Clementson


Los libros de Clementson, pulcros y numerosos, sí comportan desvelo, tesón, conocimiento, fervor, respeto, sensibilidad, elegancia.

Afirmaba Elías Canetti que no entendía los codazos, los empellones y los rencores entre poetas vivos. Porque la única pelea interesante, añadía, comienza cien años después de que hayan muerto. Cuánta miga en el aserto. Sin embargo, es notorio que existe una batalla desalmada inter vivos por el canon, entendiendo por tal agitación, entre los arriscados vates, no una criba de excelencia para instalarse en los manuales, sino el afán de acceder a un club cuyos miembros esperan galardones, recompensas, cargos y prebendas de manos de la nomenklatura u ortodoxia a la que rivalizando satisfacen.

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Elias Canetti

Esto se ha visto siempre, máxime cuando concurría el mecenazgo. Pero también habrá que reconocer que la vida del poeta provenzal era algo temeraria, al suponerse que idearía poemas de amor venerando a la esposa de su señor feudal, desconociendo si en el proceso podría surgir un chispazo biológico, y que por una albada decente acabasen segándole testa o partes otras. Aunque ello no desmiente la condición cortesana del poeta, su vocación de agradar a los poderosos y el hambre de soldada como fuere. En esto no difieren de otros profesionales consagrados a las tareas de la inteligencia, del espíritu o de la ciencia. ¿Quién no busca rentabilizar? Acaso el principal truco, el equívoco esencial, consista en atribuir superioridad moral, veracidad deontológica o decoro particular a estas criaturas, que suelen ser hábiles guionistas, avezados portavoces de intereses, expertos en pontificar sobre crecepelos, vacunas, temperaturas y la salvación del mundo.

Con todo, se dieron hitos paradójicos en la poesía del siglo XX. Abundaron los vividores del comunismo caviar del sesgo de Alberti o de Neruda, o aquellos VIPS invitados al mitificado Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia de 1937; según cuenta Stephen Spender en su autobiografía, los organizadores lo trasladaron al frente en un Rolls-Royce, regando el traslado con champán francés, para aparcar ante un nido de ametralladoras y proponerle, como agasajo final: “¿Desea usted dispararle una salva al enemigo?” Ni la última cena de Viridiana, rodada por Buñuel, en adaptación marbellí. Había ido Spender a España a usar su reputada influencia para salvar a un joven amante suyo, T.A.R. Hyndman, que se había enrolado en las Brigadas Internacionales y, tras escuchar los primeros disparos, decidió darse media vuelta y desertar, algo que había provocado la cólera del comisario político, quien amagaba con fusilarlo.

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Stephen Spender

Pero también están los poetas que sufrieron hasta su último suspiro la tiranía soviética y no podían ni siquiera escribir, menos aún publicar, habiendo de memorizar los poemas que componían, como Anna Ajmátova. ¡Qué ejemplo el suyo de que el comunismo, cuando te ha quitado tus propiedades, tu linaje, tu honor y tus raíces, aún no descansa, pues ansía arrancarte tu pensamiento y tu facultad de expresarte! Decir “poeta comunista” suena a oxímoron, según refrenda el suicidio de Mayakovski, quien cató dicha imposibilidad. Porque las almas libérrimas, digamos Rimbaud o Lautréamont, representan lo opuesto: el aura entre arcangélica y demoníaca del rebelde, no el papel de esbirro, parásito o tonto.

