con pinturas al fresco que representan a los Santos Mártires de Córdoba y dos lienzos con las escenas de Jesús despidiéndose de su Madre y la oración en el huerto. En fecha que se desconoce volvió a Italia, donde en 1595 figura como fundador de la Academia de San Lucas en Roma. En 1597 trabajaba para la corte de Piamonte de la que fue nombrado pintor de cámara en 1604. En Saluzzo realizó las pinturas murales que decoraban la fachada del Ayuntamiento y una pintura mural de San Francisco para la iglesia de San Bernardino. Finalmente este artista muere en Saluzzo en 1607.

Por otro lado, entre 1545 y 1563 tuvo lugar en la ciudad de Trento el XIX Concilio Ecuménico que dejó varias pautas que influenciaron en lo que se estaba haciendo en todo el mundo occidental, en el aspecto tanto devocional como iconográfico, y más concretamente el caso que nos compete de El Sagrario. El Concilio de Trento acercó los sacramentos a los fieles resaltando de manera especial la presencia de Jesús en la Eucaristía. Sin duda, este acontecimiento hubo de ser determinante en el cambio de la denominación de esta Capilla del Sagrario de la catedral cordobesa.

El cordobés Pedro Ponce de León, Arzobispo de Oviedo, descubre en la biblioteca de aquella catedral las obras de San Eulogio que Ambrosio de Morales tuvo la ocasión de conocer y estudiar y que por tanto proporcionaron gran parte del aspecto artístico del Sagrario. Ponce de León se sintió atraído por uno de los escritos de San Eulogio, más concretamente del Memorialis Sanctorum que narra las historias y muertes de los mártires mozárabes cordobeses. Añadió a su contenido los relatos biográficos de San Eulogio, de Leocricia y del joven Pelagio y lo publicó en Alcalá de Henares. Tres años después, en 1575 en las obras que se estaban realizando en el templo parroquial de San Pedro Apóstol se hallaron las reliquias de estos mártires a través de una lápida la cual contenía la gran mayoría de los nombres de estos mártires, entre los que destacan San Acisclo, Santa Victoria y San Zoilo. Ambos hechos influyeron muy fuertemente en la devoción popular.

A todo esto acontecido se le añade la devoción que profesó a las reliquias de estos santos mártires el recién nombrado obispo de Córdoba, Don Antonio de Pazos y Figueroa, quien propuso y consiguió la aprobación del Concilio Provincial de Toledo, y posteriormente la aprobación de la Santa Sede, para el culto a estos mártires cordobeses. Entre los años 1582-1584 se extendió por la ciudad una de la más mortíferas epidemias de peste del siglo XVI por lo que a primeros de 1583, el entonces obispo Antonio Pazos pidió a los fieles que rezaran a los mártires cuyos nombres e historias martiriales aparecían en el cuaderno que había compuesto el racionero de la catedral, Pablo de Céspedes, sobre el libro impreso por Ambrosio de Morales. Es razonable pese a que estos acontecimientos pesaron a la hora de designar la iconografía que había de embellecer el templo del nuevo Sagrario, tan querido para el obispo, tanto fue así que la hizo capilla para su propio enterramiento.

Las pinturas y el tabernáculo del interior de la Capilla

El interior de la capilla del Sagrario es una auténtica sala de arte sacro, que se encuentra rodeado de obras destacadas en todos sus soportes. En el presbiterio de la capilla nos encontramos con un espacio que se encuentra totalmente decorado con pinturas al fresco y lienzos. En esta zona podemos observar varias representaciones iconográficas que tenemos que destacar. Es la primera vez que la Iglesia de la tierra se reúne en torno a la Eucaristía. La vertical marca el paisaje que se levanta en forma de monte muy acusado y se difumina en el cielo. Todo este gran mural está sólidamente fundamentado sobre dos columnas o pilastras: el profeta Isaías que ocupa el lado de la epístola, y el profeta y rey David, situado en el que fue el lado del evangelio. Cada uno tiene a su costado una cartela en latín, y la cita del lugar bíblico del que está tomada. Estos grandes personajes están muy pensados y su ubicación, también. Más aún son la clave de interpretación de toda la decoración de la capilla.

