Desmemoria histórica, travestismo ideológico y farsa académica


Nosotros, a lo que parece, seguimos harto lastrados por la mala literatura, la ignorancia, la propaganda y la superstición irreflexiva

En mayo de 1966 se publica en España un volumen curioso. Tiene 141 páginas, una llamativa portada roja y abundantes fotografías. No constan la editorial, la fecha o el lugar de impresión, ni tampoco se consigna depósito legal, por lo que se trata a todas luces de un impreso clandestino. Se titula Los Nuevos Liberales. Florilegio de un ideario político y contiene un encarte, también de un rojo vivo, que proclama en negrita: “¡¡MUY IMPORTANTE!! En la edición de este libro se han omitido por olvido esos pequeños trámites burocrático-dictatoriales que nuestros lectores sobradamente conocen. Por ello, amigo lector, trátalo con cuidado y discreción, difundiéndolo sí, pero atinadamente, en favor de quien así ha osado publicar un pequeño librito, contando algunas verdades.” Quien sienta curiosidad todavía puede adquirir un ejemplar perfectamente conservado en librerías de viejo, por unos 12 euros, de modo que la tirada debió de ser generosa.

Su prólogo, titulado “Aviso a los navegantes”, no tiene desperdicio. Tras señalar que “durante los últimos treinta años, los españoles hemos padecido muchas cortapisas y restricciones en nuestras libertades”, manifestando que “tal vez esto se deba a que no siempre supimos hacer buen uso de ellas durante los períodos anteriores”, se aventura que la ciudadanía ha de estar abocada “al final de esta etapa, tanto por razones políticas y sociales como por el simple fenómeno de la edad de cierta persona”. Igualmente se apunta que, con todo, han ido aflorando algunas libertades intelectuales y políticas en el discurrir de la posguerra, y que es justo en esa coyuntura cuando los genuinos liberales que el anónimo prologuista dice representar descubren, para su diversión y regocijo, “la súbita y ardorosa conversión al liberalismo de quienes fueron los más fervientes campeones del totalitarismo”; y que, así las cosas, “hoy vemos cómo la picaresca española, que adoptaba ayer formas totalitarias, se apresura a vestirse ahora con galas liberales para complacer a la libertad que llega.” Desde luego no cabe negarle transparencia y veracidad a un clima en el que alguien puede expresarse de esta guisa.

Pero dicho y hecho. Porque tras esta descripción de las primeras tres décadas de franquismo, de su naturaleza y sus causas según la sintética visión de su autor, lo que sigue son las semblanzas de seis relevantes personajes públicos, que se ubican en el epicentro de la vida cultural española, y lo seguirán estando hasta su fallecimiento, ya bien avanzada la democracia: Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, Santiago Montero Díaz, José Luis López Aranguren, José Antonio Maravall y Antonio Tovar. Van dichos capítulos individuales cada uno provisto no sólo de una somera glosa biográfica, sino de elocuente material fotográfico, sabrosos pasajes de textos propios publicados y no menos reveladores recortes de prensa. De los cual se desprende, con exhaustiva objetividad, una imagen escasamente halagüeña de los susodichos; toda vez que no sólo adulan a Franco bastante más allá del ridículo, la cursilería y la sumisión más enfática, sino que desbordan entusiasmo por Mussolini, Hitler y el privilegio de marchar a la guerra con ellos, anhelo que difunden animosamente.

El problema es que, cuando aparece este opúsculo, los citados señores están pomposamente adscritos a la oposición antifranquista interior, y de hecho encuadrados en el llamado CLC o Congreso por la Libertad de la Cultura, junto a otras luminarias nacionales como Manent, Ferrater Mora, José Luis Cano, Tierno Galván y un larguísimo etcétera. Dice poco del supuesto ambiente de represión franquista el que los miembros del Congreso por la Libertad de la Cultura se reúnan de inmediato en protesta airada, se planteen organizar como desagravio un “banquete monstruo” (que Laín piadosamente rechaza), promuevan un manifiesto de protesta con doscientas firmas y acusen al Ministerio de Información de Manuel Fraga de haber lanzado lo que denominan un libelo. Un libelo ciertamente es, si por libelo entendemos un “libro pequeño escrito para criticar y difamar a una persona”. Pero en modo alguno es un libelo en la acepción segunda del término, la de “escrito falso y difamatorio”, pues cuanto se aporta en Los nuevos liberales resulta irrefutablemente cierto. Tan verídico y documentado como son rematadamente falsos los Protocolos de los Sabios de Sión, el panfleto antisemita que viene a ser el catecismo de tantísimos, entonces igual que ahora.

Pero Fraga Iribarne, si es el promotor de la iniciativa, tendrá con ella la misma falta de fortuna o de tino que una década más tarde, cuando Juan Luis Cebrián logre contra pronóstico arrebatarle toda influencia en la consolidación del diario El País, y nombres como los citados puedan vengarse cumplidamente de él, al verse entronizados por Polanco como intelectuales progresistas, adalides de la libertad y sufridos opositores al fascismo. Y alimentando, con su influjo y su presencia pública, el engorde del relato y del fantástico conjunto de mitos de nuestra historiografía contemporánea. Lo ha vuelto a reconstruir recientemente Luis Balcarce en PRISA. Liquidación de existencias (Madrid: Akal, 2018), pero es algo que ha vivido de primera mano quien tenga edad, pesquis y capacidad de observación para reconocerlo.

