El mito más dañino


Acaricia, pues, la izquierda el anhelo de un poder vitalicio, eterno, irreversible, para que no pueda jamás gobernar “la derecha”

Es de suponer que en todas las etapas ha brotado, en especial desde que hay sociedad y conciencia de un sentir compartido. Hablamos de la doxa, la opinión reinante. Pero una cosa es el pensamiento mayoritario en una época y otra la conducta interiorizada por grupos de humanos tras períodos dilatados de ensayo y error. Que la Revolución Neolítica se produjera en lugares diferentes sin contacto entre unos y otros, y en momentos distintos, porque las inteligencias y sus frutos son desiguales, indica que se trata de una conquista objetiva. Acaeció hace 11.000 años en la cuna del saber, el Próximo Oriente. Después, hace 9.000 años, en China. Y hace 5.000 años, en América Central y del Sur. No fue por ideología, sino por lentísimo triunfo del sentido común. ¿En qué residió la innovación? En mermar el parasitismo improductivo de la caza y la recolección, que consumía recursos finitos sin producir nada, e introducir la agricultura y la ganadería. Y con ello la propiedad privada y la familia como constructivos corolarios. Sin embargo, si practicamos un corte transversal en un instante dado, la doxa es un batiburrillo de supersticiones, leyendas, prejuicios y engaños transmitidos por las oligarquías. Lo que irradian 24/7 las televisiones. Lo contrario de lo sano, perspicaz y creativo.

portada 6 1

 

Entronca ello con la cuestión del Estado, definido como suprema instancia dirimente, juez y parte de un poder omnímodo de cuya batuta dependen los teóricamente llamados a supervisar sus abusos. Por eso opina un anarco-liberal como Hans-Hermann Hoppe, cuya A Short History of Man. Progress and Decline (Auborn: Mises Institute, 2015) recomendamos, que cuanto más pequeño sea el Estado será menos pernicioso, trátese de la Suiza cantonalizada o las ciudades hanseáticas, en la medida en que, a dicha escala, es más fácil reconocer y combatir la injusticia. Y que, cuanto más grande sea el Estado, la opresión será peor, constituyendo la última frontera ese sueño, delirio o proyecto del gobierno mundial, ya con la humanidad al completo sometida a una sola centralita decisoria. Hoppe fue un rutilante discípulo de Habermas. Pero eligió hacerle la cruz para cooptar como maestro a Murray Rothbard, el portentoso alumno de Mises. Luminarias del liberalismo.

libro hoppe 1

Aunque en España, por muchas medallas anarquistas o liberales que nos colguemos, somos estatalistas a machamartillo. Nos chifla invocar lo colectivo y demandar tutela externa, lo mismo que multiplicar leyes, directrices, normas y prohibiciones. Enternece tal fe en el Estado, como enternece tal fe en lo público. Y no precisamente porque quienes mandan lo vendan como pócima mágica, que en ello les va la vida, sino por venerar sus feligreses tamaños fetiches cual verdad revelada. No se percatan de que el Estado y lo público están dirigidos por una casta, por unos mandarines, por una élite no precisamente moral o intelectual, por unos malandrines que medran mediante selección inversa y barren para casa. Su objetivo no es ponerse en cuestión, debilitar su ascendiente o facilitar su remoción. Sino afianzarse, fosilizarse como el rictus de Sánchez. ¿Alguien pone en duda que el primer empeño de un gobernante es ampliar su poder hasta la máxima cota posible y retenerlo? Vladimir Cerrón, el jefe político y supremo ideólogo del peruano Pedro Castillo, lo acaba de definir: “Un acto revolucionario puede ser ganar un gobierno. Pero eso no es la toma del poder. La izquierda tiene que quedarse en el poder. Eso es lo que ha hecho Venezuela.” Cerrón, que culpa al ecuatoriano Correa y al boliviano Evo Morales de haberse dejado echar del poder, estará feliz con Daniel Ortega, que encarcela a los candidatos rivales según van presentándose.

