El retablo mayor de San Andrés y su relación con la no emergente hermandad de la Lanzada


Pedro Duque Cornejo y la retablística del siglo XVIII

El retablo es un elemento decorativo muy característico dentro de las iglesias católicas, y que a lo largo de los años tuvo su evolución tanto conceptual como artística. Lo que nos muestran estas grandes máquinas de madera, o piedra en algunos casos, es la sensibilidad de una época que lucha por el adoctrinamiento del pueblo. Es a partir de los siglos XV-XVI cuando se le va introduciendo importantes juegos escultóricos a los retablos, algo que ayudaba más a esa lectura evangelizante del fiel, que en su mayoría eran analfabetos. Su fuerte sentido iconográfico arrastra consigo un gran poder persuasivo y excita al sentimiento religioso. Ya a finales del siglo XVI se opera un cambio en la forma de concebir el arte cristiano, este cambio vino motivado por el Concilio de Trento el cual va a incidir en la manera de transmitir las Sagradas Escrituras a través del arte sacro. El afán renovador de Trento trae como consecuencia la erección de nuevos retablos, sustituyendo a los ya existentes por otros más acordes a las enseñanzas del momento, haciendo que éstos llegaran al barroco con complejos programas iconográficos y un gran abigarramiento de las formas. Por tanto, se puede decir que el retablo barroco es la conclusión de las exigencias de la Iglesia Triunfante, propiciando una iconografía que llama a la piedad, y al acercamiento a vidas de santos que antes eran desconocidas, por lo que constituye un nexo entre el culto a los santos y la devoción de los fieles.

Sin lugar a dudas, Pedro Duque Cornejo ha sido uno de los artistas barrocos más influyentes e importantes de este momento, por ello no dejó, en su manera de mostrar sus trabajos en madera, a nadie indiferente, mostrándonos el arraigo de la escuela de imaginería sevillana llevada hasta la teatralidad más exagerada. Pedro Duque Cornejo nace el 14 de agosto de 1678 de agosto en Sevilla, siendo sus padres José Duque Cornejo Herrera y Francisca Roldán Villavicenzo, matrimonio que ya nos hace ver que nuestro protagonista está vinculado a una de las grandes sagas familiares dedicadas al arte de la madera. En referencia a esto, tenemos que destacar a su abuelo Pedro Roldán, que sin duda fue el gran imaginero del siglo XVII; y por supuesto, también a su tía Luisa Roldán, más conocida como “La Roldana”; por otro lado sus padres eran escultor y pintora respectivamente. Por tanto, la formación de este polifacético artista corrió a cargo del taller familiar.

Al morir Pedro Roldán en 1699, Duque Cornejo contaba con 21 años de edad y puede pensarse que ya en este momento formaba parte del taller familiar, por lo que su formación estaba ya bastante avanzada. Desgraciadamente no se conoce mucho de las primeras obras que realizó este artista, pero sí se sabe que estuvo en relación con otros dos artistas importantes dentro del ámbito de la retablística, como Teodosio Sánchez de Rueda y Jerónimo Balbás. Pero tenemos que destacar un aspecto, y es el aprendizaje que obtuvo de cada uno de estos maestros y que influyeron en su obra. Comenzando por Pedro Roldán, de él aprendió el gusto por pequeños relieves plasmados en retablos y pasos procesionales; de Jerónimo Balbás aprendió la modernidad en las composiciones y la ejecución, sacrificando cánones y precisiones en aras de la nueva expresión; de Francisco Hurtado Izquierdo aprende su ruta artística, es decir, a través de sus colaboraciones con él entró de lleno en la estética del barroco cordobés.

El imponente Retablo Mayor de la Iglesia de San Andrés

Retablo de San Andrés./Foto: LVC
Retablo de San Andrés./Foto: LVC

Nos encontramos con uno de los retablos más destacados e impresionantes del barroco cordobés. Esto lo decimos por su continuo movimiento en el juego de formas que se realiza, adaptándose al propio presbiterio de dicha iglesia que en este caso es hexagonal. A la hora de estudiar esta obra nos encontramos con un problema de autoría, ya que varios historiadores nos hablan de una ejecución realizada expresamente por Pedro Duque Cornejo; mientras tanto otros estudiosos del retablo como Mª Ángeles Raya Raya y José Valverde Madrid piensan que esta obra fue trazada por el artista sevillano mientras que la ejecución es de otro totalmente distinto. Pero aunque sólo sea una mera atribución, sí se está de acuerdo con que Pedro Duque Cornejo dejó su impronta en este retablo percibido por los movimientos y la forma especial que tenía de trabajar la madera.

Se sabe que Duque Cornejo vivió en Córdoba durante un tiempo, ya que el 31 de octubre de 1747 se encontraba en esta ciudad. Esto se sabe por la escritura que realizó para la contratación de la sillería de coro de la catedral cordobesa. Dada la gran actividad que el escultor sevillano tenía en ese momento, no sería imposible que Miguel Vicente de Cebrián, obispo de Córdoba en este tiempo, le encargase la realización de la traza del retablo de San Andrés. Por otro lado, tenemos que decir que los trabajos del dorado del conjunto retablístico de esta iglesia fueron encargados a Luis Romero en el año 1763. Finalmente, y tras terminar las labores de dorado y talla, el retablo fue finiquitado en mayo de 1765.

Análisis formal e iconográfico del retablo

El Retablo Mayor de esta iglesia se adapta perfectamente a la forma que tiene el presbiterio, dejándonos ver el gran dinamismo que confiere a la planta, ya que las columnas aparecen colocadas en distintos planos de profundidad, sobresaliendo las laterales mientras que las centrales se encuentran algo más hundidas. Alrededor de todo el retablo se pueden observar motivos ornamentales que están muy bien ejecutados, mezclándose con elementos vegetales, geométricos y conchas. En la parte del banco, en los laterales, se abren dos puertas que comunican con la parte trasera y permiten el acceso al mismo.