Comenzando con la descripción del profeta Isaías, se encuentra elegantemente vestido con túnica roja y envuelto en un manto verde, con revés blanco. Es el profeta del amor de Dios y de la esperanza apoyada en Él. Presenta al siervo de Yahvé como el que ha hecho posible la salvación de Dios, sufriendo la pasión. El vestido rojo, además del amor, hace referencia al sentido martirial de la vida de Jesús y de la Eucaristía, anticipo sacramental de su martirio. Su primera profecía mesiánica es la famosa de la Virgen-Madre del Enmanuel. Sus composiciones tienen una fuerza concisa y una armonía que jamás volverán a lograrse. La otra representación se trata del rey David que sostiene con su mano un libro. Él también profetizó acerca del banquete eucarístico. Aquí está representado como rey y poeta, autor de gran número de salmos. Ocupa un puesto único en la historia de Israel, porque, según el profeta Natán, de su descendencia vendría la salvación al pueblo. Por eso, el Mesías es llamado Hijo de David. Arbasia lo pintó en el lugar desde donde en su tiempo se proclamaba el evangelio, lo que refuerza su conexión con la persona de Jesús, el Mesías, y con su mensaje.

La Santa Cena de Arbasia está situada enclavada en una gran habitación, con lo que es fiel al relato evangélico. Se aprecia una apertura en el fondo pero no se trata de una ventana abierta, sino de una apertura al campo, dejando entrar la vista del paisaje. Ocupa el centro, coronando la figura de Jesús y arrancando de su misma cabeza. Esta reflexión no tendría especial importancia si sólo encajamos el paisaje como elemento decorativo. Recordemos que la cena está cimentada sobre los profetas, y en sus escritos se considera el campo como presencia de Dios; su verdor y fecundadas como signo de vida que procede del Creador que, muestra su acción amorosa y salvadora sobre los hombres. Esta representación proclama que la Eucaristía no sólo es el pan que es vida y la alimenta, sino que el lugar de su celebración está en medio de la vida, es expresión de vida e irradia vida.

En César existe el esfuerzo por sentar a los apóstoles formando grupo de tres, en unos más claro que en otros. Arbasia recoge el momento en que va a levantarse Judas, puesta su mano izquierda sobre su asiento. Juan apunta que cuando salió Judas era de noche, para César no es de noche, sino de día, así lo vemos en el paisaje. Aquí la cena de Jesús y sus apóstoles representa la realización sacramental de lo que Dios ofrece a su pueblo como expresión de la vida plena y feliz alcanzada gracias a los desposorios de su Hijo con la Humanidad. Es la salvación a la que accedemos por la muerte y resurrección de Jesús.

Ahora describiremos los dos únicos lienzos que encontramos en este lugar y que se encuentran en relación con el tema principal como es la Eucaristía. En el lienzo que representa Jesús orando en el huerto forma pareja con el de la nave izquierda y, ambos, completan la decoración mural de la Capilla. Es obra de César Arbasia realizada hacia el año 1585. Está enmarcado por un retablo fingido rematado por dos figuras femeninas que representan la Firmeza y la Fortaleza. En primer plano del lienzo, los apóstoles Pedro, Santiago y Juan. Este último con el libro del evangelio. Los tres duermen profundamente bajo extrañas rocas en forma de cueva. En la mitad, hacia la derecha del espectador y entre la vegetación, se vislumbra el grupo de servidores del Sanedrín guiado por Judas. La parte más destacada la ocupa Jesús de rodillas, con los brazos abiertos en gesto de aceptación de la voluntad del Padre y el ángel, entre luces de gloria que baja a confortarle. La presencia del ángel actúa como potente foco que le permita al pintor César, crear fuertes contrastes lumínicos.

En la representación de Jesús se despide de su Madre este lienzo fue pintado por Arbasia hacia el año 1586. Está, asimismo enmarcado por una arquitectura fingida, coronada por dos figuras femeninas que simbolizan la Obediencia y la Caridad Encontramos unidas las características de la pintura arbasiana: la monumentalidad de las figuras, el uso de la arquitectura y la creación de un paisaje de fondo que envuelve la escena. La despedida anuncia, en clave de diálogo, la decisión de Cristo de dejar a su más preciado tesoro, su Madre, y seguir adelante para cumplir la voluntad de Dios.