Nos chifla invocar lo colectivo y demandar tutela externa, lo mismo que multiplicar leyes, directrices, normas y prohibiciones. Enternece tal fe en el Estado, como enternece tal fe en lo público.

Acaricia, pues, la izquierda el anhelo de un poder vitalicio, eterno, irreversible, para que no pueda jamás gobernar “la derecha”. Mas, ¿qué es la derecha? Obviamente la derecha es lo que subsiste –habiéndose encaramado al machito los socialistas de todos los partidos, según la memorable expresión de Hayek— de individualismo, libertad, meritocracia y propiedad privada sobre esos panes y peces menguantes que la izquierda sigue pretendiendo requisar, para repartirlos con generosidad entre todos, como un derecho preexistente que no dependa de logros, merecimientos, sudores o aptitudes. Para eso lógicamente se requiere una tiranía absoluta, el “hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando” del que se jactaba el Che Guevara en su discurso ante la ONU en 1964. Aquel romper huevos para hacer la tortilla atribuido a muchos, pero proferido por Walter Duranty, el corresponsal del New York Times, para defender el genocidio de Stalin y detallar sus bondades.

En una democracia actual, el dispositivo resulta más sutil, pero no menos siniestro. Porque si el Estado detenta la capacidad de última decisión, alimenta en su pesebre a los diversos servidores públicos llamados a ejecutar, verificar y bendecir sus acciones y, sobre todo, tiene la llave de cobrar impuestos de la forma que desee, ¿qué necesidad tiene de fusilar, confiscar propiedades o doblegar voluntades mediante el terror? La exacción que le permite esquilmar los recursos privados obtenidos con el desvelo de los particulares le basta y sobra. Igual que, al controlar o participar en un banco central provisto del monopolio de imprimir papel moneda a partir de la nada, tiene en sus manos un instrumento único para mantener sumisos e indefensos a esos mismos súbditos. Para robar ya no hace falta, como antaño, forzar la entrada en una casa, matar a los padres, mancillar a las hijas y arrastrar objetos pesados. Es mucho más limpia la presión fiscal. Sin que el ejército de crédulos repare en cómo se gasta su dinero, qué lujos, caprichos y delitos sufraga, qué coimas, mordidas y tajadas devenga. Porque decir lo público pone en éxtasis al contribuyente, insuflándole un hálito de bienestar y confianza.

Para robar ya no hace falta, como antaño, forzar la entrada en una casa, matar a los padres, mancillar a las hijas y arrastrar objetos pesados. Es mucho más limpia la presión fiscal.

¿Se explicará por ese camino la confluencia entre el capitalismo de Estado o socialismo y el capitalismo monopolístico del globalismo plutocrático? Porque comparten el mismo apego al poder total, idéntico desdén hacia las personas concretas, pareja aversión al mercado y al comercio no intervenidos, pasión por los ciclópeos designios estabuladores, odio a la libertad del prójimo. Y, cuando se trata de armar la propaganda, la demagogia, la educación y la cultura, los señores de Davos sin duda habrán reconocido la maestría y la pedagogía desarrolladas por la izquierda.

A los intelectuales les cabe el honor de fabricar ideología, falsa doctrina, buenismo abracadabrante, coartadas santurronas, moquetas para mandatarios. Son los que, siendo vividores, predican vidas virtuosas. Quienes, anunciando la verdad, embaucan con excelsa retórica. Los que, nadando en un océano de frivolidad, posan de graves. Claro que existen excepciones. Llamémoslos intelectuales anti-intelectuales. Sabios genuinos. Moralistas en serio. Pero lo tienen muy crudo. Tienen que permanecer más camuflados que Spinoza en aquella Holanda, y eso que era el país menos intolerante de la época. Porque a quienes se oponen a la doxa les saca los dientes y las garras una jauría de catedráticos, comunicadores, publicistas, “expertos”, escritores premiados y demás subalternos progresistas.