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Rimbaud

Ciertamente la marca del poeta serio es la de quien, identificando su camino, lo transita a despecho de los avatares, sin desanimarle el ninguneo, las zafias ministras de Cultura, o los jurados de los concursos. Claro que cualquier individuo agradece verse reconocido, sobre todo cuando realiza algo meritorio y le consta. No se trata de aislarse y penar como El poeta pobre pintado por Carl Spitzweg. Si pensamos en Carlos Clementson, es palpable que estamos ante un poeta el fulgor de cuya obra no se acompasa a la equidad de su recepción. Es autor de una producción poética ingente, que al modo del bardo atemporal domina el verso como herramienta de precisión. Supone la métrica un instrumento tal el papel pautado y la armonía para el compositor musical. Que muchos poetas actuales no conozcan su oficio o sean incapaces de escribir tiradas eufónicas no significa que, quien sepa, se haya quedado antiguo. Sino que preserva ese fondo de profesionalidad que se precisa para ejercer de poeta, factor que en su objetividad constituyente no difiere de los requisitos para ser físico, químico o matemático. ¿Es que bajo la sedicente postmodernidad vale todo?

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Carl Spitzweg, “Der arme Poet”

Acaecido el dadaísmo, el joven siglo XX empieza a admitir con regocijo que haya arte sin pericia, invención sin talento, aplaudido arribismo de bárbaros que se desahogan con la coartada de hacer la revolución, afrentar al burgués o dar cancha al inválido intelectual y al incivilizado. Diletantes, impostores y vendedores de aire, de súbito, son tenidos por presentables y graciosos. Así que puedes literalmente enlatar tus excrementos y presumir de antisistema, como Piero Manzoni, y que lo denominen “arte conceptual”. Como tenemos el caso de Salvatore Garau, quien en una subasta milanesa de la casa Art-Rite vendió por 14.830 euros una escultura inmaterial e invisible denominada “Io sono”, con certificado de autenticidad emitido por el artista, el 18 de mayo de 2021. Si el rumano Tzara fue comunista de carné, estos soeces vanguardistas han consolidado el marxismo institucional en el arte, una transformación que oblitera clases, matices y valores, regala un dineral a los frescales y decreta el igualitarismo entre el mequetrefe y el maestro.

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Escultura ‘Io Sono’

Los libros de Clementson, pulcros y numerosos, sí comportan desvelo, tesón, conocimiento, fervor, respeto, sensibilidad, elegancia. Desde un poema inaugural dedicado a su madre, que fallece al darle a luz, el universo de su escritura desprende mareas de autenticidad y pasión, de lectura y vivencia, de océano y campiña, de verbo y temblor. De muy atrás proviene su aristocratismo silente, mientras comparte lo accesible al paisanaje, como sus reivindicadas filiaciones murciana y cordobesa. Mas si la genética no es un cuento chino, y parece que no, ahí están los otros Clementson, los Beck o los Arderius Sánchez-Fortún, confiriendo entidad a nuestro protagonista.

La valía de Carlos Clementson fustiga la inanidad del adanismo. Un hombre que se maneja en tantas lenguas antiguas y modernas no encarna una improvisación salida por azar de debajo de una piedra. Resulta de generaciones de personas educadas, cosmopolitas, viajeras y emprendedoras. Aunque él es un orfebre de la lengua española y compone sin torsión ni pedantería, con estilo directo, natural, luminoso, se ha dotado de una pericia lingüística extensa, fruto de su voracidad lectora y su autodidactismo. Abarca y lo habitan líricas, literaturas y tradiciones. Por eso su obra traductora exhibe una envergadura que recuerda a Pound, Borges o Sir Richard Burton. Las muchas traducciones de Clementson son poemas de Clementson, como las versiones de FitzGerald pertenecen al orbe estético británico. Valen doble, al ser intelecciones cabales de los originales y, a la par, digna poesía castellana.

