De Pérez Henares a Sainz Borgo


El buenismo, por su parte, luce el diseño pinturero y seductor de cualquier producto satánico

El mundo atraviesa uno de sus típicos ciclos de mutación y conflicto, nihil novum sub sole. Obviamente, con novedades que dejan el venidero desenlace abierto y tal vez desplumen a más de un tahúr que se ha olvidado del Eclesiastés. Se acelera por ejemplo la rivalidad entre unas empresas privadas poderosas y transnacionales que emiten instrucciones y regalan consejos como si su cometido fuese gobernar a los ciudadanos y dirigir el planeta, y unos organismos nominalmente públicos, de carácter nacional e internacional, con una creciente sombra de irresponsabilidad política, indigencia técnica y turbiedad moral. ¿Quién será nuestro Gengis Kan? ¿Cabalgará a lomos de la corrección política, el cambio climático, la cancelación del varón blanco culto, padre de familia, emprendedor y heterosexual? La historia humana lo es con frecuencia por desgracia de la hybris, de los apetitos desaforados de poder y sus consecuencias. ¿Hoy en día quién asusta más, Gates o Xi, Putin o Zuckerberg, Kamala o Rockefeller? Cuesta elegir, porque ambos polos buscan la imposición colectivista desde premisas ideológicas que se nos antojaron antitéticas y no lo son. La tecnología, lejos de emanciparnos, nos ha esclavizado, como previera Theodore J. Kaczynski, que cumple cadena perpetua por sus atentados. Es un castigo que merece, aunque no lo merezcan sus ideas. Como no merece que Google lo empareje a Charles Manson y Ted Bundy, aunque se comprenda la intención.

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Kaczynski ‘Unabomber’

El buenismo, por su parte, luce el diseño pinturero y seductor de cualquier producto satánico. No obstante, el covid-19 y su gestión son vistos con reducida credulidad teleológica por la intuición popular. No pocos los suponen un apaño de las fuerzas globalistas, llámense Davos, Naciones Unidas, OMS, FMI y ese abanico de redes de poder oculto. Para ellas trabajan con entusiasmo cuantos cayeron con su muro en 1989 y ahora han sido reciclados y reenganchados por los amos, dada su pasión por arremeter contra la libertad individual, la propiedad privada, la economía de mercado, la información sin censura, la seguridad jurídica y la meritocracia. Aludimos a nuestros otra vez farrucos y motivados progresistas: socialistas, comunistas, “ecologistas”, antifas, “feministas”, “antirracistas”, animalistas, autoerigidos defensores de las minorías (las que interese designar por la ley del embudo y no otras, claro), etc. De remate, muchos de quienes deberían defender el auténtico bien y los valores auténticamente nobles, léase artistas, pensadores, comunicadores, intelectuales, educadores, “expertos” de toda laya, han descubierto que prosperan mucho más sirviendo a las satrapías hegemónicas y que desagregarse del rebaño no compensa, así que han dejado para otro eón su misión de esclarecer, criticar y decir la verdad.

España, por su lado, repite las recetas conocidas. Nos debatimos entre imitar cómodamente lo realizado con anterioridad en el extranjero y el Duelo a garrotazos de don Francisco de Goya, aunque los protocolos actuales sugieran antes bien el clásico intercambio de patadas bajo el agua de un partido de water-polo. Ya casi no nos acordamos de cuando, bajo Rodríguez Zapatero, nos ubicaban en una Champions League de nuevos ricos, atando los perros con longanizas, arrejuntando civilizaciones e impartiendo lecciones por doquier. Pero de aquella frivolidad intonsa, vino este desahucio. Lo explica con más elocuencia que nadie Antonio Pérez Henares en su reciente Tiempo de hormigas (Barcelona: Penguin Random House, 2021), libro que porta un bello subtítulo: De la importancia de hablar con libertad y sin miedo sobre lo que está ocurriendo hoy en España.