Son los que, al ser muchas más las madres que los padres que matan a sus niños, suscriben la urgencia de las leyes de género y la necesidad de humillar a los hombres y galardonar a las mujeres. Los que, por desacreditar la obra civilizadora del occidente blanco y judeocristiano, heredero de lo mejor de Grecia y Roma, justifican cualquier primitivismo sanguinario, como la crueldad azteca, o legitiman culturalmente la barbarie islamista y el trato musulmán a la mujer. Los que siempre tendrán algo bueno que decir de quienes ataquen la propiedad privada de “los otros”, mientras acumulan obscenos patrimonios personales. Los que por “salvar” la fauna, la flora, el clima, la capa de ozono, el eje de rotación terrestre y cuanto les dé por incluir en su jurisdicción, abogan por subir más los impuestos, restringir más las libertades e invadir hasta el tuétano las vidas privadas.

Pero dejemos por un rato a los intelectuales y vayamos a lo mollar. ¿Por qué se antoja tan aborrecible el liberalismo? Pues porque genera, de un modo honesto, natural y espontáneo, desigualdad. Léase, justicia social de la buena. Alguien más hábil, más esforzado, más brillante y más disciplinado siempre dará sopas con honda a quien adolezca de las lacras opuestas. Que esto no tiene que ver con la afluencia heredada, sino con el talento individual y si hay suerte con la herencia genética, lo corroboran esos zánganos que, en un pispás, dilapidan el capital familiar, según suele suceder. No, el problema son los que triunfan en buena lid, y son por ello envidiados hasta la inquina. Los demonizados tras la Revolución Industrial no son los aristócratas absentistas, sino los burgueses emergentes, que Marx compara con esas pústulas suyas, tan abundantes como molestas, cada vez que iracundo se estalla una ante el espejo. Nada cuenta que Deirdre McCloskey los haya entronizado como héroes sociales en su obra monumental, o que sea innegable la aportación de las clases medias ilustradas al avance de la humanidad. Lo que importa es que quien alguna vez haya realizado algo decente y cosechado éxito, riqueza o prestigio sea arrastrado por el fango, para halagar a la carne de cañón.

¿Por qué se antoja tan aborrecible el liberalismo? Pues porque genera, de un modo honesto, natural y espontáneo, desigualdad. Léase, justicia social de la buena. Alguien más hábil, más esforzado, más brillante y más disciplinado siempre dará sopas con honda a quien adolezca de las lacras opuestas.

220px joseortegaygasset 1

Ortega y Gasset publica en 1927 Mirabeau o el político, un espléndido opúsculo sobre grandeza política y defectos de carácter. El conde fue un político inmenso, un pensador de primera fila, un patriota providencial, que fracasó para desgracia de Francia. Mas fue igualmente un hombre colmado de tachas morales. Sus errores privados nada tienen que ver con su valía pública ni la condicionan, determina Ortega, porque son realidades distintas. ¡Qué contraste entre lo que era normal pensar, porque es una verdad como un templo, en la dictadura de Primo de Rivera, cuando los mejores intelectuales eran libres, críticos, abiertos y sagaces, y la gazmoña mendacidad de hoy! ¡Cómo no rememorar cómo se ha puesto en la picota a Plácido Domingo, para que los bajos instintos se desfoguen! ¿No es sensacionalismo barato para una plebe que ansía ser esclavizada?

libro 1 1

Terminaremos con Erik Ritter von Kuehnelt-Leddihn y su libro de 1952 Liberty or Equality. The Challenge of Our Times, que ha reeditado el Instituto Mises en 2014. En un solo tomo, que incorpora dos milenios de alta filosofía política, se resumen las disyuntivas. Libertad e igualdad son incompatibles de raíz, enseña este autor de erudición desbordante. Un liberal tomista. Y añade: la democracia no está para fervores ciegos. Puede un 51% de votantes decidir algo aberrante e imponerlo “democráticamente”. Y puede darse un dictador, como Primo de Rivera, bajo cuyo mandato no sólo florezcan las ciencias y las artes, sino que resplandezcan las libertades individuales, las vidas privadas, los patrimonios honrados, la opción de crear algo valioso sin verse saqueado, reprobado y cancelado.