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Ezra Pound

Hace bastantes años, dos tribus o rebaños de poetas se dejaron encuadrar bajo las etiquetas de “poesía de la experiencia” y de “poesía de la diferencia”. Los primeros, que se han adueñado del pastel, venían a ser el clan oficialista y dominante, apegado al progresismo hegemónico. Practicaban una poética de lo anecdótico, autobiográfico y conversacional –no sin exhibir aseo silábico– enemiga del culturalismo, y se intercambiaban promociones, subvenciones, premios y favores. Como eran los años del felipismo, PRISA y el arborescente comunismo cultural alimentado por el carisma de Javier Pradera, el elenco monopolizador de los primeros negó el pan y la sal a los segundos, que no conformaban una escuela ni nada semejante. Carlos Clementson, liberal e ilustrado como sus ancestros, fue inmisericordemente marginado por los mandarines, que posaban con Rafael Alberti, endiosaban a Jaime Gil de Biedma, tal vez la cima del comunismo millonario y “filipino”, y se autodesignaban –apoltronados en las instituciones cuyos presupuestos manejaban– nietos de la Generación del 27. Con él fueron borrados de la centralidad otros autores preclaros, mediante un golpe de mano urdido por la oligarquía rojelia, cuyos efectos aún lastran no sólo la justicia poética en España, sino cualquier sindéresis.

Leer a Clementson es entender las debilidades y carencias tanto de la poesía social como de la postnovísima. Destacaremos en él su limpia capacidad expresiva y versificadora, propias de un poeta clásico, homérico, medieval, narrativo, literario, de un poeta de largo aliento, de un poeta –incluso– nerudiano, que desconoce la sequía o la falta de instancias para focalizar su inspiración. Que la riqueza y la abundancia no llamen a engaño. Quienes escriben mucho y bueno superan por dos veces a quienes producen escaso y feble.

Con respeto a esas derivas, no cabe jalear el minimalismo, porque ello nos abocaría a sostener que la mejor obra de arte es la menguante o la inexistente, al ser la más “quintaesenciada”, la de economía de recursos más radical. El mejor servicio a la poética del silencio es permanecer callado. Y no las pretensiones de exquisitez efectista, esas pildoritas de ingeniosidad que semejan pececillos exóticos, o las miniaturas subatómicas de quien proclama ir a la caza del dije selecto, pero desdeña el latir preponderante de su lengua y su cultura, porque desconoce a sus antecesores más esclarecidos. A Clementson le incumbe abrazar la whitmanesca vastedad del genio humano sin cicaterías.

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Clemetson

Con no menos compasión por el dolor y la infelicidad humanos rechazará su coraje la poesía del realismo social, del realismo sucio, del arte povera, de la sordidez, de ese halago a los bajos instintos que caracteriza últimamente lo progresista. Porque él es un moralizador, un defensor de lo perenne, un vitalista y, por ende, un poeta culto. Nos admira la desenvoltura con que se sitúa en el panorama universal de la poesía. En la vertiente española, sí, pero también en su contexto occidental, tanto por su deferencia a la historia como por moverse como pez en el agua en las órbitas románicas, todas sin excepción, hasta el punto de escribir poemas en catalán o sentirse en casa en la poesía francesa; y en la lírica inglesa, que domina por ósmosis y también por designio familiar, pues es descendiente de caballeros británicos de primera división, cuyo influjo fue de Sudáfrica a la India. Por no hablar de sus ancestros levantinos de rotunda prosapia liberal, librepensadora y humanística.

Aunque, a la postre, son su versatilidad prosódica, su opción por la verdad y la belleza, lo más emocionante. En una de sus entregas recientes, Retablo para una Edad de Plata (Córdoba: Diputación, 2017), rinde homenaje lírico a figuras como Unamuno, Baroja, Azorín, Gabriel Miró, Antonio Machado, Juan Ramón. También a Santayana, Lorca, Villalón, Gerardo Diego, Guillén, Dámaso, Alberti, Bergamín, Neruda, Blas de Otero y otros. Su empatía poética colinda con la metempsicosis, tal es su magia para hacerlos revivir en estas páginas. El poemario es también de un patriotismo ejemplar. Porque orilla el cainismo, las vergüenzas de la Guerra Civil, la politización grosera y vil, para imponer un registro más alto, de razón y concordia.

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