Elecciones en Madrid


Es emocionante el énfasis que ha cobrado la noción de libertad. La izquierda quiere imponer socialismo, comunismo, estatismo, control, extracción fiscal, paternalismo...

Se diría que las personas corrientes poseen criterios, posturas, convicciones sobre las distintas cuestiones, y que los políticos tratan de averiguar qué es lo más popular y demandado para diseñar productos ideológicos y mensajes electorales que sirvan a esa demanda.

Realmente a menudo es al revés. Son los partidos los que a veces inventan ficciones innecesarias, queriendo fabricar nuevas necesidades para sus clientelas y jugando con sus ilusiones. Los consumidores son como esos niños que eligen un equipo de fútbol para poder presumir de que son forofos de sus colores, y mantienen luego esa pauta de adultos.

En España, la simpatía hacia una fuerza o tendencia política no se limita a una adhesión de base a un programa, a una visión del mundo o a unas directrices. En esencia es antes bien oposición a un enemigo designado. Como cuando, más que ver ganar al Barcelona, quieres ver perder al Real Madrid. Sin importarte demasiado las trampas, lo que es justo o los errores arbitrales.

Por eso, la configuración del mapa político supone ante todo una amalgama de odios, vetos, prejuicios y antipatías. Lo principal es que no gobierne fulano, que ese a quien detestas no tenga éxito consiguiendo cosas positivas para el país o para la sociedad, como montar un hospital, mitigar el paro o mejorar el nivel de vida global.

Estas elecciones madrileñas no han sido diferentes en este sentido, aunque tal vez hayan concurrido algunos matices distintivos. Por ejemplo, el talante negativo, llamémosle cainita, no ha sido simétrico o equidistante, sino patrimonio primordial de la izquierda. Una izquierda que no sólo se sabe perdedora, sino rechazada por la inmensa mayoría de la clase trabajadora y que es sabedora de que ello sucede por razones objetivas. Esto dañará posiblemente su autoestima, incrementará su resentimiento y dudamos que reduzca sus niveles de agresividad e intolerancia.

Es emocionante el énfasis que ha cobrado la noción de libertad. La izquierda quiere imponer socialismo, comunismo, estatismo, control, extracción fiscal, paternalismo, proteccionismo, dirigismo, reglamentación de todos los aspectos de la vida, etc. Mientras que la derecha pretende mayor emancipación, independencia, autodeterminación individual, privacidad. Más espacio para que respire, actúe y se desenvuelva la persona, y menos sometimiento a instituciones, organismos e instancias administrativas, habida cuenta, sobre todo, de que sus responsables no son precisamente respetables, ni vienen observando una conducta virtuosa, competente y ecuánime.

Otro hecho interesante, en el que Madrid puede alumbrar una nueva tendencia, es el deslizamiento tremendista, casi histérico, al radicalismo nominalista y al terrorismo verbal en la izquierda. Mientras el país vegeta, como suele, en un hedonismo pancista, en una frivolidad mediocre y en una incultura galopante, y ello con independencia de la crisis económica, la pandemia, la corrupción y la pésima clase política, algunos se han comportado como si estuviéramos en la antesala de 1936. La izquierda no ha cesado de hablar de fascismo y de nazismo, atribuyendo estas etiquetas a un enemigo amplísimo, que está por doquier. Nunca un poder mediático, político y cultural tan monocolor y de proporciones tan envolventes ha invertido tantísima labia en denunciar lo amenazado que se siente por algo tan fantasioso e inexistente. Porque lo que llama fascismo y nazismo es apenas el que los hechos y las percepciones del ciudadano normal le recuerden sus mentiras y sus trapisondas. Lo que llama fascismo y nazismo es pura y exclusivamente su pánico a perder las mieles del mando, quedar en evidencia por sus propios fallos y caer en el más rotundo de los desprestigios.

Este radicalismo verbal hace tiempo que es extravagante, como si imitase al más chusco y procaz de los programas del corazón. Claro, si los partidos de centroderecha, como PP y Ciudadanos, han hecho suyo el ideario socialdemócrata, ¿qué le queda al PSOE sino escorarse, en su propaganda y retórica, a algo parecido al eurocomunismo de Carrillo, aunque sin su patriotismo español, pues necesita dorar la píldora a los separatismos etnicistas y antiespañoles? Esto fuerza a la izquierda podemita y a sus comunismos posmodernos a identificarse con Maduro, la ETA y el FRAP, porque hacerlo con Pol Pot quedaría exótico. Y hace que todos los partidos califiquen a VOX de “extrema derecha”, cuando sus actitudes son las de una democracia cristiana de toda la vida.