Estructuralmente, este retablo consta de banco, tres calles y ático. A ambos lados de éste, apreciamos entre los intercolumnios las representaciones escultóricas de San Zoilo y San Félix, mártires cordobeses. En el segundo cuerpo apreciamos las representaciones de los Arcángeles San Miguel y San Rafael, y en la calle central se encuentra una hornacina con la escultura policromada de San Andrés, que sobresale por su empaque. Ya finalmente, en el ático aparece rematando todo el conjunto un crucificado de una dimensión importante, que se encuentra flanqueado por dos ángeles pasionarios. Estas imágenes fueron realizadas por Pedro Duque Cornejo, visto esto en la manera de conferir los estofados y las encarnaduras. Todo este conjunto está profusamente decorado con hojarascas en las columnas, hojas de vid y motivos florales, dándole una gran majestuosidad. También es destacable el juego geométrico que se utiliza, es decir, los constantes entrantes y salientes que se aprecian tanto en las cornisas que dividen el retablo, como en los alrededores de las hornacinas de las imágenes.

En cuanto al programa iconográfico, en el centro de esta obra aparece San Andrés presidiendo con fuerza todo el conjunto, que viene a hablarnos sobre la glorificación del martirio y a través de él enaltecer la Pasión de Cristo. En el banco del retablo nos encontramos a los lados del Sagrario las imágenes de San Zoilo y San Félix, que fueron mártires de la dominación romana y que se ponen en relación con los comienzos históricos de este templo. Por otro lado, San Eulogio, otro mártir cordobés de época musulmana, en sus escritos nos habla de que en este mismo lugar se levantó la basílica en honor a San Zoilo, por ello ambos mártires se muestran protegiendo el Sagrario, ya que fueron los pies de los que en época cristiana se iba a levantar. Siguiendo con la parte central, ya anteriormente se ha nombrado a San Andrés como protagonista de esta parte. El apóstol aparece con un libro en sus manos, símbolo de la predicación de la Palabra de Dios, y justo detrás suya, su atributo por excelencia, la cruz en aspa, relacionada con su martirio. Esta semejanza en cuanto a la crucifixión y martirio en su muerte con la de Cristo, es el motivo por el que nos encontramos al crucificado coronando todo el retablo. A los lados del crucificado se encuentran dos ángeles pasionarios que portan atributos de la Pasión de Cristo, siendo éstos la lanza y el hisopo. Con todo esto se completa el programa iconográfico del retablo, en el que podemos observar que todas las imágenes están en mera relación con Cristo y su mensaje salvador, y por otro lado, se pretende ensalzar la glorificación de los que derraman su sangre por el Señor ya que esto pone en conexión la exaltación y cimentación de la Iglesia.

El intento de crear una hermandad

No es la primera vez que en la ciudad de Córdoba se deja reflejar las ganas de fundar nuevas hermandades relacionadas con imágenes poco conocidas o que llegan a llamar la atención de cierta parte de un barrio. Este es el caso del crucificado que remata el retablo mayor de la parroquial de San Andrés, el cual estuvo relacionado directamente con la posible fundación de una hermandad de la Sagrada Lanzada. Aunque hay que destacar un asunto, ya que esta posible corporación tuvo su primera organización en la Iglesia de Madre de Dios. En torno a 1942 se mandaron las invitaciones para asistir al acto de aprobación de la cofradía. El título de esta cofradía era “Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía del Santísimo Cristo de la Sangre (Sagrada Lanzada) y Nuestra Señora de la Concepción en su Amargura”.

Por distintos avatares, no tuvo la aceptación que esperaban por lo que se trasladaron hacia la iglesia de San Andrés, para intentar de nuevo fundar dicha hermandad en torno al crucificado del retablo mayor. La imagen, un Cristo muerto flanqueado por dos ángeles que sostienen atributos referentes al momento de la lanzada, venía muy en relación a lo que este grupo de cofrades querían fundar. Sea de una manera u otra, finalmente este nuevo intento de crear una cofradía relacionada con este crucificado no obtuvo los resultados con respecto a las ilusiones de los cofrades que estaban inmersos en ella. Lo que sí se puede deducir es la importancia que, tras terminar la obra, tuvo esta imagen pasionista, una talla de un tamaño casi igual que el natural, llena de expresión barroca, y lo más importante para llamar la atención de los cofrades, la sensibilidad religiosa que emana, algo imprescindible para el que ama la imaginería.

Bibliografía

– Hernández Díaz, J.: Pedro Duque Cornejo, col. Arte Hispalense, 1983, Sevilla.
– Martín González, J.: Tipología e iconografía del retablo español del Renacimiento, 1964, Madrid.
– Monreal Tejada, L.: Iconografía del cristianismo, ed. Acantilado, Barcelona, 2000.
– Primo Jurado, J.J: Las Iglesias de Córdoba, ed. Almuzara, Córdoba, 2011.
– Raya Raya, MªA.: El retablo en Córdoba durante los siglos XVII y XVIII, Publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, Córdoba, 1980.
– Valverde Madrid, J.: El escultor sevillano Duque Cornejo, en “Estudios de arte sevillano”, Sevilla, 1973.
– Valverde Madrid, J.: Ensayo socio-histórico de retablistas cordobeses del siglo XVIII, Publicaciones del Monte de Piedad y Caja de ahorros, Córdoba, 1974.

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