Y llegamos a la creación de los mártires cordobeses que supuso una gran importancia para este lugar. La pintura de los mártires es la más original en cuanto a lo que representa, y fueron realizadas entre 1583-1584, dejando para el 1585 la realización de los paisajes. La iconografía la proporcionó Ambrosio de Morales, y Arbasia, la respetó, ilustrándola con una extensa leyenda que explicaba su martirio. Hay que destacar el valor de estas pinturas y bastantes figuras se pueden calificar como de muy buena calidad. Y los pinta como los habituales invitados al banquete, al que hay que asistir con el traje de fiesta, sin apariencia ninguna de dolor o sufrimiento. César representa a los mártires con ropas engalanadas por eso sus telas son espléndidas. Se encuentran agrupados en grupos de tres Agrupados en grupos de tres y cada cual con el vestido que le es propio y con el que han conseguido el acceso al banquete. No hay signo de violencia, ni en sus rostros manifiestan dolor. César presenta a los mártires de Córdoba como los comensales invitados a las bodas del Cordero. Es al cielo al que asisten vestidos de fiesta.

Ellos participan, ya de manera definitiva, de la muerte y resurrección de Jesús. Por eso no lo vemos en actitud martirial, ni es situación de esperar la muerte. Más aún, César, entre cada grupo de mártires pinta paisajes frondosos y con agua que corre, llenos de vida. El recorrido, para una mayor y mejor comprensión, ha de hacerse en forma de U, comenzando por la cabecera del muro este, donde se encuentran los cronológicamente, primeros mártires, Acisclo, Victoria y Zoilo, y terminando el muro de la cabecera Oeste, en cuya escena está representado San Eulogio escribiendo el Memorial de los Santos, rodeados por el adolescente Pelagio, Leocricia, la joven musulmana convertida al cristianismo por el santo. Detrás de ella, en el fondo, se divisan los arcos de la mezquita de Córdoba, en alusión a su origen. La viste como una daifa, es decir, la señora o morisca de familia acaudalada. Por otro lado nos tenemos que centrar ahora en los intradoses de los arcos que se encuentran pintados con una decoración de grutescos, ángeles y símbolos de la Pasión. Aunque parcialmente pintados, los intradoses conservan la decoración con motivos típicamente manieristas. Aquí y en las arquitecturas fingidas que enmarcan los lienzos y las puertas laterales, es más probable que en cualquier otra parte, la intervención de ayudantes. Todo un conjunto de pinturas de tipo humanístico.

Otro de los elementos importantes de este lugar es el tabernáculo, que en este caso se trata de una obra en madera tallada y policromada. Es una pequeña capilla abierta en el muro del fondo del templo parroquial. El obispo Fray Martín de Córdoba es el promotor de esta primera parte en los programas del Sagrario, como es el Tabernáculo, centro y maravillosa cámara revestida de tallas doradas. Es de estilo renacentista con hojarascas, tondos, cartelas, etc., decorando elementos arquitectónicos de inspiración clásica. La puerta de acceso al tabernáculo es de dos hojas, realizadas en madera de roble, cuyo anverso está tallado y dorado con tondos y figuras policromadas al temple. En los tondos se representan escenas del antiguo testamento; las cuatro superiores, alusivas a la Eucaristía y las dos Inferiores, a la muerte en cruz de Jesús. Con todo esto se ha podido demostrar que la Capilla del Sagrario es un compendio de conceptos renacentistas y humanistas, aparte de religiosa, que muestra la importancia que tenía la ciudad de Córdoba en ese momento y los grandes mecenas del arte de los que se encontraba rodeada y por ello cada uno aportó lo que mejor sabía hacer dentro de su campo, ya fuese la pintura, la escultura o dentro de la historiografía. Por eso nos deja ver que se quiso exaltar la Eucaristía dentro de los valores humanísticos.

Bibliografía

– Borrego Menor, B.: El Templo Parroquial de El Sagrario de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba, Publicaciones Cajasur, Córdoba, 2003.
– Nieto Cumplido, M.: La catedral de Córdoba, publicaiones de la obra social y cultural de Cajasur, Cordoba, 1998.
– Raya Raya, Mª Ángeles: Catálogo de pinturas de la Catedral de Córdoba, Publicaciones del Monte de piedad y Caja de ahorros de Córdoba, Córdoba, 1988.