Ayuso ha tenido el instinto, la intuición, la perspicacia y el coraje de captar el sentir de los madrileños. Ella es Madrid como Francisco Vázquez fue La Coruña o Abel Caballero es Vigo. Marcas y símbolos morales más fuertes que sus partidos. Su tirón no nace del seguidismo rutinario a unas siglas, sino de la identificación con un liderazgo concreto, pragmático, en el presente. Iglesias ha transmitido una aureola de casta, doble moral y privilegio, y Díaz Ayuso ha sugerido aire fresco, sinceridad y sociedad civil. Quién se lo habría dicho a los del 15-M.

Puede que estas elecciones anuncien la llegada de otra España que se mueva más por intereses positivos que por fobias rencorosas. Qué duda cabe de que la izquierda podría aprovechar la experiencia para aprender, lavarse la cara, cambiar de jefes, modales y conceptos. Si esto ocurriera, tal vez ayudase a Casado a coincidir más con el sentir de su electorado.

En política, el Cui prodest lo es todo. ¿A quién beneficia el divorcio entre Casado y Abascal? Obviamente no al centro derecha español, sino a otras fuerzas y a otros sectores. Ayuso puede quebrar esa dinámica, al demostrar que se conquistan más éxitos en política escuchando al pueblo y contribuyendo a su bienestar práctico y tangible que haciendo lo contrario. Que convence más la espontaneidad honrada y bienintencionada que las purpurinas superpuestas de la simulación y el falso brillo.

Los madrileños han votado a Ayuso porque saben que no comparte con Casado la descalificación de VOX. El cordón sanitario de Casado a VOX lo asemeja a un Sánchez en declive y a un Ciudadanos que se ha estrellado. Ello contrasta con el acento que ha puesto Ayuso sobre la libertad. Libertad de la ciudadanía, libertad para gestionar el covid, libertad para bajar impuestos, libertad para apoyar la hostelería y el pequeño comercio, libertad, en suma, para decidir cómo actuar con sentido común en su parcela de responsabilidad. En esto Ayuso ha conectado directamente con la gente, se ha mostrado liberal y no socialdemócrata, tal una nueva Mariana Pineda.

La debacle de Ciudadanos es una buena noticia. No porque se suicide un partido, ni porque no sería útil haber tenido, en el plano teórico, un partido bisagra y centrista al estilo de lo que fueron los liberales alemanes o británicos. Sino porque ilustra con ejemplaridad que confundir mediante trayectorias erráticas a tus electores no trae cuenta. Les pasó primero en Cataluña y ahora les pasa en Madrid. Es curioso que, con el tiempo, los hechos hayan dado la razón a Rosa Díez, cuando no quiso maridarse al suflé de Ciudadanos, y lo pagó bien caro. Arrimadas y sus brujos visitadores de La Moncloa se cayeron con todo el equipo tras el fiasco murciano de Iván Redondo, y parece que ha habido justicia poética. Por lo visto, el observador ordinario no es tan tonto. Y si le cambian el sabor al refresco, está en su derecho a dejar de comprarlo si el fabricante lo desprecia, fiado en exclusiva del nombre y la etiqueta.

Que los seguidores cambien de opinión es más fácil, sin duda, con un partido de derechas que con uno de izquierdas. El votante del primero es más exigente, más de ensayo y error, mientras que el de segundo suele tener la fe del carbonero, está más fanatizado y es más ciego en su obediencia.

Otro hito novedoso posiblemente sea la pérdida de credibilidad por parte de medios de comunicación, columnistas, opinadores, intelectuales, astros de la cultura y sedicentes expertos. Su pesebrismo ha resultado ser inseparable de su mediocridad. Es lo que trae haberse vendido tan baratos y haber encumbrado a seres como Sánchez o Iglesias. Si esos son las luminarias a las que adulan y obedecen, los méritos propios que pudiesen haber acreditado anteriormente quedan forzosamente contaminados y en entredicho. Las majaderías de cierto escritor y su señora anulan cualquier posible bondad suya, porque la mendacidad y el seguidismo del mal son un tóxico tan corrosivo como el chalet de Galapagar o las loas al pintoresco Pablo Hásel.

VOX, por su lado, cosecha los frutos de un trabajo digno y esforzado. De cara al futuro, lo que ha de hacer es evitar cometer errores, no caer en provocaciones ni dejarse arrastrar al fango, para centrarse en su discurso moderado, democrático, serio y constitucional. Si defiende la libertad de conciencia, la autonomía individual, el imperio de la ley y los valores occidentales, tiene hecha buena parte del trabajo. No precisa desmentir los sambenitos que le cuelgan, aunque habrá también de no dar pie a ninguno con alardes que son innecesarios. Su cantera futura de votos y de apoyos son aquellos ciudadanos envenenados y abducidos por una manipulación colosal que ha impregnado hasta el tuétano las mentalidades.

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