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Chani Pérez Henares es uno de nuestros periodistas más capaces, además de hábil novelista histórico y un fedatario de los hechos, pasados y presentes, de rara honestidad. Militó en el Partido Comunista varios años cuando ello comportaba riesgo, fue encarcelado en unas cuantas ocasiones, colaboró brillantemente en los más relevantes medios de comunicación durante décadas y ha pergeñado obras estupendas sobre temas diversos, de los que destacamos la gesta americana de nuestra nación. La última, muy pertinente, versa sobre el andaluz Alvar Núñez Cabeza de Vaca (Cabeza de Vaca. Barcelona: Ediciones B, 2020). Ciertamente conmueve el modo en el que Chani se ha dejado invadir por el dolor de España, por una redoblada vocación de mirar y describir con imparcialidad, así como por un sentido compromiso con su tiempo, su país y sus contemporáneos; algo que pudo ser menos extraño en otras etapas, pero que en la actualidad es providencial. Este ensayo, digámoslo alto, implica a cry from the heart. Viene a ser exactamente lo opuesto a la soberbia biempensante y bien pagada de un Muñoz Molina o un García Montero, quienes acaban de declarar que la comunidad de Madrid, al no ser administrada por su cuerda política, llevaría más de un cuarto de siglo siendo un infierno, como buscando superar a su colega David Torres, el escritor que acababa de asimilar el liberalismo gobernante en Madrid a los verdugos que mataban en Auschwitz. La cursilería de su tremendismo carece de rivales. Con voceros de esta calaña liderando la cultura oficial, naturalmente que es obligatorio “hablar con libertad y sin miedo”. Y expresar admiración y gratitud al que, contra viento y marea, renuncia a ser consentidor de tan atroz mandarinazgo.

Tiempo de hormigas constituye un repaso a una generosa selección de las plagas que sufrimos a manos de liberticidas, manipuladores, fanáticos y socios fervorosos de esa vasta cofradía a la que Carlo Maria Cipolla, el gran historiador económico, dedicara la segunda parte de su impagable Allegro ma non troppo (Barcelona: Crítica, 2007). Entre las mismas encontramos la desconstrucción chabacana e infantil de la historia de España, la negación del país y de sus colosales logros, la infundada idealización y falsificación de la dominación musulmana, los embustes relativos a la conquista de América y a la Inquisición, el declive y la progresiva prostitución de los medios de comunicación nacionales o el estímulo suicida a cuantos separatismos con identidad de pacotilla se vienen utilizando para minar las bases de nuestra longeva existencia como pueblo universalmente reconocible. Ello se complementa, amén de con apuntes sobre los eventos de política contemporánea vividos en primera línea por el cronista, con capítulos sobre el mal llamado feminismo, las políticas sexuales y sus repercusiones jurídicas (sin obviar las campañas calumniosas contra hombres inocentes), la caza y el amor a los animales y, en fin, el consabido catálogo envolvente de cuestiones que dan pie y bula para someter al ciudadano a un acoso cada vez más ofensivo, adocenador y asfixiante.

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Si de la versión española de los aires que circulan optamos por pasar a la versión venezolana, por tratar de entender por qué no pocos políticos patrios se esfuerzan con tamaño denuedo por cultivar lazos y por hacer negocios con el régimen chavista, a la par que contribuyen decisivamente a su fortalecimiento y, en ocasiones, no se sabe si con sinceridad o con cinismo, lo postulan como nuestro modelo ideal de futuro, tenemos los libros de Karina Sainz Borgo. Caraqueña de 1982, lúcida columnista del diario digital Vozpópuli, donde cubre tanto la política nacional como el panorama de la cultura, nos ha confiado hasta la fecha dos novelas. La hija de la española (Barcelona: Penguin Random House, 2020) es una estremecedora fotografía, dentro de los confines de la ficción, de lo que viene siendo la vida cotidiana bajo la tiranía del comunismo caribeño. Compuesta con aplomo, madurez y una economía expresiva que no excluye entrañables joyas léxicas, dibuja una realidad mucho más dolorosa e injusta para la población venezolana de la que acertaría a plasmar un buen documental. Es una obra breve, hermosa y triste, que ha sido con justicia receptora de un notorio éxito internacional. El Tercer País (Barcelona: Lumen, 2021), por dejar constancia de ella someramente, se aleja de la criminal brutalidad del régimen de Maduro para explorar un territorio más inasible e imaginario, afín a Rulfo y García Márquez. Una novela original y de categoría, sensible hacia la problemática de la emigración y el desamparo, a cargo de una escritora que da palpitación y lustre a nuestras letras.