Por si este cambalache político-cultural no fuera poco, se ha de recordar aquí por qué el Congreso por la Libertad de la Cultura, o Congress for Cultural Freedom, en cuyo comité español habían ostentado prominencia los mencionados personajes, pero que en realidad era una vasta red internacional, implantada en una treintena larga de países y que agrupaba a la flor y nata de la más eximia intelectualidad, se extinguió súbitamente en 1977, para caer en un olvido interesado. El motivo es que entonces no pudo silenciarse por más tiempo que era una organización sufragada y dirigida por la CIA a golpe de talonario, para contrarrestar los esfuerzos soviéticos, no menos primorosamente financiados, y no menos surtidos de escritores, profesores y sabios en nómina, para desempeñarse en la actividad propagandística contraria. Nada muy distinto, en efecto, al lucrativo y vanidoso vedetismo que había caracterizado a los intelectuales en los famosos años treinta, a quienes Julien Benda hubiese antes dedicado su celebérrimo La trahison des clercs en 1927.

Jacques Doriot / Foto: Wikipedia

Quien se haya asomado mínimamente al panorama ideológico de esa década sabe, por descontado, que fascismo y comunismo eran tanto competidores como hermanos de leche, que se abrazaban y combatían entre sí con invariable devoción. Figuras intelectuales de primer orden, de André Gide a Curzio Malaparte, podían adoptar con poco tiempo de diferencia una u otra filiación indistintamente. Y todo un Secretario General de las Juventudes Comunistas de Francia, el obrero metalúrgico Jacques Doriot, llegó a servir como oficial nazi en la Waffen-SS. La pasión de los unos hacia los otros era mutua, intensa y en ambas direcciones. Ardengo Soffici, por ejemplo, el relevante artista y pensador mussoliniano, confesaba en junio de 1944 su admiración y afecto hacia Stalin, declarando que, si los fascistas resultaban derrotados en la guerra, se unirían sin la menor vacilación al comunismo (véase Alastair Hamilton, The Appeal of Fascism. A Study of Intellectuals and Fascism 1919-1945, entre otras muchas fuentes).

Como no es posible aquí entrar en las trayectorias de cada uno de estos “liberales” españoles, que apenas son la punta del iceberg de un prodigioso caso de inversión de los polos, trastoque de los hechos y frenética reformulación de identidades, nos detendremos únicamente en Santiago Montero Díaz. Ferrolano nacido en 1911, licenciado en Historia con Premio Extraordinario a los 18 años, funcionario del cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos por oposición a los 20, milita apenas con esa edad en el Partido Comunista, a la par que polemiza con Ramiro Ledesma Ramos. Pero en 1933, tras una estancia en Alemania, es ya nacionalsindicalista y miembro de las JONS. En 1934 protesta virulentamente ante la fusión con Falange Española, a la que detesta por su falta de radicalismo, y al año siguiente obtiene su primera cátedra de universidad. Y el 23 de marzo de 1944 pronuncia una notable conferencia en el paraninfo de la Universidad Complutense, entonces Central, titulada “Mussolini, 1919-1944”. En ella, como en las otras dos señaladas intervenciones que tiene esos años, recogidas en Tres conferencias (Sevilla: Aurora Joven, 2008), realiza una aguerrida apología del nazismo y el fascismo que es a la vez una rotunda descalificación de Franco, debido a su escaso entusiasmo a la hora de apoyar a Hitler. 

El papel para el decurso intelectual español ejercido por Montero Díaz no es cualquier cosa. Dirigió las tesis doctorales de insignes individuos, como Gustavo Bueno, Rafael Calvo Serer o Emilio Lledó, junto a otros muchos nombres de primera fila. Y por supuesto será, andando el tiempo, del grupo de catedráticos que buscan y logran su expulsión de la universidad franquista en 1965, con Aranguren, Tierno, García Calvo y otros, al participar en una algarada estudiantil. Ello le facilita trasladarse a Chile como catedrático de la Universidad de Concepción e integrarse en el MIR, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, la conocida organización marxista-leninista y guevarista. Hasta que la UCD, tan atenta a reparar las costuras de la Transición con generosas capas de mitomanía, le devuelve su cátedra en la universidad española en 1981, lo que le permite retornar a su Galicia natal y disfrutar aún de la oportunidad de transmutarse en activo promotor de su proceso autonómico.

A la vista de estos botones de muestra  y del estado de cosas político, moral, cultural y filosófico que desnudan, se pueden comprender mejor muchos asuntos, desde la personalidad honesta, coherente y respetable, en su contradictoriedad aparente, de un Jorge Verstrynge, a elementos que tal vez lo sean en menor medida, como las historias relativas al abuelo de Pablo Iglesias que refiere Federico Jiménez Losantos en La vuelta del comunismo (Barcelona: Planeta, 2020); o las opiniones de la nueva musa de la ultraderecha patria y de nuestra judeofobia militante, la joven Isabel Medina Peralta, quien ha reconocido, con sinceridad perfectamente racional dado lo que llevamos explicitado, que simpatiza mucho más con Podemos que con VOX. 

Otros países tienen la suerte de contar con pensadores independientes y con masa crítica, gracias a lo cual les es posible cultivar la historia intelectual y rastrear sus genealogías, consolidando de esta manera unos saberes sólidos, de clara utilidad, y avanzando, con los instrumentos de la dialéctica y la búsqueda de la verdad, en el autoconocimiento. Nosotros, a lo que parece, seguimos harto lastrados por la mala literatura, la ignorancia, la propaganda y la superstición irreflexiva. Creemos, sin el menor fundamento, que los totalitarios son demócratas, que los liberales son fascistas, que los demagogos quieren el bien y la justicia, que los catedráticos, sobre todo los de historia y ciencias políticas, son nobles servidores del progreso. Lo peor es que cuando la papilla intoxicante llega a los medios de comunicación de masas y las aulas universitarias, por no mencionar las redes sociales, ya lleva mucho tiempo siendo masticada y fermentando en los rencores de los intelectuales.

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