Para ahondar en San Juan de la Cruz


En la humilde experiencia de quienes nos iniciamos en las humanidades universitarias hace cerca de medio siglo, y en especial si lo hacíamos desde la capital de España, Barcelona era una tierra de promisión. Amen de constituir una contraparte exótica al orden castellano, que nos atraía por su alegría de vivir y unos aires de rara libertad que ha descrito con esa sinceridad suya Federico Jiménez Losantos en La ciudad que fue (hay una reedición de 2019 en La Esfera de los Libros; el original es de 2007), suponía un evidente polo de irradiación cultural. No sólo era la mítica localidad que habían escogido como residencia algunos de los más célebres autores del boom latinoamericano, amén de la cuna de no pocos autores que en ese tiempo admirábamos, de Enrique Badosa, los tres hermanos Goytisolo y Enrique Vila-Matas a Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Salvador Pániker o Manuel Vázquez Montalbán. Sino que constituía el centro de la industria editorial nacional, el lugar donde Castellet y sus Nueve novísimos habían cambiado el programa estético-político de la poesía española liberándola de aquel plúmbeo “realismo social”, el entorno cosmopolita que había dado un rutilante Pere Gimferrer, al principio Pedro, quien ya en 1970 se había pasado al catalán como lengua de creación y con cuarenta años era académico de la RAE.

Ello se correspondía, en el ámbito de la filología española, con magníficos catedráticos y eruditos como Martín de Riquer, Francisco Rico, los dos hermanos Blecua e tutti quanti, que a su vez produjeron excelentes continuadores del calibre de Rosa Navarro Durán, famosa por su heroico batallar en torno a la autoría del Lazarillo, y un larguísimo etcétera. Y es que Barcelona era mucha Barcelona, a la hora de localizar expertos enamorados de la cultura española, dedicados con esmero y profesionalidad a su cuidado. Si uno quería profundizar, por ejemplo, en los prodigios de Tartessos, más allá de los trabajos pioneros del francés Jorge Bonsor (en realidad George Edward Bonsor Saint Martin) o del alemán Adolf Schulten, tenía que acudir a arqueólogos barceloneses como Joan Maluquer de Motes o María Eugenia Aubet. Y así en tantas parcelas. Es por tanto una paradoja peculiar que el territorio que hoy ejerce como punta de lanza en la aniquilación de la grandeza patrimonial de España fuese, no hace tanto, uno de sus más consistentes baluartes.

Claro que, en los años ochenta, uno notaba también que Barcelona iba a la cabeza en la propagación de tendencias que los liberales hoy tenemos por disolventes y letales, pero que entonces parecían poseer el gancho de la moda alternativa y de la novedad importada. Si encima procedían de Inglaterra, Estados Unidos, Canadá o Francia, los profesores jóvenes del mundo entero se convertían en rebaño, como si fueran bodas colectivas de la secta Moon, al nuevo paradigma feliz. Hablamos, por supuesto, del multiculturalismo y del posestructuralismo, del posmodernismo y la deconstrucción, de los malhadados fetiches académicos que acabarían siendo el cáncer de los estudios culturales, al propiciar, so pretexto de matar al padre, “democratizar” lo indemocratizable o derribar el canon, en un quítate tú para ponerme yo, una devaluación imparable de saberes, contenidos, hitos sobresalientes, logros y capacidades. Aunque su fin último es implacablemente político, de conquista de un poder total, como corroboraremos en nuestra pincelada final.

De momento, vamos con Lola Josa, muestra brillantísima de que Barcelona aún es capaz de producir la mejor filología española, en virtud de una escuela del talento, la precisión y la exigencia que, por lo que ella nos enseña, continúa viva. Admirábamos unas cuantas virtudes en esta atractiva investigadora especialista en el siglo de oro, con énfasis en la poesía barroca, la musicología relevante a los cancioneros del periodo y el teatro clásico, lo mismo que sabíamos de su consagración al estudio de la obra de Juan de Yepes, un empeño que aún dará resultados de alto valor. Pero no podemos sino quitarnos el sombrero ante el precioso volumen que acaba de regalarnos. Nos referimos al Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz. Nueva edición de Lola Josa a la luz de la mística hebrea (Barcelona: Lumen, 2021). Que la edición esté dedicada a Ramón Andrés, ese sabio navarro afincado en Barcelona que es uno de nuestros más agudos hermeneutas de la poesía, el pensamiento y la música, es por completo adecuado, pues Josa, como él, nos reconcilia con cuantos valores del espíritu siguen siendo susceptibles de darnos luz, calor y cobijo.

