Tras leer a Jacobo Cortines


Jacobo Cortines, como el poeta de hace tres mil, dos mil, un millar de años, de ahora o de cualquier futuro que venga, cumple con el rigor que debe a su exigente condición, la de poeta cantor

El ámbito de la poesía es en verdad curioso, paradójico. La mayor parte de los ciudadanos cree saber lo que es, aunque no la frecuenta ni la aprecia, más allá de una consideración nominal y a veces un punto despreciativa, porque la vincula a obligaciones escolares, a eventos celebratorios con un toque entre redicho y ripioso o a vagas noticias de nombres que se reconocen como materia de preguntas en un concurso de televisión. Cunde la extendida vislumbre de que hablamos de un objeto que está ahí, antaño inexplicablemente prestigioso, que en realidad no sirve para nada, ni siquiera como adorno más allá de la cita de relleno en un discurso parlamentario.

Y luego están, no menos increíblemente, los poetas vivos y ejercientes, una autopercibida pléyade de militantes cada quisque con su obra, su anonimato y su ambición, que en España conforma un submundo no por replegado sobre sí mismo menos bullidor y pasional. Lo atestiguan los muchos miles de libros de versos publicados cada año, por lo general en régimen de autofinanciación, que nadie compra, abre, evalúa o comenta. Y el proceloso, codiciado y siempre sospechoso circuito de los premios literarios, en el que desde el órgano administrativo más encopetado hasta el ayuntamiento más humilde se gastan voluntariosamente sus buenos dineros, léase la pólvora antaño del rey y hogaño del contribuyente, más por rutina que por convicción. A su convocatoria concurren, junto a una vasta infantería de letraheridos que aspiran a una gloria por entero imaginaria, principalmente un centenar o incluso más de “profesionales” avezados, ellos sí a la última en materia de modas, camarillas, valimientos, oropeles y jurados, que se mueven por el vil metal.

Y por si estas dos vertientes del fenómeno, la tribu amateur y la tribu resabiada, no fuesen suficientes para matar el interés de una inteligencia sensata hacia la lírica, se ha sumado en estos tiempos digitales, airados y plebiscitarios una tercera. Basta dirigirse a una librería de nombre acreditado y nutridos anaqueles para comprobarlo. Si el visitante, admitamos que medianamente culto, logra sortear las secciones de narrativa de éxito, manuales para opositores, autoayuda y psicología, publicaciones de interés local, panfletos historiográficos, guías de viaje, métodos de idiomas, magia y ocultismo, cocina, literatura infantil, memorias de políticos confeccionadas de encargo y novelita romántica, para desembocar al fin en la zona de poesía, experimenta un sobresalto. En vez de tropezarse con Dante o con Claudio Rodríguez, con Quevedo, Rilke o Luis Alberto de Cuenca, que brillan clamorosamente por su ausencia, sin duda por ser hombres, blancos y occidentales, y en consecuencia perniciosos para una mentalidad progresista, lo que le aguarda es otra cosa. Puesto que lo que encuentra es una plétora de autores de los que no tenía la menor idea, con nombres de youtuber, juvenil diminutivo familiar o filiación tercermundista, provistos de títulos y diseños de portada chillonamente confraternizadores, y unos mal llamados poemas que oscilan entre la ocurrencia adolescente y la confesionalidad gamberra. Sus solapas proclaman orgullosamente que estos productos se venden por millares, algo que no cuesta creer a la vista del despliegue comercial, identitario y, por descontado, políticamente correcto que los rodea.

Con estos mimbres, que conforman una maraña de infortunada ordinariez, es obvio que hace falta depurarse, pasar por una cámara de descompresión, aislarse una temporada a fin de respirar el aire de las montañas, someterse a una cura de desintoxicación, antes de confirmar que la poesía está en otro sitio, en ese que Juan Ramón identificaba con la inmensa minoría. Aludimos a un elitismo tan simple y elemental como un vaso de agua. Del mismo modo que las matemáticas o la física teórica influyen decisivamente en el rumbo del mundo y la vida de las gentes, igual que la alta música o la gran pintura dotan a la humanidad de sus más elevadas experiencias, la poesía es otro raro milagro para el que se nos ha concedido permiso, y que cualquier mente despierta puede aprovechar para su solaz. Lo que no está al alcance de cualquiera, por su complejidad técnica, la exigencia de hondura y un requisito de carisma, don o genialidad harto consustancial, es su fabricación, es el privilegio de crearla, la auctoritas de ser autor. ¿Cómo se explica que tantísimos pretendan escribir poesía y no la lean, profesen cultivarla cuando la desconocen, ignoren cómo disfrutarla mientras quieren imponernos su frustrante insolvencia a los demás? Si el intrusismo incompetente no aguanta un asalto en la actividad científica, ¿por qué, como hipócritas terapeutas, andamos enredando con el traje nuevo del emperador cuando se trata del trabajo artístico? ¿Es ya un delito de odio fustigar al impostor y al diletante, discriminar entre el grano y la paja, defender criterios rectos de saludable excelencia?

