El estrabismo moral


Si existe una novela silenciada, orillada y disimulada por parte de la ortodoxia progresista es 'Celia en la Revolución' de Elena Fortún

El pasado 29 de mayo de 2021 estuvieron en Astorga el Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, monseñor Marcello Semeraro, y una amplia delegación eclesiástica, al objeto de nombrar beatas a tres mujeres de la localidad de 41, 23 y 19 años de edad que, mientras trabajaban como enfermeras voluntarias de Cruz Roja, fueron torturadas, violadas y asesinadas por un contingente de milicianos al inicio de la Guerra Civil. Se trataba de una milicia ugetista compuesta por hombres y mujeres de parejos instintos, cuyos integrantes se conocen con nombres y apellidos. Además de vejar durante toda una noche y luego al alba acabar con la vida de las tres enfermeras, mataron a los enfermos y heridos a las que éstas cuidaban en un pequeño hospital de campaña en la parroquia asturiana de Pola de Somiedo, limítrofe con León. Obviamente el puesto no constituía objetivo militar alguno, sino apenas un objetivo para su desfogue. Las víctimas se llamaban Pilar Gullón Yturriaga, Octavia Iglesias Blanco y Olga Monteserín Núñez. Eran hijas de familias distinguidas y albergaban firmes convicciones religiosas. Concha Espina, la prolífica autora e intelectual, publicó en 1940 una novela al respecto titulada Princesas del martirio.

martires de somiedo
Mártires de Somiedo

Sin duda la noticia es relevante, sobre todo en un contexto en el que la ministra Irene Montero se ha permitido denunciar como “violencia política” una inofensiva y respetuosa broma de Marcos de Quinto sobre la vicepresidente Yolanda Díaz. ¿Hasta qué extremos se pueden imponer la ley del embudo, la ceguera sectaria y la perversión de la realidad? La propaganda atrabiliaria, el cálculo egoísta, la asimetría descabellada, ¿lo aguantan todo? Resulta evidente que la desmemoria, la ignorancia y la impiedad no cabalgan solas. Sino que van uncidas al desprecio a quien has designado tu enemigo y a la noción de que es legítimo cualquier atropello a la verdad que contribuya a su exterminio.

 Si existe una novela silenciada, orillada y disimulada por parte de la ortodoxia progresista es Celia en la Revolución, de Elena Fortún, que por “misteriosas” razones no estuvo accesible a los lectores hasta 2016, apareciendo gracias a Abelardo Linares y Andrés Trapiello, y de la que hay una nueva edición ampliada y revisada (Sevilla: Renacimiento, 2020). Y ello, pese a tratarse en más de un sentido de la más vívida, sincera e impactante recreación narrativa de la Guerra de España. ¿El motivo? Que Elena Fortún, una republicana que escribe esta obra en su exilio argentino en 1943, tras sufrir los tres años de contienda sometida a los terrores, el delirio y las vilezas que se dieron en la retaguardia, es más amiga de la verdad que de Agamenón, y cuenta con honestidad, pulso poético y contenida tristeza el terror revolucionario observado en primera persona. ¿Por qué preferimos la mitomanía y el embuste a que nos expliquen lo que sucedió? ¿Por qué, en vez de aprender de las tragedias para crecer moralmente, hurgamos en ellas con miseria, falsedad y saña?

celia en la revolucion

Un arraigado recurso en los artículos de prensa tendenciosos, o en los arranques de un sinfín de comunicadores verbales, consiste en escoger un titular y focalizar lo que se narra con una mirada selectiva que no se corresponde con la conclusión objetiva de una cadena de hechos. Es decir, desorienta al destinatario mientras transmite en apariencia algo verídico porque procede metonímicamente, haciendo pasar una parte por el todo, un aspecto parcial o temporal por el conjunto, o por su conclusión. Ello se utiliza con frecuencia para que aparezcan como inocentes las circunstancias culposas que se pretende camuflar, o para presentar como culposas conductas que a la postre son en esencia inocentes. De esta manera se blanquean crímenes, abusos y trapisondas, se manchan reputaciones de rivales perfectamente virtuosos y se conduce a lectores, espectadores y votantes por un camino que no se compadece con la veracidad, sino con los intereses del manipulador interesado.