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El gran arte, las realizaciones más sublimes de la genialidad humana, aun estando supuesta y materialmente accesibles, necesitan un marco, un aura, un espacio de sacralidad, al igual que se benefician de un acompañamiento informado, cabal y erudito. No es lo mismo escuchar la Winterreise en cualquier buena versión hallada en la red que hacerlo tras leer el espléndido libro del tenor británico Ian Bostridge, “Viaje de invierno” de Schubert. Anatomía de una obsesión (Barcelona: Acantilado, 2019). Pero lo que Lola Josa lleva a cabo, siendo encomiable la aportación del cantante citado, es de otro nivel. Es una exégesis pulcra, delicada, a pie de texto y, sobre todo, ecuánimemente comprensiva, que describe las penalidades del Descalzo, las condiciones de privación carcelaria bajo las que se gesta esta inaudita secuencia lírica y, por descontado, los nexos ineludibles con la Cábala, el judaísmo patrio, el protestantismo bíblico español y, en general, ese misticismo esotérico cuya elucidación habría hecho las delicias de Leo Strauss, el poliédrico y eximio politólogo que sintetizó el asunto en su ensayo La persecución y el arte de escribir, impreso originalmente en 1952. Degustar y asimilar a San Juan de la Cruz de la mano de Lola Josa es un placer neto, una experiencia sin igual, que aquí recomendamos vivamente. Complementan el volumen otros materiales utilísimos aparte de la introducción, el facsímil del Canto Espiritual y los certeros comentarios a las canciones, tal son diversos elementos cabalísticos y hebreos de consulta y una bibliografía selecta.

No pondría quien suscribe el acento, al respecto del carmelita de Fontiveros (y algo semejante cabría alegar en relación a Fray Luis de León), en los errores, la intolerancia o el dogmatismo de nuestra Iglesia Católica. Con ser reales y estar reconocidos por la misma, son mucho mayores la decencia de su rectificación o su nobleza de partida, con independencia de que en un colectivo tan rico, inmenso y complejo puedan espigarse los casos y los sucesos más diversos. Lola Josa sabe y demuestra que aún hemos de aprender bastante más sobre hebraísmo para entender nuestra mejor poesía religiosa o secular (ahí tenemos la magnífica poesía del judío montillano Miguel de Barrios, un vate comparable a Góngora, que como Spinoza tuvo que exiliarse en Holanda). Pero subsiste el hecho de que San Juan de la Cruz es un santo católico canonizado en 1726, y que las aportaciones de clérigos católicos a la puesta en valor de su figura son genuinamente estimables. Y en lo que atañe al protestantismo, seguro que no está para dar lecciones de apertura mental o de supremacía estética. Basta comparar la música de la reforma con la de la contrarreforma para ubicarse. ¿O no hay una mayor celebración, más exuberancia vital, en compositores católicos como Palestrina, de Cavalieri, Monteverdi o Scarlatti, que en los no menos exquisitos, pero más severos, Tallis, Byrd, Buxtehude o Schütz? Por consiguiente, está de más y es torpe incurrir en anacronismos demagógicos. Algo que, a no dudar, no se le ocurre a Lola Josa.

Diferente es el problema, y no nos alejamos de Barcelona, si echamos un vistazo a otra joven profesora universitaria, esta vez de la Pompeu Fabra, que responde al nombre de Nausikaä El-Mecky. Doctorada en la Universidad de Cambridge e historiadora del arte, detenta un historial internacional notable y declara en su página web que su campo investigador primordial es la censura y la destrucción de obras artísticas de la antigüedad hasta hoy. Benemérito enfoque, barrunta uno antes de empezar a analizar sus publicaciones, pensando sobre todo en el Próximo Oriente, las actuaciones del ISIS y, de remate, en las persecuciones ideológicas que sufren museos, ciudades, planes de estudios y demás. Empero, se trata de lo diametralmente opuesto. El-Mecky es una teorizadora del abatimiento de estatuas, de la destrucción de monumentos, de la reescritura de la historia, de la cancelación. Su idea motriz viene a ser que la versión establecida de la historia y su plasmación cultural silencian y desplazan otras versiones, otras posibles plasmaciones culturales, por lo que es comprensible, según ella, que los que no triunfaran en el pasado sean ahora resarcidos mediante la aniquilación de los que sí lo hicieron. Que este mensaje, esta actitud, esta doctrina posean respetabilidad universitaria y reciban su correspondiente recompensa salarial, con dinero público, da que pensar.