A todo esto, no nos perdamos en exquisiteces iniciáticas de corte devocional. La poesía, como la química, la ingeniería o la genética molecular, es a la vez un saber y una destreza. Su sustrato es matérico, por lo que, cuando la vinculamos con una indiscutible aristocracia del espíritu, lo hacemos en sentido figurado, jerarquizándola objetivamente, no postulando prelación de origen, prejuicio ventajista, abuso de poder o usurpación indigna, como querrían los envidiosos y los impotentes. El canon literario es un odeón en su sentido etimológico, esto es, una especie de estadio o lugar de competición, en el que confrontan sus talentos los cantores o poetas. Que desde Homero siguen practicando un mismo oficio basado en el ritmo y la aptitud para expresar lo grandioso, lo verdadero, lo imperecedero. Barry B. Powell, un agudo clasicista norteamericano, ha desarrollado la noción de que la escritura griega fue inventada ex profeso para convertir en objeto asible la fisicidad sonora de la Ilíada y la Odisea, hallazgo portentoso que es a la verbalidad poética lo que el blockchain a las criptomonedas, una garantía de marmórea, irreductible fiabilidad.

“Hoy nadie escribe para ser leído”, ha declarado hace poco con pesimismo una dama notable, queriendo glosar la inutilidad de escribir con primor. Hemos de aceptar que acaso ello ha sucedido también en otras épocas, como ilustra el caso de Juan Ginés de Sepúlveda, uno de los más entrañables escritores, sabios y eruditos de nuestra historia, quien, harto de sabotajes, traiciones, incomprensiones y desdenes, mandó que a su muerte se enterraran con él sus manuscritos para que nadie los leyera, ya que tanto lo habían afrentado sus rivales. Unos frutos de su ingenio, todo hay que decirlo, que han sido rescatados y editados por el Ayuntamiento de Pozoblanco, y que son además analizados por otro pozoalbense, el director de la Real Academia Española Santiago Muñoz Machado, en su monumental biografía Sepúlveda, cronista del emperador (Barcelona: Edhasa, 2012).

61byppsbb7l 1

Pero quien suscribe ha trazado estos preliminares a modo de estrategia para preparar el terreno, generar –contra los automatismos vigentes– el marco de atención indispensable y, hecho esto, fijar la atención sobre un pequeño libro de un poeta enorme. El poeta se llama Jacobo Cortines, lebrijano de 1946, maravilloso traductor de Petrarca, figura inestimable y poco ponderada de nuestras letras. Y el pulcro, emocionante y precioso volumen se titula En el mejor silencio. Poemas amorosos (1994-2020) y ha sido publicado por la Editorial Renacimiento de Sevilla, de nuestro providencial Abelardo Linares, hace unas pocas semanas. Naturalmente, nadie que ame la poesía, y habite el mundo real en el que prefieren pasar sus horas las personas conscientes, desconoce a Cortines. Su obra ensayística posee elevado valor y hallamos una entrega variada y aún reciente de la misma en Nuevas Separatas de Literatura, Arte y Música (Sevilla: Universidad de Sevilla, 2012). Como memorialista, nos ha regalado Este sol de la infancia (Valencia: Pre-Textos, 2002), una incursión en la prosa poética que alcanza las cotas del mejor Cernuda o Juan Ramón en ese registro. Y su poesía, de una esencialidad nítidamente andaluza, a la par que de un clasicismo rotundamente fresco, vivaz, mediterráneo y renacentista, podemos localizarla en Pasión y paisaje. Poesía reunida (1974-2016), recopilación que diera a la luz la colección Vandalia, de la Fundación José Manuel Lara, en 2016.

jacobo cortines cecilia en su playa copia 1
‘Cecilia en su playa’ / Foto: Jacobo Cortines

Un hecho muy doloroso, así como una respuesta de belleza destellante y de notorio empaque dan pie a este florilegio, como es la enfermedad y el fallecimiento de Cecilia Romero de Solís (1950-2018), la esposa del poeta. Quienes tuvieron la suerte de conocerla saben bien de su atractivo legendario y sus virtudes, y algunos pocos tuvieron igualmente la oportunidad de hacerse con esa joya bibliográfica que es Nombre entre nardos (Sevilla: Libros de El Labrador, 2018), el homenaje literario, fotográfico, pictórico y hasta musical que con infinita elegancia y entrega incondicional se le tributó a Lilí. En este instante son las composiciones del libro que tenemos delante, y al que Ignacio F. Garmendia ha antepuesto un extenso y sensible prólogo, las que consiguen trasladar esa tangible radiación a un público normal, tornándola persuasiva, accesible y cálida.

After great pain, a formal feeling comes, escribió Emily Dickinson. Después de un gran dolor, viene un sentimiento formal. Tal es, en puridad, la clave, la relevancia, el sentido del arte y de la poesía auténticos. No el biografismo, no la proyección del yo, no el recurso a la anécdota, no el desahogo personal, no la queja o el lamento, no la coartada antropológica. Sino la construcción serena, medida, sin estruendo ni alharacas, de una hermosura permanente, inmortal, para cualquier circunstancia, entorno, clima o estación. Jacobo Cortines, como el poeta de hace tres mil, dos mil, un millar de años, de ahora o de cualquier futuro que venga, cumple con el rigor que debe a su exigente condición, la de poeta cantor, ejerciendo su maestría con palabras comprensibles para todos que engarza en cadencias ancestrales, reminiscentes de esa oralidad primigenia, telúrica, fundacional a la que más atrás nos referíamos.