Trasladado a eso que llaman la “memoria histórica”, lo que tenemos delante es una inagotable mina para fabuladores, obnubilados, agitadores y profetas de pacotilla. Si selecciono a los hablantes o portavoces para que me den un testimonio sensacionalista en longitud de onda de reality show, pueden llegar a tener bastante en común las “memorias históricas” de una famosilla necesitada de hacer caja para pagarle a Hacienda, la de un farsante como Enric Marco, quien llegó a presidir la Asociación Amical de Mauthausen y otros campos a partir de un victimismo completamente inventado, la de un perturbado mental que genuinamente se crea sus falsos recuerdos, la de una falsa agredida que busque venganza y recompensa económica o, naturalmente, la de cualquier ser humano decente y afligido que relate sin ataduras sus vivencias subjetivas. Y es que valerse de materiales de esta clase para fijar y aquilatar el pasado conlleva abrir una venenosa caja de Pandora, tanto por la sentimentalización escabrosa de acontecimientos posiblemente acaecidos, quizás discutibles, tal vez jamás ocurridos, como por la puerta abierta al engaño, la injusticia, la apropiación oportunista o el anacronismo.

enric marco con jordi pujol
Pujol y Enric Marco

La presumible superioridad de la historiografía sobre dichas “memorias históricas” se basa en teoría en su mayor objetividad, ecuanimidad, fiabilidad científica, etcétera. En que se le atribuye por defecto una especie de deontología de la veracidad. Pero si leemos con calma la última producción profesional de artículos, libros y tesis doctorales sobre la Guerra Civil española que vienen emergiendo del mundo universitario, nos percatamos de que en parte notable se comporta de forma similar. Así, sus enfoques y materiales escogidos son a menudo altamente selectivos, y sus interpretaciones, en no pocos aspectos sesgadas o torcidas, dan la impresión de constructos ideologizados, reacciones colmadas de prejuicios, ante una mancha de Rorschach. La contienda española, a muchos, no les ha enseñado nada bueno. No les ha enseñado arrepentimiento, empatía, autocrítica, respeto por el adversario, ponderación, perspicacia analítica, búsqueda de un progreso moral. Sino que les ha enseñado fanatismo, obcecarse en el sostenella y no enmendalla, indiferencia al dolor causado por los tuyos. Algo que no despeina al presidente Sánchez, puesto que le complace declararse admirador y emulador de Largo Caballero, el ridículamente denominado Lenin español, que es como si llamásemos a Marcial Lafuente Estefanía el Faulkner español.

Pero acaso esto sea hilar demasiado fino. Quizás la principal motivación de más de un político al uso sea el tiempo que calibra logrará estar en el poder, las prebendas y el incremento de patrimonio potencialmente aparejados y el modo de estirar el chicle de su disfrute el mayor tiempo posible. La mano de obra venal e indispensable para tales operaciones son ciertos intelectuales, periodistas, catedráticos, asesores y gurúes.  Quienes estarán encantados de hacer cada uno su aportación, cobrarla si se puede a precio de oro, y encogerse de hombros con altanería ante su papel de cooperantes.

Agrada el rumbo que están tomando algunos escritores, científicos y pensadores que, en 2002, gobernando Aznar en plena democracia, se alinearon bajo el pomposo rótulo de “desafectos al régimen que apoyan la huelga revolucionaria”. Y todo, agarrémonos las meninges, porque el gobierno de entonces pretendía reformar el subsidio de desempleo. Hoy han abandonado su infantilismo progresista hasta el punto de abrir los ojos, recapacitar y darse tardíamente cuenta de que el peligro, hoy como en febrero de 1936, reside en la demagogia antidemocrática. Perorar sobre revolución, en 1934 o en 2002, es despreciar la democracia parlamentaria y la legítima autoridad gubernamental. Es lamentable que forofos de esa laya ataquen a un Trapiello, un Savater o un Félix de Azúa y los motejen de fachas. Pero tampoco conviene olvidar el influjo de la floreciente tribu que, desde ese gremio, consagrara lustros de sus vidas a promover la frentista deriva española que nos ha traído hasta aquí, pastando con aprovechamiento en los prados de la “corrección política”.

andres trapiello
Andrés Trapiello

¿Y qué decir de los políticos socialistas y comunistas que, estando ya felizmente retirados, se rasgan las vestiduras ante lo que llevan a cabo sus continuadores más recientes? ¿No dibujan Felipe González y Juan Luis Cebrián en ese mismo 2002, en su libro El futuro ya no es lo que era, una hoja de ruta para combatir los gobiernos liberal-conservadores en la que la única fórmula de triunfo para la izquierda es su pacto con el separatismo identitario? ¿A qué viene quejarse si, cuando juegas con fuego, acabas quemando tu casa?

Con todo, la responsabilidad final no está arriba, sino abajo. El ventajismo, la visceralidad, el desdén, la apatía y el ombliguismo laten en reconocibles sectores del pueblo llano, como la intransigencia y el gregarismo impregnan un segmento visible de los docentes o la frivolidad y la hybris suelen ser ornamento de artistas y popes culturales. ¿Cómo entender que Casado, buscando hacer amigos, tilde en su reciente entrevista en el Financial Times a Franco de fascista, y por extensión atribuya el epíteto a los millones de españoles que agradecidos comprendieron su severa medicina? A este aspirante a gobernar el país, por despistado que ande, no se le puede escapar el dato de en qué dirección empuja, y a costa de qué.

 

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